A veces la vespa no te hace un extraño

No me atreví a mirarte a los ojos y decir lo siento. No después de lo que había hecho. Preferí huir hacia delante. Sí, lo sé, eso me convierte en aqueo. O quizás en coleóptero. En escarabajo pelotero, con la pelotilla de mierda que rueda y rueda pendiente arriba y pendiente abajo. Pero, ¿hasta cuándo? Porque veo alzarse la suela de una zapatilla y ya no sé si quiero seguir corriendo.

Alucinaje

            Con los chuzos cayendo de punta y el partido en suspenso el tiempo muerto se extiende sobre el valle. Sobre tus ojos. Sobre los  míos. La vida se baila en cualquier otra parte. En cualquier otra orilla. Zap, zap.

             Una vez tuvimos un yate con helipuerto, ¿recuerdas? Y un Dachshund color canela que se llamaba… bueno, se llamara como se llamase, da igual; y un Rolls-Royce. Una vez que se te era. ¿Quién va a decirnos que no?

             Zap, zap. Y otra vez, en Cuenca, reinó el rinoceronte lanudo. Lo dice una voz en off.  O puede que fuera en Móstoles, querido, qué más da, si hoy su reino es un castillo de permafrost.

             Zap, zap. La tienda en casa. Zap, zap. Yo tuve una granja en África, al pie de las colinas de Ngong. Zap, zap. Francamente, querida, me importa un bledo.

             ¿Porridge o vodka en el desayuno? Francamente, querido, y mejor que o, y dos mejor que uno.

             ¿Sabes lo que te digo? Que la tele atonta. Sanseacabó.

             ¡Hagamos un sudoku! Mejor, un crucigrama. Yo leo, tú apuntas. Bajo seis pies horizontal, nueve letras: Un pequeño piso para el hombre, y un gran paso hacia la libertad. Plural.

             Hipotecas, escribes, mira que eres tonto. Anda, toma la goma y bórralo. Quizá podríamos hacer un cursillo de macramé. Irnos lejos. Empezar de nuevo. Tú y yo. En su lugar estrujas el crucigrama y blandes el mundo y hágase el ON exclamas y halehop zap zap, el mando es tuyo: Y ya estamos de vuelta en Roland Garros, donde vuelve a crujir el sol. Golpeas la goma de borrar y de un revés cruzado y elegante la envías al otro lado de la cancha. Se me ponen los pezones como escarpias: a Dios pongo por testigo que es un golpe ganador. ¡Chupa del frasco, Carrasco! Sientes renacer en ti la energía del último rinoceronte boludo, y subes a la red dispuesto a cargártelo de un fucilazo. Nadal te destroza con uno de sus banana shots. Nada que hacer. Goma, set y partido. Se acabó el pastel. Du bendabura bosdifa prueba el sabor rojo de la arcilla.

             ¡Befisdófeles!, gritas.

             Vámonos a la cama, anda.

             Y colorín zap zap over, game zapó.

Wisconsin

Siempre quise ir a Barcelona: la estatua de Neruda, los pezones enhiestos de Brigitte Bardot según bajas Ramblas arriba, felices al viento como gallardetes; las playas de Malibú. Una mano delante y otra en el bolsillo. Your bolsillo. My manduca.

Eros, antítesis, !penétrame!

Shh… ¿Oyes cómo llora esa mandolina?

Dicen que todos los camellos llevan a Albacete. Que solo tienes que encomendarlos a Alá.

Y claro, equiparlos con gepeese.

A Agustín Martínez Valderrama. Porque sí.

El mal menor

            Despertó chorreando, descarriado el pálpito, la respiración atorada en una angustia acezante, el fulgor en lo alto le deslumbraba y por un momento no atinó a explicarse cuál era su verdadera situación. A medida que sus ojos fueron habituándose la visión de un entorno reconocible vino a obrar como un lenitivo sobre su estado de ánimo. «Me estaba ahogando en un barreño», recordó. Por fortuna, sólo había sido una pesadilla. La mar seguía en calma y apenas se veían aletas poniendo cerco al colchón.

Pesadilla antes de merendar

             «Alguien va a tener que pagar por sus pecados», canturrearon juguetones los labios de la rubia mientras ésta procedía a anudar mis cuatro miembros articulados a los cuatro postes del tálamo. El gato se había encaramado al armario, desde cuyas alturas nos observaba y sonreía relamiéndose. «No he podido resistirme; como tardabas tanto en salir del baño…», dije, excitado por el mordisco salvaje de las ligaduras sobre mi carne, y feliz por no haber tenido que confesarle mi insuperable aversión al Strudel. Al deslizarse fuera del picardías sus formas de valkiria se desparramaron en una cascada de lorzas informes. «Y ahora, ¿qué voy a comer yo?», dijo aquello. Recuerdo que antes de desvanecerme tuve una visión fugaz de tres pezones cuadrados y unas tijeras hambrientas que relumbraban en la penumbra.

            «Los cojones», susurró cuando me desperté.

Pasajes

Llovía. Arrebujado en su capote, el anciano hizo tintinear el platillo. «Cuento historias de aparecidos», canturreó. El recién llegado declinó la oferta pero, risueño y confiado, dejó caer dos monedas antes de apretar el paso. Lanzó sus dados el tiempo sobre las hojas de un laberinto en blanco. Un día, mientras vagaba desorientado por tortuosas callejuelas sin fin, le vio surgir de la niebla envuelto en el resplandor tembloroso de un candil. Sus ojos inertes relumbraban como estrellas caídas en el piélago de sus arrugas. El hombre siguió el revuelo de su capote hasta los embarcaderos del puerto. Allí el anciano le enseñó dos monedas. «Compro historias de desaparecidos», canturreó, y con ellas cegó sus ojos.

Intercambios

OREJITA

El último mejillón del último lote sí que contenía algo parecido a una oreja. «Entonces el beduino tenía razón», exclamó la mujer. Dejó el cuchillo a un lado y formuló un deseo. Un deseo largo tiempo incubado que repitió en voz alta, como un mantra, cada vez más alta. Al fin sus palabras se quebraron en un carrusel de sollozos. Una gota se hinchó trémula en la barbilla, se desprendió y cayó hacia el orificio abierto en la superficie carnosa del molusco, que experimentó los espasmos propios de un esponjamiento repentino.  La valva se cerró gimiendo quedamente sobre sus carnes.

DE RATONES Y GATOS

Hace días que no me siguen. Conseguí dar esquinazo al primero una mañana lluviosa, en los muelles de Nolandsmark. Uno a uno, todos fueron quedando atrás, hasta perder de vista la gabardina grasienta del último tras haberme lanzado a las aguas revueltas del Dynn. Un ferry a cualquier parte, un sinfín de transbordos, un mar de semblantes anodinos en cualquier otro puerto. No más sombras en las esquinas, no más tintes y postizos, no más ecos de pasos furtivos sobre los adoquines ni carreras en la noche. Hace días que no como, no duermo, no vivo. Hoy he vuelto a Nolandsmark.

Pasajes

Se desangra la pluma, y en su frenesí adictivo empapa cuartillas, anega la estancia, disuelve los muros. Deriva el escritorio, y aferrado al canto el escriba. Perdido en un mar de tinta arribará a territorio ignoto. A sus pies, un ánfora en la arena. Dentro, cuartillas, tintero y una pluma.