Santuarios

pradera y bici

 

            Hay algo mágico en la quietud de la tarde según va asentándose en los parajes recónditos, algo sagrado se intuye en el centelleo de la pradera que la brisa mece en su sosiego y adormece el cuclillo con su arrullo cantarín.

            Tiene el canturreo entreverado de las aves y las frondas sobre el río un algo de penúltimo reducto, de bastión magno e inalcanzable a los dedos miserables del engrudo burdo y turbio que nos enfanga en nuestro absurdo sinsentido de ególatras contumaces.

            Emana de su seno nimbado una energía que fluye y limpia, un manantial de coraje que fusiona los fragmentos machacados, reaviva el ánimo y alimenta el pábulo de lo bueno y honesto que aún crepita en ti, con tus sueños alados y tus pies de bruto.