Mientras revientan las costuras

 

Me había dejado el alma alimentando a aquel camello y ahora que me había comprometido a hacerle pasar por el ojo de una aguja el muy desgraciado se negaba a dar la cara. ¿Dónde se habría metido? Registré hasta el último rincón de su guarida, despanzurré el colchón, astillé armarios, reventé tabiques. No había nada que hacer, había desaparecido.

—¿No te lo habrás zampado tú, eh, Lulú?

La Pomerania dejó de mover el rabito y me miró consternada.

—Está bien, perdona. No debería haber desconfiado de ti. Larguémonos de este antro inmundo y busquémosle fuera, necesito estirar las piernas y, quizá, administrarme una buena dosis de primeros auxilios.

Antes, al irrumpir allí por las bravas, nos habíamos topado en el rellano con un bulto en estado de descomposición que, sin embargo, me había parecido que se movía.  Pudiera ser por causa de los gusanos, pero por si acaso decidimos emigrar por la ventana. Ya en la calle, encogí las piernas hasta recobrar mi estatura habitual. El aire olía a miedo. Posé a Lulú en el suelo. La inflé un poco, monté y arrancamos al trote. Nos cruzamos con una manada de ficus que venían huyendo despavoridos de una lluvia indiscriminada de pelotas de goma. Estimamos conveniente dar un rodeo y arribar al hospital por otra parte.

Lo habían privatizado. En el vestíbulo de entrada tropecé con una montaña de miembros sueltos. Me interesé por su significado ante una señorita con cofia y sierra eléctrica, quien respondió que aguardara mi turno mientras ella terminaba de recortar pacientes. Le dije que la paciencia nunca había sido mi fuerte y pregunté si tendría un alma de sobra, por caridad.

Guardé mi acero de Toledo y salí a la calle envuelto en el aura de un ciudadano respetable recién fallecido en la sala de espera. Pobre como una rata, sí, pero respetable. Ahora era Lulú quien me cabalgaba a mí. Los semáforos humeaban al rojo vivo. Las principales vías de escape de la ciudad habían sido colapsadas por vehículos que tocaban el claxon sobre el asfalto hirviente, la gente se asomaba a las ventanillas y echaba espumarajos de rabia o lloraba a mandíbula batiente. En las aceras, colas interminables de hombres y mujeres taciturnos aguardaban aherrojados ante los morideros automáticos bajo un sol de justicia, vigilados de cerca por ejércitos de antidisturbios. Verles me provocó urticaria y un acceso de vómito en el que por poco no me ahogo. Me calcé las sandalias con alitas de pollo que reservo para este tipo de situaciones comprometidas y los dejamos atrás en volandas. Aterrizamos a abrevar en la plaza mayor. El consistorio ardía por los cuatro costados. Rogué a los niños allí congregados que se abstuvieran por un momento de atizar el incendio y se acercaran a mí, pero los muy tunantes pasaron de largo. Se habían encaprichado con Lulú.

—¿De qué raza es?

—Es un perro flauta.

Una cría con sus coletas, su vestidito y su canesú tomó a Lulú entre los dedos y comenzó a tocar el Himno de la alegría. Los demás se reían y bailaban en corro. «Un día todo esto será vuestro», prometí. Al instante estaban todos llorando. Les consolé como pude a base de mentiras piadosas y les rogué que cuidaran de Lulú mientras iba a hacer un recado. Confiaba en ellos y sabía que, pese a su apariencia menesterosa, no estarían tan desesperados como para atentar contra mi pequeña. Al menos no mientras siguiesen abundando palomas y mirlos que llevarse al puchero.

Entré en comisaría y ofrecí la descripción del camello. Omití las jorobas, no iba a darles todo el trabajo hecho. «Se gratificará», dije. El madero extendió la zarpa. Le mostré un fajo de bonos del Estado y guiñé un ojo cómplice. No se dejó engatusar, probablemente porque sabía que valían todavía menos que yo. Madero, sí, pero no tonto.

—¿Cree usted que la policía no tiene otra cosa que hacer que andar rastreando mascotas perdidas?

