CONFLICTOS

Sobre un discreto runrún de fondo entreverado de apagados lamentos fúnebres, tintineos de cadena contra piedra y aullidos de ultratumba, puede escucharse la voz cavernosa del barón Von Herring, ultimando ante sus huestes sus planes para aterrorizar al mundo.

—¿Alguna pregunta? —sugiere el barón a la conclusión de su arenga.

Tras un carraspeo lúgubre, el mayordomo decapitado se ase la agusanada cabeza por la pelambrera, la eleva sobre la multitud en un puño, da un paso al frente y toma la palabra:

—Aquí mis compañeros me han elegido su representante sindical. Antes que nada, nos gustaría discutir contigo aspectos tales como salarios, incentivos, pagas extra, vacaciones…

Un murmullo de aprobación recorre las catacumbas. El barón Von Herring recuerda las últimas palabras de su padre, pronunciadas en su lecho de muerte:

—Ectoplasmas chinos de importación, hijo mío: nunca fallan y te ahorrarás más de un disgusto.

Demasiado tarde comprende que debería haberle hecho caso.

Mutambi

             —Groargh oink-aurgh, groin eik iiihhh… —dice X/97b.

            —Pero, ¿tendrás morro? ¡Y cómo colmillos quieres que te comprenda si nunca me cuentas nada! ¿Acaso pretendes que lea tus pensamientos? —dice X/97a.

            —¿Dumble nigh-grumble? Buaaarrgh… —dice X/97b.

            —Anda, animal, cómete los despojos y déjate de lamentos, que callado estás más guapo. Pues sí que… ¡Vaya nochecita me estás dando! —dice X/97a.

           **********

            Jaume Perulles está cansado. Lleva horas estudiando aquel documento, una transcripción literal de la grabación realizada la noche anterior en la celda del espécimen X/97 de Bicephalus mutans, el engendro de dos cabezas. Mutambi, como fuera apodado cuando no era más que un gusanete bicéfalo en un tubo de ensayo, se ha convertido en un problema de cuya solución depende la suerte del proyecto X.

El profesor Perulles echa mano de su diario personal y escribe:

«El bijeto (o sujeto con dos jetas) parece haber desarrollado dos personalidades independientes y fatalmente encontradas. Su confinamiento en un espacio cerrado podría haber sido el detonante del progresivo deterioro que sufren sus relaciones afectivas. Mucho nos tememos que el mal es irreversible, no en vano nos hallamos ante un caso extremo de incompatibilidad aguda de caracteres.

Tras sesudas deliberaciones, nuestro equipo de expertos procedió esta mañana a introducir un elemento de distracción que ensimismara a los contendientes y trajese paz y armonía a la celda. La pareja terminó peleándose por un quítame allá ese mando a distancia. Él quería fútbol, ella historias del corazón. Lamentablemente, las recientes restricciones presupuestarias a las que ha sido sometido nuestro departamento no nos permiten adquirir otro aparato de televisión.

—¡Quiero que me concedáis la separación! ¿Me oís, desgraciados? —exigió X/97a, en un momento dado.

—Sé razonable —le dijimos—, es físicamente imposible. ¿No ves que estáis hechos el uno para el otro? Tendréis que aprender a solventar vuestras diferencias de una forma amistosa y civilizada, a ser comprensivos y a soportaros en la alegría y en la tristeza, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y la enfermedad, pues lo que la ciencia ha unido no siempre podrá separarlo el hombre. Con el tiempo, quién sabe, hasta podría ser que brotara una llamita de amor entre vosotros.

—¿Quieres decir que estoy condenada a vivir con esto? ¿Hasta que la muerte nos separe? —X/97a señaló con el pulgar a X/97b, quien ajeno a la conversación (tiende a distraerse con facilidad, quizá porque no entiende  el castellano) se entretenía cubriendo el mando de la discordia con plácidos lametazos.

—Veo que lo has entendido muy bien —dije en el tono de voz más dulce que acerté a emplear.

