Rosas blancas para Laura

Tal vez, si le hubiera preguntado dónde vivía, habría respondido que en la calle,  bajo el sol y en la lluvia, en los hoyuelos de aquel viejo amor, en el saxo que una primavera le enseñó a volar sobre el estrado del Jazz Café. En cualquier lugar menos en el número 27 de la calle Saavedra, allí la vida se detenía en seco y ella moría cada noche un poco mientras soñaba que se ahogaba en el piélago de sus arrugas. Pero no se lo preguntó. Tenía prisa, así que la ayudó a incorporarse y la dejó sentada en un banco, tras asegurarle ella que estaba bien. Laura cerró los ojos.