Naturaleza urbana

            Con su lustroso traje negro y esa pincelada naranja por pico, el mirlo avanza dando saltitos impregnados de cautela. Frente a sí, un juego de sábanas blancas recién tendidas se mece suavemente en la brisa. Detrás y al fondo, en una esquina, el cerezo en su promontorio se estira sobre la tapia que da a la calle y ofrenda al sol tempranero su corona de retoños verdes. Algunos pétalos rosáceos todavía espolvorean el césped brillante y bien cuidado. En la otra esquina, el cobertizo de las herramientas y, camuflado tras el seto de arbustos aromáticos, el agujero. Ebrias de concupiscencia, se afanan las abejas tras el néctar del tomillo y el romero. Su alegre zumbido vibra en la atmósfera perfumada de esta mañana esplendorosa de abril. Un sendero de lajas serpentea atravesando el tapiz de hierba, las perlas del rocío. El mirlo pasa bajo el tendido de sábanas y enfila hacia la puerta trasera del número 27 de Ellingham Street. Se detiene a medio camino. La puerta está abierta. Del interior acaba de surgir un zorro. El zorro recula arrastrando un bulto. El bulto llora y agita sus bracitos en el aire, inútilmente. El mirlo levanta el vuelo. Parece mentira, con el día tan bueno que hace hoy en Londres, pero el parte asegura que también esta tarde va a llover.