—Soy Baltasar —expliqué—, lo necesito para la cabalgata.

—¿Es usted negro?

—Como el betún.

Me pidió los papeles. Respondí que se los había comido el camello. Y él, a su vez, que era mi día de suerte porque los calabozos estaban repletos. Total, que me vi forzado a agredirle. Me dieron de hostias hasta en el carné de identidad que no tengo, pero conseguí que me metieran entre rejas, junto a un hombre que resultó ser camello. Ojo, no el mío: lo he comprobado y  solo tiene una joroba. No obstante, hemos hecho muy buenas migas. Aquí nos sentimos a salvo, aunque la celda es bastante reducida y a veces nos entra el mono de los espacios abiertos. Entonces nos ponemos pálidos y desencajados y, mientras nos enjugamos mutuamente el sudor que perla nuestras frentes, hablamos de hipotéticos planes de fuga. A veces sueño con Lulú. Me pregunto si también ella me echará de menos.

 

Arbor arbŏris, amor amŏris

No sé lo que ocurrirá con los otros árboles, los que pastan libres en las vastas llanuras o hacen piña en bosques y laderas de montaña, pero últimamente he caído en la cuenta de que al llegar el otoño a muchos árboles urbanos les da por sacudirse las hojas de encima. Se desnudan y exponen sus ramas ante la mirada resbaladiza del ciudadano común, que por lo general reacciona, si es que reacciona, abriendo el paraguas y apretando el paso.

Para qué, me pregunto. ¿Por qué lo hacen? ¿Qué pretenden sus mentes leñosas? ¿A qué viene un exhibicionismo a todas luces dañino? Tiene que haber una razón de fondo, una causa que les impulse a soportar deshojados el mordisco salvaje del frío, intuyo.

Quizá (me digo) sea una forma de llamar la atención. Como aquellos hombres y mujeres de la manifestación ciclonudista (recuerdo) que serpenteaba paseo de San Lorenzo abajo, frente al mar, para mayor divertimento, pasmo o escándalo de unos viandantes poco acostumbrados a semejante exhibición de los repliegues epidérmicos más íntimos. Pero ellos, los ciclonudistas, sí alzaban la voz, no como los árboles, y sus carnes así expuestas disfrutaban de la caricia pulsante de un sol protector en aquel plácido atardecer de agosto.

Hagamos memoria.

Si, a la vista de la furgoneta policial que las autoridades han interpuesto en su trayecto, la comitiva ciclista se detiene y, pongamos por caso, el patriarca de tupidas barbas blancas se apea de su montura y comienza a repartir pasquines, una parte nada desdeñable de sus conciudadanos bien o mal vestidos, pero vestidos, interrumpirá a su vez el paseo vespertino y atenderá a su prédica. Cierto, puede que al principio la señora de la pamela y el chihuahua solo se fije, con cierta comezón ventral por su parte, en el crudo contraste que ofrecen, ante sus ojos abiertos como platos, la gravedad con que se viste el semblante patricio del barbón y el bamboleo juguetón con que se columpian verga y testículos. Puede que, pletóricos en su inmensidad como debieron de ser los de la diosa en el instante antes de ponerse a amamantar amorosamente los cielos nocturnos con el fluido que hoy conforma la Vía Láctea, los pechos rotundos de una matrona atraigan más miradas soñadoras, digo, que oídos su ecológico discurso. Podría ser que ese joven vestido a cuerpo gentil haya tenido que ausentarse con indudable premura por causa del proceso inflacionario (el efecto tienda de campaña le delata) repentinamente sobrevenido bajo sus bermudas. Y es posible también que algún padre pudibundo se proponga privar a sus retoños del que a su juicio es un espectáculo lamentable, alejarles a rastras si es preciso, renuentes los vástagos en su regocijo sin mácula. Pero el bien o el mal ya está hecho, el pelotón de despelotados se ha ganado las simpatías del respetable, el verdor de su mensaje cae como lluvia fina y templada que cala vestimentas, traspasa epitelios y se instala en mentes y corazones.

