Alucinaje

            Con los chuzos cayendo de punta y el partido en suspenso el tiempo muerto se extiende sobre el valle. Sobre tus ojos. Sobre los  míos. La vida se baila en cualquier otra parte. En cualquier otra orilla. Zap, zap.

             Una vez tuvimos un yate con helipuerto, ¿recuerdas? Y un Dachshund color canela que se llamaba… bueno, se llamara como se llamase, da igual; y un Rolls-Royce. Una vez que se te era. ¿Quién va a decirnos que no?

             Zap, zap. Y otra vez, en Cuenca, reinó el rinoceronte lanudo. Lo dice una voz en off.  O puede que fuera en Móstoles, querido, qué más da, si hoy su reino es un castillo de permafrost.

             Zap, zap. La tienda en casa. Zap, zap. Yo tuve una granja en África, al pie de las colinas de Ngong. Zap, zap. Francamente, querida, me importa un bledo.

             ¿Porridge o vodka en el desayuno? Francamente, querido, y mejor que o, y dos mejor que uno.

             ¿Sabes lo que te digo? Que la tele atonta. Sanseacabó.

             ¡Hagamos un sudoku! Mejor, un crucigrama. Yo leo, tú apuntas. Bajo seis pies horizontal, nueve letras: Un pequeño piso para el hombre, y un gran paso hacia la libertad. Plural.

             Hipotecas, escribes, mira que eres tonto. Anda, toma la goma y bórralo. Quizá podríamos hacer un cursillo de macramé. Irnos lejos. Empezar de nuevo. Tú y yo. En su lugar estrujas el crucigrama y blandes el mundo y hágase el ON exclamas y halehop zap zap, el mando es tuyo: Y ya estamos de vuelta en Roland Garros, donde vuelve a crujir el sol. Golpeas la goma de borrar y de un revés cruzado y elegante la envías al otro lado de la cancha. Se me ponen los pezones como escarpias: a Dios pongo por testigo que es un golpe ganador. ¡Chupa del frasco, Carrasco! Sientes renacer en ti la energía del último rinoceronte boludo, y subes a la red dispuesto a cargártelo de un fucilazo. Nadal te destroza con uno de sus banana shots. Nada que hacer. Goma, set y partido. Se acabó el pastel. Du bendabura bosdifa prueba el sabor rojo de la arcilla.

             ¡Befisdófeles!, gritas.

             Vámonos a la cama, anda.

             Y colorín zap zap over, game zapó.

Wisconsin

Siempre quise ir a Barcelona: la estatua de Neruda, los pezones enhiestos de Brigitte Bardot según bajas Ramblas arriba, felices al viento como gallardetes; las playas de Malibú. Una mano delante y otra en el bolsillo. Your bolsillo. My manduca.

Eros, antítesis, !penétrame!

Shh… ¿Oyes cómo llora esa mandolina?

Dicen que todos los camellos llevan a Albacete. Que solo tienes que encomendarlos a Alá.

Y claro, equiparlos con gepeese.

A Agustín Martínez Valderrama. Porque sí.

It is llueving behind the Güindows

            Llueve de una forma tan mansurrona que parece mentira. Esta agua no moja, no refresca, no irriga ni invita a bailar claqué frente al balcón de una morena o una rubia. Es un agua que ni fu ni fa, un goteo tan machaconamente falaz que terminas por aceptarlo como un fenómeno preternatural, como el discurso triunfalista de un ministro de Economía y Finanzas de mirada opaca por lo difunta, sin ir más lejos: no te lo crees, pero ahí está. O como las barbas bien cuidadas de un presidente cuando se manifiestan desde el más allá de una pantalla de plasma. Intuyes que por mucho que llueva jamás llegarán a mojarse. Por eso se inflan tan confiadas. Tan autosuficientes. Encogido de orejas mordisqueas una galletita salada mientras rumias sobre los posibles efectos secundarios que una exposición prolongada a una lluvia así de falsa podría conllevar. Y aunque estás en casa, tan ricamente sentado bajo el cielo raso, abres el paraguas y lo interpones entre el televisor y tú, a modo y manera de exorcismo, sabedor ya de que no es agua bendita lo que proyecta, sino una irradiación deletérea de mala baba y caspa.

El mal menor

            Despertó chorreando, descarriado el pálpito, la respiración atorada en una angustia acezante, el fulgor en lo alto le deslumbraba y por un momento no atinó a explicarse cuál era su verdadera situación. A medida que sus ojos fueron habituándose la visión de un entorno reconocible vino a obrar como un lenitivo sobre su estado de ánimo. «Me estaba ahogando en un barreño», recordó. Por fortuna, sólo había sido una pesadilla. La mar seguía en calma y apenas se veían aletas poniendo cerco al colchón.

Santuarios

pradera y bici

 

            Hay algo mágico en la quietud de la tarde según va asentándose en los parajes recónditos, algo sagrado se intuye en el centelleo de la pradera que la brisa mece en su sosiego y adormece el cuclillo con su arrullo cantarín.

