Puntos de vista

—Supongo que fue un antojo. Caminaba delante de mí, en dirección al parque del Rinconín, y estaba muy buena. Llevaba unas mallas rosas, ceñidas al cuerpo, que le hacían un culo increíble. Yo iba corriendo, y al rebasarla estiré el brazo y se lo le pellizqué. Qué risa, me llamó de todo, pero no salió corriendo en mi persecución como me temía, así que frené un poco la marcha -había dado un acelerón, por si acaso- y agité la mano al aire como despedida. Sé que no estuvo bien, pero me reí un rato.

—Cuando Jorge me preguntó que quién era ése, con ese tono neutro que emplea cuando pretende simular indiferencia, sentí que la rabia y el miedo me sofocaban a partes iguales. Ya estábamos otra vez con las mismas. No lo sé, dije, pensaba que te había saludado a ti. El corazón había empezado a latirme con furia. Jorge permaneció un rato callado, no sé, quizá fueron cinco minutos, quizá más, pero ya me había soltado la mano, y yo sabía que el buen rollo que manteníamos desde la última pelea acababa de esfumarse, asfixiado en una calma tensa. Yo no conozco a ese gilipollas, dijo al cabo, con estudiada lentitud, como si estuviese amasando cada sílaba hasta convertirla en un proyectil: así que solo puede haberte saludado a ti; y además, te sonrió. ¿O acaso vas a decirme que no te sonrió? Ay yo qué sé, se habrá equivocado, ocurre todos los días, ¿no?, respondí, fingiendo una naturalidad que estaba lejos de sentir. Espera un momento, joder, dijo él, levantando la voz, ¿tú te crees que soy tonto, o qué? Se había parado en mitad del paseo; la gente nos estaba mirando, pero a él le daba igual. Cuando se pone así todo le da igual. ¡Marta!, gritó, no me des la espalda cuando te hablo. Pero yo seguí caminando, con la esperanza de que las aguas volviesen a su cauce, porque por lo general tiende a reprimirse cuando estamos en público.

—No es la primera vez que la pillo en un renuncio. Como solía decir mi padre, detrás de cada gesto hay una historia, y detrás de cada furcia, mil. Si era verdad que el tipo aquel no la conocía, ¿a santo de qué iba a ponerse a saludarla? Yo no voy por ahí saludando a desconocidos, sonriéndoles de oreja a oreja como un imbécil. Marta me saca de quicio. ¿Por qué no puede responder sinceramente a una simple pregunta? Entre nosotros no debería haber secretos. Se lo he dicho mil veces, que tiene que aprender a confiar en mí. Sabe que la quiero con locura, joder, pero también que no soporto que me mienta. ¿Y por qué se puso a la defensiva, si no tenía nada que ocultar? Y esa manía suya de escurrir el bulto, cuando sabe que eso es precisamente lo que me pone enfermo. Yo solo la sujeté por detrás para que se estuviera quieta un momento, cojones, solo quería que se diese la vuelta y me mirase a los ojos. Quería leer la puta verdad en los suyos. Pero ella se puso a gritar como la histérica que es. Y no olvidemos que fue ella quien me golpeó primero. Hay rayas que una mujer no debe traspasar nunca, y cosas que un hombre no puede consentirle a su mujer si no quiere que ella deje de considerarle un hombre. Nos entendemos, ¿no?

—Un rato después, cuando ya me aproximaba al tramo del paseo que bordea el parque, y mientras repasaba mentalmente lo que había sucedido, el pellizco y su reacción posterior, me dio por repetir el movimiento de la mano. No iba dirigido a nadie en particular, fue un saludo lanzado al viento, un acto mecánico que ejecuté sin ser apenas consciente de lo que hacía, hasta que, al ver la expresión de extrañeza dibujada en los rostros de aquella pareja, comprendí que habían interpretado que les estaba saludando a ellos. La situación tenía su guasa, y no pude evitar que una sonrisa divertida aflorase en mis labios.