De tal manera que, cuando los agentes uniformados irrumpan quebrando la armonía de ruedas, pies, rodillas, sillines, nalgas, ombligos, manillares, silbatos y pancartas; cuando se esfuercen por restaurar el orden izando a pulso esas carnes revueltas, lozanas y vetustas que ahora se desparraman sobre el pavimento, piel contra piel, encadenadas en un revoltijo amoroso de adanes y evas rebeldes que han triturado las hojas de parra y no se irán tan fácilmente del Paraíso, no señor, no sin luchar, no sin haber hecho frente a los toletes flamígeros que enarbola el angélico destacamento de eyectores públicos, estos serán vituperados y confrontados y aquellos encorajinados y defendidos por un corro cada vez más nutrido y corajudo de hombres y mujeres formal e informalmente vestidos, pero vestidos.

Bajo el sol invernizo de la mañana, sacudidos por el relente nocturno o por una lluvia tardía de alfileres de granizo y aguanieve, los árboles despojados tiritan mudos. Sin pancartas, sin quejas, sin aspavientos. Sin colocarse en lugares estratégicos tales como las puertas de los supermercados o las entradas de los cajeros automáticos. Sin manos extendidas, sin cartones garabateados, sin platillo. Si acaso, con un discreto estornudo, tristes en su atonía porque nadie les hace caso. Alentados por una secreta ilusión, ellos, los árboles que quizá solo quieren tu abrazo y un minuto en compañía.

Mutambi

             —Groargh oink-aurgh, groin eik iiihhh… —dice X/97b.

            —Pero, ¿tendrás morro? ¡Y cómo colmillos quieres que te comprenda si nunca me cuentas nada! ¿Acaso pretendes que lea tus pensamientos? —dice X/97a.

            —¿Dumble nigh-grumble? Buaaarrgh… —dice X/97b.

            —Anda, animal, cómete los despojos y déjate de lamentos, que callado estás más guapo. Pues sí que… ¡Vaya nochecita me estás dando! —dice X/97a.

           **********

            Jaume Perulles está cansado. Lleva horas estudiando aquel documento, una transcripción literal de la grabación realizada la noche anterior en la celda del espécimen X/97 de Bicephalus mutans, el engendro de dos cabezas. Mutambi, como fuera apodado cuando no era más que un gusanete bicéfalo en un tubo de ensayo, se ha convertido en un problema de cuya solución depende la suerte del proyecto X.

El profesor Perulles echa mano de su diario personal y escribe:

«El bijeto (o sujeto con dos jetas) parece haber desarrollado dos personalidades independientes y fatalmente encontradas. Su confinamiento en un espacio cerrado podría haber sido el detonante del progresivo deterioro que sufren sus relaciones afectivas. Mucho nos tememos que el mal es irreversible, no en vano nos hallamos ante un caso extremo de incompatibilidad aguda de caracteres.

Tras sesudas deliberaciones, nuestro equipo de expertos procedió esta mañana a introducir un elemento de distracción que ensimismara a los contendientes y trajese paz y armonía a la celda. La pareja terminó peleándose por un quítame allá ese mando a distancia. Él quería fútbol, ella historias del corazón. Lamentablemente, las recientes restricciones presupuestarias a las que ha sido sometido nuestro departamento no nos permiten adquirir otro aparato de televisión.

—¡Quiero que me concedáis la separación! ¿Me oís, desgraciados? —exigió X/97a, en un momento dado.

—Sé razonable —le dijimos—, es físicamente imposible. ¿No ves que estáis hechos el uno para el otro? Tendréis que aprender a solventar vuestras diferencias de una forma amistosa y civilizada, a ser comprensivos y a soportaros en la alegría y en la tristeza, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y la enfermedad, pues lo que la ciencia ha unido no siempre podrá separarlo el hombre. Con el tiempo, quién sabe, hasta podría ser que brotara una llamita de amor entre vosotros.

—¿Quieres decir que estoy condenada a vivir con esto? ¿Hasta que la muerte nos separe? —X/97a señaló con el pulgar a X/97b, quien ajeno a la conversación (tiende a distraerse con facilidad, quizá porque no entiende  el castellano) se entretenía cubriendo el mando de la discordia con plácidos lametazos.

