Que Dios salve a la reina

            Ahora sabes para qué la compraste, «jo, macho, ni que ya vivieras en esa cabaña en el bosque», te dijo entonces el Onofre, «espera a ver, tío, quizá muy pronto», respondiste, te gustaba hacerte el interesante con él, con Onofre resultaba fácil, su admiración por ti era sincera y te invitaba a soñar, pero es que aquel día era diferente, realmente intuías que tu vida iba a cambiar, la alegría inenarrable de aquella mañana radiante de domingo era contagiosa y las mujeres bonitas menudeaban por el Rastro, blancas, asiáticas y morenitas, cómo no sentirte optimista entre tanto escote, poderoso entre tanta sonrisa luminosa, dueño de un destino cuyas riendas empuñaban tus manos, hubieras podido jurar que eras jinete y eras bisonte, que la pradera era tuya, que el aire olía a pino, pero en llegando a casa y en el silencio mugroso de sus cuatro paredes el cielo raso se te vino encima, arrinconaste aquella estúpida herramienta, volviste a ser el mismo de siempre, un día y otro y otro y uno, hasta que hoy, hace apenas media hora, te encontrabas masticando desganado sobre el hule de la mesa camilla y un moscón gigante entró por la ventana, la única ventana de esta caja de cerillas, el único mirador a un patio de luces miserable, también la puerta estaba abierta, como si así fuera posible invocar esa brizna de brisa que desmigajará el calor sofocante, el tufo a sardina frita que llega del descansillo, las voces de las vecinas hablando por el hueco de la escalera, «ese desgrasiao cabrón del tersero», vocea la yonqui de arriba, y tú tenedor y cuchillo en ristre, sudando a gota gorda, pegada la espalda al plástico de la silla, haciendo como que no las oyes, pendiente del moscón, y la foca de abajo que se ríe, «calla, reina, que te va a oír», dice la muy guarra, y el puto moscón que no ceja, le asestas un mandoble, y otro, y otro, y otro más, hasta cuándo, porque si fueras karate kid ya lo tendrías ensartado en la punta del cuchillo, pero tú sólo eres tú, un día y otro y otro y uno, hasta hoy, hasta siempre, los ojos se te van tras las piruetas del insecto zumbón, «Cabronaso, ¿es que no me oyes?», insiste la yonqui, la foca se muere de risa, tú ni caso, hazte el sordo, preocúpate del moscón, de su aterrizaje sobre la bandeja de pollo, a saber dónde habrán estado esas seis patas peludas, qué miasmas no habrá succionado esa trompa mefítica, el pollo chicloso que vende el chino de enfrente echado a perder, y este sofoco mareante, «¡Comemierda!», si no fuera por el cafre de dientes mellados que tiene por chulo se iba a enterar esa de lo que vale un peine, un español de pelo en pecho, un auténtico chicarrón del norte como dice el Onofre, «jo, tío, qué suerte, si no estuviera saliendo con la Fifi te aseguro que me iba contigo», claro que sí, Onofre, a talar bosques, hombre, esa sí que es vida, en el Canadá hace falta mano de obra joven y lo que sobran son pinos, pero en el fondo siempre has sabido que no tienes lo que hay que tener, el moscón cruje bajo la palma de tu mano, llega tarde el alivio, para qué, el sudor te nubla la vista, gotea barbilla abajo, «Eh, ¡comemierda!», hacia el corazón que machaca las arterias, que es martillo sobre yunque en las sienes, y abres la boca para que salga regurgitado el pollo, gritar si acaso que por la suya muere el pez, que el olor de las sardinas es nauseabundo, «¡Mariconaso!», ¿es que no va a callarse nunca?, y todo porque una noche te negaste a invitarla a una copa. Te miras la mano. El insecto, aplastado entre dos callos. Su sangre entremezclada de salsa agridulce. Y te levantas, lentamente. Acabas de recordar dónde guardaste la motosierra.

Naturaleza urbana

            Con su lustroso traje negro y esa pincelada naranja por pico, el mirlo avanza dando saltitos impregnados de cautela. Frente a sí, un juego de sábanas blancas recién tendidas se mece suavemente en la brisa. Detrás y al fondo, en una esquina, el cerezo en su promontorio se estira sobre la tapia que da a la calle y ofrenda al sol tempranero su corona de retoños verdes. Algunos pétalos rosáceos todavía espolvorean el césped brillante y bien cuidado. En la otra esquina, el cobertizo de las herramientas y, camuflado tras el seto de arbustos aromáticos, el agujero. Ebrias de concupiscencia, se afanan las abejas tras el néctar del tomillo y el romero. Su alegre zumbido vibra en la atmósfera perfumada de esta mañana esplendorosa de abril. Un sendero de lajas serpentea atravesando el tapiz de hierba, las perlas del rocío. El mirlo pasa bajo el tendido de sábanas y enfila hacia la puerta trasera del número 27 de Ellingham Street. Se detiene a medio camino. La puerta está abierta. Del interior acaba de surgir un zorro. El zorro recula arrastrando un bulto. El bulto llora y agita sus bracitos en el aire, inútilmente. El mirlo levanta el vuelo. Parece mentira, con el día tan bueno que hace hoy en Londres, pero el parte asegura que también esta tarde va a llover.