—Nosotros lo vimos todo, ¿verdad, cariño?, desde el principio, aunque no sabría decirte por qué empezaron a discutir. Qué más da, el caso es que ella se había adelantado; él se acercó y la agarró por el pelo y le dio tal meneo que hasta a mí me dolió, fíjate bien lo que te digo. Bueno, pues no contento con eso, el muy salvaje siguió tirando, arrastrándola por los pelos mientras la llamaba zorra y otras cosas que el pudor me impide reproducir aquí. Entretanto, ella hacía lo que podía para defenderse, que era bien poco: patalear y aferrarse con ambas manos al antebrazo con que la sujetaba por detrás, sin dejar en ningún momento de chillar. Por Dios, qué espectáculo. Higinio dio una voz y luego hizo ademán de acercarse, pero yo le retuve, le tomé por el codo y le dije que no fuera a meterse en camisas de once varas. Tampoco tuve que insistir mucho, la verdad sea dicha, pero es que él está muy mayor para según qué trotes y había más gente por allí, gente joven que bien podría haber hecho algo para parar aquella salvajada, digo yo, aunque a ver quién es el guapo que tira la primera piedra, visto lo que ocurrió luego.

—Yo no soy de los que se buscan problemas gratuitamente, bastante tengo con los míos. Vamos, que no soy ningún valiente, aunque ahora digan lo contrario. Si hice lo que hice fue más bien por vergüenza, porque bajaba corriendo directamente hacia ellos y había mucha gente delante. De no haber habido testigos estoy seguro de que hubiese dado un rodeo para evitarles. Pero los había, y bastantes. Supongo que también me dio coraje que nadie moviese un dedo para impedirlo. Así que aproveché la inercia de la carrera y me abalancé sobre él.

—Vale, es cierto, Jorge tiene un pronto terrible y a veces se le va la mano, pero qué quieres que te diga, chica, está colado por mis huesos y sabe defender su territorio. Lo uno por lo otro. Además, estaba todo controlado. Tarde o temprano se habría cansado de hacer el tonto, se habría arrodillado junto a mí y me habría pedido perdón. Pero no, tenía que aparecer aquel tipo y meterse por el medio. Cuando me puse en pie y vi que se trataba del mismo gilipollas que antes había provocado a mi marido al saludarme (y a cuento de qué, si yo no le conocía de nada), me entró un pánico atroz. Si hay algo que Jorge no soporta es que le humillen delante de mí, máxime cuando quien lo hace ha sido el causante de sus celos. Esos malditos celos suyos, un día le van a perder… Menos mal que el sarasa aquel no tenía ni media hostia, de lo contrario la paliza me la hubiera llevado yo después, al llegar a casa. Al menos así pudo desfogarse con él. Le está bien empleado, por meterse donde no le llaman. Es lo que digo yo, si no puedes terminar una pelea no la empieces.

—Mi mujer, Cándida, tenía razón. ¿Qué habría podido hacer yo, con sesenta y cinco años a mis espaldas, frente a aquel energúmeno? Cuando el otro chico se enfrentó a él y rodaron los dos por los suelos, pensé que entonces sí que alguno más se animaría a intervenir, que alguien detendría la pelea. Pero me equivocaba. Pronto se vio que aquel chico no tenía nada que hacer. Era alto, sí, pero más bien flacucho, y torpe de movimientos. El otro era mucho más corpulento y estaba poseído por el demonio. Se sentó a horcajadas sobre él y le dio de tortas hasta en el carné de identidad. El pobre amortiguaba los golpes como podía. La gente le increpaba, le gritábamos que lo dejase ya, pero todavía siguió solmenándole un buen rato. Luego se incorporó y empezó a patearle, y la chica que lo acompañaba se unió a él, la misma chica en cuya defensa había salido el otro, ¿te lo puedes creer? Fue algo lamentable. Si alguien más hubiera hecho algo… pero, ¿yo solo? ¿Qué podía hacer yo, excepto llamar a la policía? Y precisamente eso fue lo que hice.