—Veo que lo has entendido muy bien —dije en el tono de voz más dulce que acerté a emplear.

—Vaya si lo he entendido

X/97a hubo de ser sedada después de que atizase repetidas veces a X/97b con una butifarra; en estos momentos duerme a pierna suelta. X/97b presentaba contusiones múltiples, cortes y rasguñazos y un ojo a la funerala. Se le aplicaron tres puntos de sutura en el hocico y un filete de ternera que detuviera la hinchazón ocular. Craso error: en un momento de descuido se zampó el filete, el mando y el antebrazo izquierdo de Peláez, el becario aspirante a asistente de técnico de laboratorio que lo estaba atendiendo -y menos mal que lo cubre el seguro-. ¿Pudiera ser que la ansiedad estimule su apetito?

X/97b parece haber desarrollado una aversión irracional hacia las butifarras, por lo que hemos decidido suprimirlas de su dieta; tampoco vendría mal consultar la opinión profesional de un psiquiatra.

No hemos considerado oportuno abortar el experimento, que continuará mañana de acuerdo con el plan establecido».

Puntos de vista

—Supongo que fue un antojo. Caminaba delante de mí, en dirección al parque del Rinconín, y estaba muy buena. Llevaba unas mallas rosas, ceñidas al cuerpo, que le hacían un culo increíble. Yo iba corriendo, y al rebasarla estiré el brazo y se lo le pellizqué. Qué risa, me llamó de todo, pero no salió corriendo en mi persecución como me temía, así que frené un poco la marcha -había dado un acelerón, por si acaso- y agité la mano al aire como despedida. Sé que no estuvo bien, pero me reí un rato.

—Cuando Jorge me preguntó que quién era ése, con ese tono neutro que emplea cuando pretende simular indiferencia, sentí que la rabia y el miedo me sofocaban a partes iguales. Ya estábamos otra vez con las mismas. No lo sé, dije, pensaba que te había saludado a ti. El corazón había empezado a latirme con furia. Jorge permaneció un rato callado, no sé, quizá fueron cinco minutos, quizá más, pero ya me había soltado la mano, y yo sabía que el buen rollo que manteníamos desde la última pelea acababa de esfumarse, asfixiado en una calma tensa. Yo no conozco a ese gilipollas, dijo al cabo, con estudiada lentitud, como si estuviese amasando cada sílaba hasta convertirla en un proyectil: así que solo puede haberte saludado a ti; y además, te sonrió. ¿O acaso vas a decirme que no te sonrió? Ay yo qué sé, se habrá equivocado, ocurre todos los días, ¿no?, respondí, fingiendo una naturalidad que estaba lejos de sentir. Espera un momento, joder, dijo él, levantando la voz, ¿tú te crees que soy tonto, o qué? Se había parado en mitad del paseo; la gente nos estaba mirando, pero a él le daba igual. Cuando se pone así todo le da igual. ¡Marta!, gritó, no me des la espalda cuando te hablo. Pero yo seguí caminando, con la esperanza de que las aguas volviesen a su cauce, porque por lo general tiende a reprimirse cuando estamos en público.

—No es la primera vez que la pillo en un renuncio. Como solía decir mi padre, detrás de cada gesto hay una historia, y detrás de cada furcia, mil. Si era verdad que el tipo aquel no la conocía, ¿a santo de qué iba a ponerse a saludarla? Yo no voy por ahí saludando a desconocidos, sonriéndoles de oreja a oreja como un imbécil. Marta me saca de quicio. ¿Por qué no puede responder sinceramente a una simple pregunta? Entre nosotros no debería haber secretos. Se lo he dicho mil veces, que tiene que aprender a confiar en mí. Sabe que la quiero con locura, joder, pero también que no soporto que me mienta. ¿Y por qué se puso a la defensiva, si no tenía nada que ocultar? Y esa manía suya de escurrir el bulto, cuando sabe que eso es precisamente lo que me pone enfermo. Yo solo la sujeté por detrás para que se estuviera quieta un momento, cojones, solo quería que se diese la vuelta y me mirase a los ojos. Quería leer la puta verdad en los suyos. Pero ella se puso a gritar como la histérica que es. Y no olvidemos que fue ella quien me golpeó primero. Hay rayas que una mujer no debe traspasar nunca, y cosas que un hombre no puede consentirle a su mujer si no quiere que ella deje de considerarle un hombre. Nos entendemos, ¿no?