Ataraxia, después

             Lo peor de todo, ya te digo, es ese muro sin fisuras con que te topas donde hasta ayer tenías la boca. Los alfilerazos de luz en las cuencas desorbitadas de los ojos no hacen sino confirmar lo inenarrable de esa condena ominosa.

             Lo de menos, ya ves, es este filo en la mano que obrará la hendidura por la que saldrá el tropel de dientes, la lengua desatada, la orgía de glotis, amígdalas y epiglotis y, al fin, ¡al fin!, este delirio de cuerdas vocales disparadas entre colgajos de carne y burbujas sanguinolentas. Y  tú, corazón, ahí en el suelo, dando botes como si tal cosa. Un par de pisotones más y, hala, ya no lates, ya no dueles, ya no incordias con tu bordoneo de paloma rota.

             El resto es coser y contar, contar y coser.

Viaje digital de ida y vuelta

De las cálidas ubres de la Lucera, en avión, al exotismo y el misterio de la Riviera Maya; del Waka Waka en la piscina del hotel, en una pickup y entre dos morenas complacientes, al ambiente cargado, el tequila y la excitación de una partida de póquer clandestina; de la negra inconsciencia, en saco y sobre los lomos entecos de una mula, a una maquila derelicta en lo profundo de la selva guatemalteca, y de su mano de toda la vida, en una cajita y por correo, a las de su esposa, quien antes que pagar prefirió echárselo de comer a los cerdos.

A veces la vespa no te hace un extraño

No me atreví a mirarte a los ojos y decir lo siento. No después de lo que había hecho. Preferí huir hacia delante. Sí, lo sé, eso me convierte en aqueo. O quizás en coleóptero. En escarabajo pelotero, con la pelotilla de mierda que rueda y rueda pendiente arriba y pendiente abajo. Pero, ¿hasta cuándo? Porque veo alzarse la suela de una zapatilla y ya no sé si quiero seguir corriendo.

Alucinaje

            Con los chuzos cayendo de punta y el partido en suspenso el tiempo muerto se extiende sobre el valle. Sobre tus ojos. Sobre los  míos. La vida se baila en cualquier otra parte. En cualquier otra orilla. Zap, zap.

             Una vez tuvimos un yate con helipuerto, ¿recuerdas? Y un Dachshund color canela que se llamaba… bueno, se llamara como se llamase, da igual; y un Rolls-Royce. Una vez que se te era. ¿Quién va a decirnos que no?

             Zap, zap. Y otra vez, en Cuenca, reinó el rinoceronte lanudo. Lo dice una voz en off.  O puede que fuera en Móstoles, querido, qué más da, si hoy su reino es un castillo de permafrost.

             Zap, zap. La tienda en casa. Zap, zap. Yo tuve una granja en África, al pie de las colinas de Ngong. Zap, zap. Francamente, querida, me importa un bledo.

             ¿Porridge o vodka en el desayuno? Francamente, querido, y mejor que o, y dos mejor que uno.

             ¿Sabes lo que te digo? Que la tele atonta. Sanseacabó.

             ¡Hagamos un sudoku! Mejor, un crucigrama. Yo leo, tú apuntas. Bajo seis pies horizontal, nueve letras: Un pequeño piso para el hombre, y un gran paso hacia la libertad. Plural.

             Hipotecas, escribes, mira que eres tonto. Anda, toma la goma y bórralo. Quizá podríamos hacer un cursillo de macramé. Irnos lejos. Empezar de nuevo. Tú y yo. En su lugar estrujas el crucigrama y blandes el mundo y hágase el ON exclamas y halehop zap zap, el mando es tuyo: Y ya estamos de vuelta en Roland Garros, donde vuelve a crujir el sol. Golpeas la goma de borrar y de un revés cruzado y elegante la envías al otro lado de la cancha. Se me ponen los pezones como escarpias: a Dios pongo por testigo que es un golpe ganador. ¡Chupa del frasco, Carrasco! Sientes renacer en ti la energía del último rinoceronte boludo, y subes a la red dispuesto a cargártelo de un fucilazo. Nadal te destroza con uno de sus banana shots. Nada que hacer. Goma, set y partido. Se acabó el pastel. Du bendabura bosdifa prueba el sabor rojo de la arcilla.

             ¡Befisdófeles!, gritas.

             Vámonos a la cama, anda.

             Y colorín zap zap over, game zapó.

Wisconsin

Siempre quise ir a Barcelona: la estatua de Neruda, los pezones enhiestos de Brigitte Bardot según bajas Ramblas arriba, felices al viento como gallardetes; las playas de Malibú. Una mano delante y otra en el bolsillo. Your bolsillo. My manduca.

Eros, antítesis, !penétrame!

Shh… ¿Oyes cómo llora esa mandolina?

Dicen que todos los camellos llevan a Albacete. Que solo tienes que encomendarlos a Alá.

Y claro, equiparlos con gepeese.

A Agustín Martínez Valderrama. Porque sí.

El mal menor

            Despertó chorreando, descarriado el pálpito, la respiración atorada en una angustia acezante, el fulgor en lo alto le deslumbraba y por un momento no atinó a explicarse cuál era su verdadera situación. A medida que sus ojos fueron habituándose la visión de un entorno reconocible vino a obrar como un lenitivo sobre su estado de ánimo. «Me estaba ahogando en un barreño», recordó. Por fortuna, sólo había sido una pesadilla. La mar seguía en calma y apenas se veían aletas poniendo cerco al colchón.