—Le habían dado una paliza. Tenía la cara hinchada y llena de sangre, pero era él, estoy segura, el mismo tío que minutos antes me había tocado el culo: le reconocí por la ropa que llevaba. Estaba tirado sobre el césped y no se movía; había perdido el conocimiento. Me imaginé que había estado haciendo de las suyas hasta que dio con el culo equivocado. Mientras me alejaba sentí lástima por él, pero al mismo tiempo pensé que se lo merecía. Seguro que la próxima vez se lo pensará dos veces, aunque no sé, los hay que no aprenden nunca.

IN MEMORIAM

El otro día me pasó algo curioso. Estaba en el parque con mi mujer y los niños y había salido del área recreativa a fumar un pitillo. A María no le gusta que fume cerca de ellos. Había algo de humedad en el ambiente, y un penetrante olor a eucalipto. Subida al castillete del tobogán Deva me estaba llamando a gritos. Saludé con la mano. Entonces alguien me tocó en el brazo por detrás.

-¡Ta´ luego, Méndez, feliz año!

Me volví a tiempo de ver la espalda de una figura a la carrera. Sudadera gris, pantalón corto de deporte. Calvo y grueso.

-¡Feliz año a ti! -Mi saludo, más bien un reflejo mecánico del suyo que otra cosa, hace que él levante un brazo mientras prosigue la marcha, pero instantes después se detiene y regresa sobre sus pasos. Respira trabajosamente. Manchas de sudor se extienden por axilas y pecho.

-Oye -dice-, ¿tú te acuerdas de Montalvo?

-¿Javier Montalvo? – Hice la pregunta de forma automática, más para confirmar que hablábamos del mismo hombre que por despejar dudas propias: Solo conocía a un Montalvo, fuimos juntos al colegio.

-Sí, claro -responde-. ¿Sabías que se ha muerto?

-Joder, ¿qué me estás diciendo? -La verdad es que me quedé de piedra. No me lo esperaba, ciertamente no es el tipo de noticia que esperas recibir de alguien que apenas tiene cuarenta años. O tenía…

-Hará un par de meses. Me lo dijo mi madre. Llamó por teléfono y me preguntó si le conocía. Había visto la esquela en el periódico y por la edad y el colegio dedujo que habíamos sido compañeros.

-Qué putada… ¿De qué murió?

-No lo sé, la esquela no lo decía. Parece ser que vivía en Avilés. Hubiera ido al entierro, pero me encontraba en Madrid por negocios… ¿Sabes qué es lo que más me jode? -Se quedó un rato pensativo, con la mirada clavada en el estanque, donde un cisne negro se ha erguido y aletea sin moverse del sitio, majestuosamente. Apuro el cigarrillo y lo arrojo al suelo. Lo aplasto contra la gravilla. Hace frío. Meto las manos en los bolsillos y arqueo las cejas, animándole a seguir-: Pues que no me acuerdo de su cara.

-Sí hombre, era bajito y moreno. -apunté yo. «Y a veces volvíamos juntos a casa», rememoré para mis adentros. Le he visto de repente, a Montalvo, caminando a mi lado. No éramos lo que se dice amigos, pero solíamos aprovechar ese breve trayecto para intercambiar cromos.

-Sí, de eso sí que me acuerdo, y de que era muy simpático también. Usaba un zapato ortopédico; tenía una pierna más corta que otra, ¿no?

-¡Es verdad! La derecha. Al principio llevaba unos hierros muy aparatosos que subían por toda la pierna. Y aun así, durante el recreo se empeñaba en jugar al fútbol. Después ya no. Quiero decir que después ya no los llevaba. Pobre…

-Es la cara de lo que no me acuerdo. Sus rasgos, joder. Por más que me esfuerzo, permanecen en blanco. Le miro y solo veo una mancha borrosa. ¿No es terrible?