—Un rato después, cuando ya me aproximaba al tramo del paseo que bordea el parque, y mientras repasaba mentalmente lo que había sucedido, el pellizco y su reacción posterior, me dio por repetir el movimiento de la mano. No iba dirigido a nadie en particular, fue un saludo lanzado al viento, un acto mecánico que ejecuté sin ser apenas consciente de lo que hacía, hasta que, al ver la expresión de extrañeza dibujada en los rostros de aquella pareja, comprendí que habían interpretado que les estaba saludando a ellos. La situación tenía su guasa, y no pude evitar que una sonrisa divertida aflorase en mis labios.

—Nosotros lo vimos todo, ¿verdad, cariño?, desde el principio, aunque no sabría decirte por qué empezaron a discutir. Qué más da, el caso es que ella se había adelantado; él se acercó y la agarró por el pelo y le dio tal meneo que hasta a mí me dolió, fíjate bien lo que te digo. Bueno, pues no contento con eso, el muy salvaje siguió tirando, arrastrándola por los pelos mientras la llamaba zorra y otras cosas que el pudor me impide reproducir aquí. Entretanto, ella hacía lo que podía para defenderse, que era bien poco: patalear y aferrarse con ambas manos al antebrazo con que la sujetaba por detrás, sin dejar en ningún momento de chillar. Por Dios, qué espectáculo. Higinio dio una voz y luego hizo ademán de acercarse, pero yo le retuve, le tomé por el codo y le dije que no fuera a meterse en camisas de once varas. Tampoco tuve que insistir mucho, la verdad sea dicha, pero es que él está muy mayor para según qué trotes y había más gente por allí, gente joven que bien podría haber hecho algo para parar aquella salvajada, digo yo, aunque a ver quién es el guapo que tira la primera piedra, visto lo que ocurrió luego.

—Yo no soy de los que se buscan problemas gratuitamente, bastante tengo con los míos. Vamos, que no soy ningún valiente, aunque ahora digan lo contrario. Si hice lo que hice fue más bien por vergüenza, porque bajaba corriendo directamente hacia ellos y había mucha gente delante. De no haber habido testigos estoy seguro de que hubiese dado un rodeo para evitarles. Pero los había, y bastantes. Supongo que también me dio coraje que nadie moviese un dedo para impedirlo. Así que aproveché la inercia de la carrera y me abalancé sobre él.

—Vale, es cierto, Jorge tiene un pronto terrible y a veces se le va la mano, pero qué quieres que te diga, chica, está colado por mis huesos y sabe defender su territorio. Lo uno por lo otro. Además, estaba todo controlado. Tarde o temprano se habría cansado de hacer el tonto, se habría arrodillado junto a mí y me habría pedido perdón. Pero no, tenía que aparecer aquel tipo y meterse por el medio. Cuando me puse en pie y vi que se trataba del mismo gilipollas que antes había provocado a mi marido al saludarme (y a cuento de qué, si yo no le conocía de nada), me entró un pánico atroz. Si hay algo que Jorge no soporta es que le humillen delante de mí, máxime cuando quien lo hace ha sido el causante de sus celos. Esos malditos celos suyos, un día le van a perder… Menos mal que el sarasa aquel no tenía ni media hostia, de lo contrario la paliza me la hubiera llevado yo después, al llegar a casa. Al menos así pudo desfogarse con él. Le está bien empleado, por meterse donde no le llaman. Es lo que digo yo, si no puedes terminar una pelea no la empieces.

