Recogimiento

puesta madre emigrante

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Santuarios

pradera y bici

 

            Hay algo mágico en la quietud de la tarde según va asentándose en los parajes recónditos, algo sagrado se intuye en el centelleo de la pradera que la brisa mece en su sosiego y adormece el cuclillo con su arrullo cantarín.

            Tiene el canturreo entreverado de las aves y las frondas sobre el río un algo de penúltimo reducto, de bastión magno e inalcanzable a los dedos miserables del engrudo burdo y turbio que nos enfanga en nuestro absurdo sinsentido de ególatras contumaces.

            Emana de su seno nimbado una energía que fluye y limpia, un manantial de coraje que fusiona los fragmentos machacados, reaviva el ánimo y alimenta el pábulo de lo bueno y honesto que aún crepita en ti, con tus sueños alados y tus pies de bruto.

De harpas y Tiffany´s

 DE HARPAS Y TIFFANY´S

            Apenas hay gente en la terraza. Pido una caña. Abro el libro. Sabina se recrea en su laberinto de amores de quita y pon, cajitas de ceniza tibia que se abren y se cierran como las ventanas de ese hotel que se alza frente a la estación Olvido. Mis ojos miopes se entrecierran, recorren las primeras líneas de Desayuno en Tiffany´s; brilla el sol.

            De soslayo cruza una alondra, fugaz como algún recuerdo incómodo, pero nunca he sido proclive al inmovilismo doliente de las estatuas de sal. Sigo leyendo, mas pronto me abstraigo al escuchar sonidos que aún resuenan recientes en la memoria. Es la música historiada de El harpa de hierba: una pradera que al ser rizada por el viento nos cuenta historias de vidas pasadas, retazos vitales recuperados para honrar la memoria de aquellos cuyos huesos descansan bajo las lápidas de un cementerio orientado hacia el bosque de River; como la historia de Dolly Talbo y sus amigos, quienes, a comienzos de un otoño ya remoto, causaran tremenda conmoción en una pequeña comunidad rural de Norteamérica al irse a vivir a una cabaña construida en un árbol.

            ¿Quién no ha soñado alguna vez con tener una casita en un árbol? Vuelve a cruzar la alondra, o quizá sea una oscura golondrina, la sombra de una sombra. Deberías pasar página, dejar a un lado la historia del harpa, que ya has leído, y concentrarte en la de Holly, que apenas comienzas. Y eso hago: Joe Bell asegura que Holly Golightly ha sido vista por última vez en África, alejándose de un poblado de chozas a lomos de un caballo. La misma Holly Golightly de hace quince años, la misma Holly de toda la vida. «Es una de esas historias que comienzan por el final», me digo, quizá una de esas historias que se descuelgan por la ladera de un camposanto para ser contadas por la voz cálida, rica y aterciopelada de aquella pradera rojiza que inspirase las primeras letras de ese genio de la literatura llamado Truman Capote.

            Alzo la mirada al cielo y no hay alondras ni golondrinas. Tan solo gaviotas, y la sombra de unos ojos risueños y miopes.

La felicidad es una variable discreta

            Resopla el viento en pabellones cercanos y juega a ser tela que ondea sobre la cara que se orienta luminosa al sol de abril. A lo lejos resuella hinchándose la mar, y aún más lejos todavía el martilleo hidráulico de un solar en obras pone la única nota discordante a un momento que, para ser tuyo, no necesita envolverse en el manto quimérico de la perfección. Pero abajo, en la orilla, hacia donde ya te encamina la desnudez dichosa de tus pies, solo las olas vibran, solo el viento araña sus cabelleras arrancándoles las gotas que habrán de sazonar tu piel de salitre. Te asientas en un leño y lees lo que los dedos semienterrados en la humedad nítida de la arena escriben, que uno nunca debería abandonar una playa sin haber buscado antes un tesoro.

ESTRELLA DE MAR