—Vaya si lo he entendido

X/97a hubo de ser sedada después de que atizase repetidas veces a X/97b con una butifarra; en estos momentos duerme a pierna suelta. X/97b presentaba contusiones múltiples, cortes y rasguñazos y un ojo a la funerala. Se le aplicaron tres puntos de sutura en el hocico y un filete de ternera que detuviera la hinchazón ocular. Craso error: en un momento de descuido se zampó el filete, el mando y el antebrazo izquierdo de Peláez, el becario aspirante a asistente de técnico de laboratorio que lo estaba atendiendo -y menos mal que lo cubre el seguro-. ¿Pudiera ser que la ansiedad estimule su apetito?

X/97b parece haber desarrollado una aversión irracional hacia las butifarras, por lo que hemos decidido suprimirlas de su dieta; tampoco vendría mal consultar la opinión profesional de un psiquiatra.

No hemos considerado oportuno abortar el experimento, que continuará mañana de acuerdo con el plan establecido».

Romance de la rosa y el pichón

Oh Rosie querida, primavera del amor, tu recuerdo aún retoza lozano y rozagante entre sábanas de henil y vapores de buen vino. ¿Quién vino? Tu padre, por el camino, cuando alzada en puntillas saltabas ahíta y gozosa y con las bragas por pañuelo y en los senos sendas moras temblorosas me decías adiós, mi bien, adiós, mientras él me enseñaba las bondades de su flamante escopeta de postas y yo, desnudo como un niño recién venido al mundo y encogido, aun cuando con el miembro viril ferozmente erguido, prietas las nalgas atravesaba cual saeta pizpireta los ondulantes campos de trigo.

Marina con ballena y divinidad

Günter, deidad bárbara y afable, fontanero, veinticuatro años, señala un bulto que se debate en la rompiente.

—Una ballena —anuncia flemático.

La luz reverbera en la espuma. Rocío, diosa núbil gaditana, peluquera morena y resalada, suelta la mano de Günter y hace visera. La brisa, el salitre y el sol de Poniente se rinden ante la belleza intemporal de sus cuerpos broncíneos. Los acarician. Los lamen. Los esculpen. Ciertamente, son hermosos.

Y también golosos. Como cada atardecer a esa misma hora, una musiquilla vivaracha anticipa la llegada de la furgoneta de los helados. Rocío se pone el tanguita.

Günter hincha los pulmones. El aire huele a pino. Una pelota de golf surca el espacio y cae a sus pies, entre los dedos gordos. Günter la observa desde las alturas. Günter se rasca las nalgas. Günter se agacha y la recoge. La estudia, la voltea y vuelve a posar su mirada olímpica sobre la ballena, que ha quedado varada a escasos metros de la orilla. También podría acercarse y recogerla, juguetear con ella como está haciendo con la pelota, piensa, al tiempo que una idea va germinando lentamente en su cabeza.

—La Tierra es redonda —sugiere. A su espalda, Rocío ha tomado el monedero y trepa ágilmente por la duna. A medio camino, se detiene.

—¿Fresa o chocolate? —pregunta.

Con cada nuevo golpe de mar la ballena se estremece. De su vientre pintado de azul va surgiendo una docena de sombras, sombras que saltan y se hunden, sombras que se izan, que gatean y, arrastradas por el oleaje, giran y tosen y escupen y ruedan y se alzan y se desploman, mientras gimen de alegría sobre la inmaculada arena.

—Puede que no sea una ballena —dice Günter. Hay un rastro de decepción en su voz. Luego su rostro se ilumina: —Oye, Rocío, ¿hemos traído la cámara de fotos?

Caminante, no hay camino

Si usted toma  un caballo trotón y un balbusardo, los sierra por sus respectivas mitades y ensambla las partes correspondientes (ver gráfico), tenga por seguro que no obtendrá un hipogrifo, pero al menos habrá empezado a familiarizarse con los rudimentos del bricolaje.

 Lobo cerró el Libro de los pensamientos tangenciales y acarició su lomo. Se sobresaltó al escuchar que el libro se lo agradecía con un prolongado relincho, pero tras considerar que se trataba de un elemento superfluo en aquel relato no tardó en olvidarse de él.