—Mi mujer, Cándida, tenía razón. ¿Qué habría podido hacer yo, con sesenta y cinco años a mis espaldas, frente a aquel energúmeno? Cuando el otro chico se enfrentó a él y rodaron los dos por los suelos, pensé que entonces sí que alguno más se animaría a intervenir, que alguien detendría la pelea. Pero me equivocaba. Pronto se vio que aquel chico no tenía nada que hacer. Era alto, sí, pero más bien flacucho, y torpe de movimientos. El otro era mucho más corpulento y estaba poseído por el demonio. Se sentó a horcajadas sobre él y le dio de tortas hasta en el carné de identidad. El pobre amortiguaba los golpes como podía. La gente le increpaba, le gritábamos que lo dejase ya, pero todavía siguió solmenándole un buen rato. Luego se incorporó y empezó a patearle, y la chica que lo acompañaba se unió a él, la misma chica en cuya defensa había salido el otro, ¿te lo puedes creer? Fue algo lamentable. Si alguien más hubiera hecho algo… pero, ¿yo solo? ¿Qué podía hacer yo, excepto llamar a la policía? Y precisamente eso fue lo que hice.

—Le habían dado una paliza. Tenía la cara hinchada y llena de sangre, pero era él, estoy segura, el mismo tío que minutos antes me había tocado el culo: le reconocí por la ropa que llevaba. Estaba tirado sobre el césped y no se movía; había perdido el conocimiento. Me imaginé que había estado haciendo de las suyas hasta que dio con el culo equivocado. Mientras me alejaba sentí lástima por él, pero al mismo tiempo pensé que se lo merecía. Seguro que la próxima vez se lo pensará dos veces, aunque no sé, los hay que no aprenden nunca.

Agibílibus

“Si la gente no viviera pendiente de su miserable ombligo el mundo podría admirar los tesoros que ofrece el mío.”
-Jacinto Ónfalos, escritor y poeta-