-No sé -digo-, ha pasado tanto tiempo… Se marchó del colegio en sexto de EGB, ¿no?

-Sí, un año antes que yo… Bueno, tío, te dejo que tengo prisa. Me alegro un montón de verte, a ver si un día de estos charlamos con más calma. No has cambiado nada, joder.

-Y tú tampoco. -Le aprieto el hombro y él sonríe.

-Sí ya, hombre, no lo dirás por la calva…

Nos echamos a reír. Primero él, y a continuación yo. Nos damos otro apretón de manos y nos despedimos.

Entonces se me ha acercado María, se me ha colgado del cuello y ha hecho un mohín con los labios, demandándome un beso. -¿Quién era? -pregunta luego. Desliza un brazo por mi cintura y apoya la cabeza en mi pecho. Nos quedamos entrelazados, mirando cómo se aleja.

-No tengo ni idea, no me atreví a preguntárselo…

Al llegar al estanque, el corredor gira hacia la derecha y desaparece tras los setos.

Año Nuevo

Hoy la mar se mece tranquila. Las olas rompen sin fuerza en San Lorenzo. Algunos surferos prueban suerte, más bien pocos. Está bajando la marea. Cruzo la plaza mayor y tiro hacia la playa de Poniente. Hace casi un mes que no salía a correr. Trote suave, me siento pesado.

Brilla el sol y la temperatura es agradable. «Estas cosas pasan, la vida es así.» Animada por el buen tiempo, la gente disfruta de la mañana; parejas con cochecito, críos de sonrisa perenne en los columpios, señoras en chándal, señores con perro. «En qué cabeza cabe.» Amigos y familias que deambulan en pequeños grupos. «Si es que antes de salir hay que comprobar el estado de…» Camino de la escollera occidental descubro que un conjunto de esculturas nuevas jalonan el paseo. Formas suaves y redondeadas, volúmenes ampulosos sobre los que al resbalar la luz clarea el óxido que los reviste. «Volcó.» Un volador ha estallado en la distancia, provocando una salva de ladridos en un cocker spaniel nervioso. He salido de casa con la camiseta del revés. Puedo ver la costura sobre el hombro. «Un golpe de mar.» Me la quito. Hace tan bueno que no siento frío. El sol besa mi piel. La brisa me provoca un cosquilleo agradable. «…tienen que estar destrozados.» Hoy todos parecen estar hablando de lo mismo. La falta de actividad empieza a pasarme factura. Me he detenido ante una figura que asemeja una taula: un dolmen ventrudo y encima una pieza transversal en equilibrio sobre la punta. Mujer solar -leo-. Acero corten chorreado. Juan Méjica. Supongo entonces que esa suerte de ojo vertical, esa lágrima con dos rabitos suspendida en el vientre ha de ser la vagina. Es la escultura de mayor abstracción, las otras son más dóciles de asociar a una idea, un barco, un árbol, un caballito de mar, un gato que, bueno, resulta ser una ballena. «Al patrón le encontraron en la cabina.» La superficie es rugosa; áspera y tibia. Al golpearla el sonido hueco se propaga lúgubre en pequeños retemblores que apenas hacen vibrar mi mano, pero qué duda cabe que los siento. Una Zodiac peina lentamente la ensenada. «Hace cuatro días ya, si no ha aparecido todavía…» Regreso andando hacia el puerto deportivo. Están bajando equipos de submarinismo a otra lancha neumática. Sorteo curiosos que se acercan a la barandilla. Un vehículo de la Guardia Civil permanece estacionado frente a la pasarela.

Adormecida el agua, de un verde tan oscuro que se diría negra, a media distancia es azogue tembloroso que recoge y devuelve los alegres colores de las fachadas, los mástiles invertidos de las embarcaciones, el azul sosegado del cielo, pero no los sueños que yacen perdidos. «Diez añinos tenía el probín.»

Pareciera como si al andar las palomas perforaran compulsivamente el vacío.