A pesar de la herencia recibida, y de los usos y costumbres que le inculcaran sus mayores, Lobo no era un asesino de ovejas. Nunca lo sería, aunque lo había intentado. Como aquella vez que había merodeado durante toda una noche por las inmediaciones de aquel cercado en Taramundi, hasta que al despuntar el alba escuchó los primeros trinos de los carneros cantores y se emocionó como lo haría un pez llamado Wanda ante los arrullos emitidos por un tartamudo en canesú. Así pues, tampoco podía considerarse un rebelde; no, sencillamente Lobo era un inadaptado. Incapaz de reproducir las pautas de comportamiento que de él se esperaban, jamás conseguiría encajar entre los de su estirpe. Ni siquiera servía para charcutero, dado que al olor de la sangre le entraban náuseas, y su avistamiento era causa segura de un mal vahído. Eso sí, le gustaban mucho las hamburguesas, siempre y cuando les quitaran los ojos y se las sirviesen muy hechas; y el queso fundido con alcaparras, pero esa es otra historia que no procede contar aquí.

Sabedor de que no conviene precipitarse cuando de tomar decisiones que alterarán el decurso de nuestras vidas se trata, al caer el sol, y por no ponerse a recogerlo, Lobo se sentó a reflexionar en la encrucijada, que crujió bajo el paso de los milenios. Cansado de ensayar siempre los mismos aullidos, tomó la luna por el canto y la introdujo en la ranura. Tras un clic apenas perceptible, la música se deslizó ondulante sobre los trigales y en los cielos las estrellas giraron formando torbellinos. Los espantapájaros no dudaron en abandonar sus puestos, los pájaros sus nidos, los nidos sus sopas y las sopas sus letras, pero la dirección que debían tomar sus patas permaneció oculta tras los significantes de aquel galimatías que había ayudado a pergeñar. Lobo suspiró de una forma tan sentida que la Tierra se estremeció, quebrando con su telúrico corrimiento el plácido sueño del hipogrifo. ¡No me jodas!, protestó este, sin caer en la cuenta de que al final había conseguido hacerse con un lugar preeminente en esta historia, lo cual viene a confirmar que no hay elemento prescindible en la  misma, para gran alivio de las ortodoxias vivas. ¡No le jodas!, repitió el eco por si acaso, pero Lobo, que tenía las orejas cubiertas de escarcha, entendió algo así como ¡Pagodas!, e interpretándolo como un augurio de los dioses, alzó el hatillo con sus escasas pertenencias y partió sin mayor dilación hacia el Arcano Oriente, mientras arriba, en el cénit deslunado, las estrellas cabrioleaban al silbar del soplaflujos, en cuyos sones se inspirara años ha el distinguido cantautor español don Joan Manuel Serrat para componer alguna de las más populares de sus melodías.

Agibílibus

“Si la gente no viviera pendiente de su miserable ombligo el mundo podría admirar los tesoros que ofrece el mío.”
-Jacinto Ónfalos, escritor y poeta-

