Recogimiento

puesta madre emigrante

Anuncios

Tardes de gloria en mayo

En cierta ocasión un tío con un acento extraño me preguntó si aquello que descollaba a lo lejos, asomándose y escondiéndose en el vaivén calmoso de la marea, no sería el lomo de un gran cetáceo. Creo que el tío era polaco, y aunque los dos estábamos borrachos, estoy seguro de que lo decía en serio. Lo recuerdo ahora, muchos años después, mientras la afilada silueta de una piragua bordea el mismo cetáceo que sigue varado en las mismas aguas y las campanas de San Pedro cruzan al vuelo la ensenada para dar las seis, deleitándonos acto seguido con los primeros aleteos del Himno de Alegría.

Pienso que, si exceptuamos al perrillo blanco de pintas negras que persigue al perrillo negro de pintas blancas con intenciones sodomitas, y al que ya le cuelga la lengua por el denodado e infructuoso esfuerzo, la escena es tan plácida que poco más encuentro digno de reseñar, pero luego me sumerjo en el tintineo de los hielos al revolver alguien su  refresco, y entremezclado con el runrún de las conversaciones escucho el gorjeo despreocupado de los pajarillos, a los que de tanto en cuando se suma impertinente un gallo, quizá subido de cresta porque aquellos no le hacen caso.

Una botella de sidra, dos vasos anchos de canto alto y fino y una bolsa arrugada sin patatas fritas comparten confidencias acerca del trío de zagalas que acaba de dejarles a su suerte, abandonados en una esquina de la mesa.

A pie o en bicicleta, pasea frente al acantilado gente sola, gente en grupo y gente en pareja. Un hombre abandona el chiringuito en moto. Mareado sobre cubierta de césped, Neptuno guarda el tridente en el maletero y se balancea, embutido en terno de neopreno. Vuela una chica mona con coleta alta, detrás de un bóxer musculoso que resuella y tiene bastante más prisa que ella.

«Iván, que te manchas de verdín.» Pero Iván sigue amasando risas por la suave pendiente abajo, tronco a la deriva que se detiene junto a una niña con lacitos azules y falda escocesa que avanza con paso solemne mientras sostiene en alto un ramillete de joyas silvestres.

A veces el sol se ofusca tras enaguas vaporosas y una sombra pasa recogiendo en su puño el reguero de monedas de plata derramadas sobre las aguas. Entonces el viento arrecia y el frío se hace sentir en los brazos, precio que de buena gana se paga por el despliegue de luz, calma y belleza.