            Tiene el canturreo entreverado de las aves y las frondas sobre el río un algo de penúltimo reducto, de bastión magno e inalcanzable a los dedos miserables del engrudo burdo y turbio que nos enfanga en nuestro absurdo sinsentido de ególatras contumaces.

            Emana de su seno nimbado una energía que fluye y limpia, un manantial de coraje que fusiona los fragmentos machacados, reaviva el ánimo y alimenta el pábulo de lo bueno y honesto que aún crepita en ti, con tus sueños alados y tus pies de bruto.

Pesadilla antes de merendar

             «Alguien va a tener que pagar por sus pecados», canturrearon juguetones los labios de la rubia mientras ésta procedía a anudar mis cuatro miembros articulados a los cuatro postes del tálamo. El gato se había encaramado al armario, desde cuyas alturas nos observaba y sonreía relamiéndose. «No he podido resistirme; como tardabas tanto en salir del baño…», dije, excitado por el mordisco salvaje de las ligaduras sobre mi carne, y feliz por no haber tenido que confesarle mi insuperable aversión al Strudel. Al deslizarse fuera del picardías sus formas de valkiria se desparramaron en una cascada de lorzas informes. «Y ahora, ¿qué voy a comer yo?», dijo aquello. Recuerdo que antes de desvanecerme tuve una visión fugaz de tres pezones cuadrados y unas tijeras hambrientas que relumbraban en la penumbra.

            «Los cojones», susurró cuando me desperté.

A veces todavía sueño contigo

Postes

Un cosquilleo como de hormiga aventurera en la conciencia, el beso cenital y ardiente en los pómulos, la paleta impresionista de manchas verdes, amarillas y pardas, las campánulas que ciñe el viento, el orfeón de espumas salvajes contra los farallones, la saeta de un cormorán sobre los lomos bruñidos de la bestia. Todo eso ocurrió después, pero tú ya te habías deshilachado y no tuve ocasión de mostrártelo.

De harpas y Tiffany´s

 DE HARPAS Y TIFFANY´S

            Apenas hay gente en la terraza. Pido una caña. Abro el libro. Sabina se recrea en su laberinto de amores de quita y pon, cajitas de ceniza tibia que se abren y se cierran como las ventanas de ese hotel que se alza frente a la estación Olvido. Mis ojos miopes se entrecierran, recorren las primeras líneas de Desayuno en Tiffany´s; brilla el sol.

            De soslayo cruza una alondra, fugaz como algún recuerdo incómodo, pero nunca he sido proclive al inmovilismo doliente de las estatuas de sal. Sigo leyendo, mas pronto me abstraigo al escuchar sonidos que aún resuenan recientes en la memoria. Es la música historiada de El harpa de hierba: una pradera que al ser rizada por el viento nos cuenta historias de vidas pasadas, retazos vitales recuperados para honrar la memoria de aquellos cuyos huesos descansan bajo las lápidas de un cementerio orientado hacia el bosque de River; como la historia de Dolly Talbo y sus amigos, quienes, a comienzos de un otoño ya remoto, causaran tremenda conmoción en una pequeña comunidad rural de Norteamérica al irse a vivir a una cabaña construida en un árbol.

            ¿Quién no ha soñado alguna vez con tener una casita en un árbol? Vuelve a cruzar la alondra, o quizá sea una oscura golondrina, la sombra de una sombra. Deberías pasar página, dejar a un lado la historia del harpa, que ya has leído, y concentrarte en la de Holly, que apenas comienzas. Y eso hago: Joe Bell asegura que Holly Golightly ha sido vista por última vez en África, alejándose de un poblado de chozas a lomos de un caballo. La misma Holly Golightly de hace quince años, la misma Holly de toda la vida. «Es una de esas historias que comienzan por el final», me digo, quizá una de esas historias que se descuelgan por la ladera de un camposanto para ser contadas por la voz cálida, rica y aterciopelada de aquella pradera rojiza que inspirase las primeras letras de ese genio de la literatura llamado Truman Capote.

            Alzo la mirada al cielo y no hay alondras ni golondrinas. Tan solo gaviotas, y la sombra de unos ojos risueños y miopes.

La felicidad es una variable discreta

            Resopla el viento en pabellones cercanos y juega a ser tela que ondea sobre la cara que se orienta luminosa al sol de abril. A lo lejos resuella hinchándose la mar, y aún más lejos todavía el martilleo hidráulico de un solar en obras pone la única nota discordante a un momento que, para ser tuyo, no necesita envolverse en el manto quimérico de la perfección. Pero abajo, en la orilla, hacia donde ya te encamina la desnudez dichosa de tus pies, solo las olas vibran, solo el viento araña sus cabelleras arrancándoles las gotas que habrán de sazonar tu piel de salitre. Te asientas en un leño y lees lo que los dedos semienterrados en la humedad nítida de la arena escriben, que uno nunca debería abandonar una playa sin haber buscado antes un tesoro.

ESTRELLA DE MAR