    Mientras que en el común de los mortales el ombligo es una mera cicatriz, un adorno más o menos profundo y peludo, el obsesivo objeto de un deseo carnal insatisfecho o un recuerdo tangible de nuestra repentina irrupción en el mundo, el de Jacinto Ónfalos era una fuente inagotable de talento creativo. Porque, por muy extraño que os parezca, Jacinto Ónfalos escribía por el ombligo. Aunque quizá deberíamos decir, para ser precisos, que mientras él dormía su ombligo excretaba por escrito los sueños que a su dueño poseían.
Lo primero que hacía, nada más abrir los ojos, era comprobar si su vientre proyectaba sobre el dosel de su tálamo ese haz dorado que, cual emisario de los dioses, le anunciaría que la actividad onírica de aquella noche había dado frutos. Si tal era el caso, Jacinto entraba en una suerte de trance extático que ya no le abandonaría hasta bien entrada la tarde.
Así, mientras él regresaba al etéreo mundo de los ronquidos, era su mujer, Leontina Palacios, quien se encargaba de recoger la radiante pelusilla dorada depositada en el fondo del ombligo de su amado esposo. Luego la trasladaba a una placa de Petri sobre la que, aplicado el ojo al microscopio, se le iban las horas desenredando las finas hebras de oro que componían el diminuto ovillo, a fin de poder transcribir al papel el sueño literario en ellas inscrito. Lo que leía entonces la dejaba obnubilada. ¡Cuánta belleza encerraban aquellas feas palabras! ¡Cuánta sabiduría, profundamente enterrada! De pronunciado carácter onírico, poco importaba que nadie, ni siquiera Leontina, entendiese el significado oculto en los textos umbilicales que su marido expelía envueltos en hermético velo. ¿Acaso no eran la obra de un genio? ¿Cómo iba a estar su comprensión al alcance de mentes obtusas como las suyas?
A Jacinto Ónfalos le hubiera gustado permanecer soltero para poder consagrarse por entero al ejercicio de su talento pero, generoso como ninguno, no dudó un instante en casarse con la única persona que amaba su producción literaria tanto o más que él mismo. Además, Leontina Palacios era una mujer asquerosamente rica. No queremos insinuar que Jacinto se ayuntase en sagrado matrimonio por interés, al contrario, su desprecio por los bienes materiales era harto conocido en el reducidísimo círculo de los verdaderamente íntimos. Pero, por más que le doliese reconocer su condición mortal, Jacinto necesitaba un techo bajo el que comer, ser vestido y desvestido, limpiado, arropado y mimado para que «ese animalesco metabolismo sobre cuya lastimosa naturaleza descansan resignados los pilares de mi obra siga funcionando», si atendemos a sus propias palabras.
Como el excepcional autor que se jactaba de ser, Jacinto tenía un carácter voluble que no era sino reflejo de la extrema sensibilidad que aquejaba a su delicado espíritu. Los bandazos emocionales que experimentaba venían determinados por el veleidoso albedrío de su despótico ombligo, el cual, cuando le daba por ahí, podía pasarse semanas sin dignarse a cumplir la excelsa misión que parecía haberle sido asignada por el mismísimo dedo índice divino.  En efecto, el día que aquel amanecía vacío, y por ende oscuro, Jacinto se levantaba temprano y, atenazado por el desasosiego, merodeaba por sus aposentos rebuznando como un canguro enjaulado mientras la tormenta iba fraguándose en el pecho, y aunque en contadas ocasiones luchara por contenerse recurriendo a ejercicios espirituales de diversa índole, tales como meditar haciendo el pino sobre el ápex de una peonza en movimiento, o liándose a tiros con las sucias palomas que osaban depositar sus excrementos en los jardines de su templo (y con la servidumbre, si tardaban más de la cuenta en acudir a recogerlos), Jacinto siempre terminaba dirigiendo su iracunda carga de rayos y truenos sobre su esposa y cualquiera de los críticos literarios que puntualmente acudían a disfrutar de los pantagruelianos almuerzos que solía organizar aquella como excusa para analizar, discutir y elogiar con orgiástico entusiasmo las últimas novedades incorporadas a la intrincada arquitectura literaria que llevaba la firma de Jacinto, antes de recoger el cheque que su anfitriona les entregaba en su condición de miembros vitalicios de la Academia de las feas letras, institución benéfica cuyas actividades también Leontina financiaba, pues su vena filantrópica no se ceñía en exclusiva a mantener viva la llama solar que irradiaba el ombligo de su consorte, también soportaba sobre sus hombros el peso de cuantos planetas y satélites habían ido acoplándose a sus dadivosas arcas cual agradecidas rémoras.
Relatos abominables, monstruosidades poéticas, hemorroides verbales de espeluznante aspecto cuyo simple avistamiento bastaba para atormentar la memoria de por vida con su infernal recuerdo: la obra umbilical de Jacinto Ónfalos constituía una galería de los horrores poblada de entelequias cuya esquiva naturaleza resultaba inaprensible a los mecanismos de raciocinio del común de los mortales. Como diría en cierta ocasión el presidente de la citada Academia de las feas letras al otorgar el premio que año tras año recaía sobre otra antología más del inefable universo onfalosiano, «sólo las miradas libres de toda impureza pueden llegar a atisbar la belleza que palpita serena bajo esa engañosa máscara de abyecta fealdad.»

Casuística de la fugacidad

Un hombre vestido de forma exquisita, con traje de corte impecable y elegante en el porte, no debería de permanecer inmóvil bajo el siseo incesante de los aspersores. Pero Clodoaldo Valdés acaba de descubrir que las formas, el corte y el porte no proporcionan la verdadera medida de un hombre.

Es el barro que hierve a sus pies. Es el calor que derrite su cera. Es la grieta que divide su sombra cuando retumban los cascos de una montura y el rostro pálido gesticula como si quisiera tragarse el horizonte.

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