    Mientras que en el común de los mortales el ombligo es una mera cicatriz, un adorno más o menos profundo y peludo, el obsesivo objeto de un deseo carnal insatisfecho o un recuerdo tangible de nuestra repentina irrupción en el mundo, el de Jacinto Ónfalos era una fuente inagotable de talento creativo. Porque, por muy extraño que os parezca, Jacinto Ónfalos escribía por el ombligo. Aunque quizá deberíamos decir, para ser precisos, que mientras él dormía su ombligo excretaba por escrito los sueños que a su dueño poseían.
Lo primero que hacía, nada más abrir los ojos, era comprobar si su vientre proyectaba sobre el dosel de su tálamo ese haz dorado que, cual emisario de los dioses, le anunciaría que la actividad onírica de aquella noche había dado frutos. Si tal era el caso, Jacinto entraba en una suerte de trance extático que ya no le abandonaría hasta bien entrada la tarde.
Así, mientras él regresaba al etéreo mundo de los ronquidos, era su mujer, Leontina Palacios, quien se encargaba de recoger la radiante pelusilla dorada depositada en el fondo del ombligo de su amado esposo. Luego la trasladaba a una placa de Petri sobre la que, aplicado el ojo al microscopio, se le iban las horas desenredando las finas hebras de oro que componían el diminuto ovillo, a fin de poder transcribir al papel el sueño literario en ellas inscrito. Lo que leía entonces la dejaba obnubilada. ¡Cuánta belleza encerraban aquellas feas palabras! ¡Cuánta sabiduría, profundamente enterrada! De pronunciado carácter onírico, poco importaba que nadie, ni siquiera Leontina, entendiese el significado oculto en los textos umbilicales que su marido expelía envueltos en hermético velo. ¿Acaso no eran la obra de un genio? ¿Cómo iba a estar su comprensión al alcance de mentes obtusas como las suyas?
A Jacinto Ónfalos le hubiera gustado permanecer soltero para poder consagrarse por entero al ejercicio de su talento pero, generoso como ninguno, no dudó un instante en casarse con la única persona que amaba su producción literaria tanto o más que él mismo. Además, Leontina Palacios era una mujer asquerosamente rica. No queremos insinuar que Jacinto se ayuntase en sagrado matrimonio por interés, al contrario, su desprecio por los bienes materiales era harto conocido en el reducidísimo círculo de los verdaderamente íntimos. Pero, por más que le doliese reconocer su condición mortal, Jacinto necesitaba un techo bajo el que comer, ser vestido y desvestido, limpiado, arropado y mimado para que «ese animalesco metabolismo sobre cuya lastimosa naturaleza descansan resignados los pilares de mi obra siga funcionando», si atendemos a sus propias palabras.
Como el excepcional autor que se jactaba de ser, Jacinto tenía un carácter voluble que no era sino reflejo de la extrema sensibilidad que aquejaba a su delicado espíritu. Los bandazos emocionales que experimentaba venían determinados por el veleidoso albedrío de su despótico ombligo, el cual, cuando le daba por ahí, podía pasarse semanas sin dignarse a cumplir la excelsa misión que parecía haberle sido asignada por el mismísimo dedo índice divino.  En efecto, el día que aquel amanecía vacío, y por ende oscuro, Jacinto se levantaba temprano y, atenazado por el desasosiego, merodeaba por sus aposentos rebuznando como un canguro enjaulado mientras la tormenta iba fraguándose en el pecho, y aunque en contadas ocasiones luchara por contenerse recurriendo a ejercicios espirituales de diversa índole, tales como meditar haciendo el pino sobre el ápex de una peonza en movimiento, o liándose a tiros con las sucias palomas que osaban depositar sus excrementos en los jardines de su templo (y con la servidumbre, si tardaban más de la cuenta en acudir a recogerlos), Jacinto siempre terminaba dirigiendo su iracunda carga de rayos y truenos sobre su esposa y cualquiera de los críticos literarios que puntualmente acudían a disfrutar de los pantagruelianos almuerzos que solía organizar aquella como excusa para analizar, discutir y elogiar con orgiástico entusiasmo las últimas novedades incorporadas a la intrincada arquitectura literaria que llevaba la firma de Jacinto, antes de recoger el cheque que su anfitriona les entregaba en su condición de miembros vitalicios de la Academia de las feas letras, institución benéfica cuyas actividades también Leontina financiaba, pues su vena filantrópica no se ceñía en exclusiva a mantener viva la llama solar que irradiaba el ombligo de su consorte, también soportaba sobre sus hombros el peso de cuantos planetas y satélites habían ido acoplándose a sus dadivosas arcas cual agradecidas rémoras.
Relatos abominables, monstruosidades poéticas, hemorroides verbales de espeluznante aspecto cuyo simple avistamiento bastaba para atormentar la memoria de por vida con su infernal recuerdo: la obra umbilical de Jacinto Ónfalos constituía una galería de los horrores poblada de entelequias cuya esquiva naturaleza resultaba inaprensible a los mecanismos de raciocinio del común de los mortales. Como diría en cierta ocasión el presidente de la citada Academia de las feas letras al otorgar el premio que año tras año recaía sobre otra antología más del inefable universo onfalosiano, «sólo las miradas libres de toda impureza pueden llegar a atisbar la belleza que palpita serena bajo esa engañosa máscara de abyecta fealdad.»

Enanos blancos, horizontes negros (reloaded)

Nubes, pájaros y una flor

-Te ha salido una flor en el culo.
Amanda tenía razón, ahí descollaba algo, justo entre las nalgas, con sus pétalos luminiscentes y su ondulante tallo.
Amanda es la chica de servicio. Le encanta mirarme el culo. A veces, a mí también me gusta sobar el suyo. Y si su carga de trabajo no es excesiva, se toma un respiro y retozamos.
-Nutrientes no le harán falta –prosiguió-, pero tendrás que regarla. Qué  bonita es.
Solo que no era una flor.
-Es una estrella. Una enana blanca –dictaminó el abuelo, tras una segunda inspección. –Y lo que tú llamas tallo no es tal, Amanda, sino el cordón umbilical que la une a su creador.
Mi abuelo es el patriarca de la familia.  Tiende a desentenderse de todo lo que huela a problema, pero su opinión es altamente valorada por todos nosotros. Además, entiende lo que se dice un rato de cuerpos celestiales. Cuando se jubiló, afanó un telescopio en el bazar chino de la esquina y lo instaló en la azotea. Se pasa las horas allí, observando el firmamento. Sobre todo en las tardes diáfanas de verano, cuando más luce el sol. Por eso no me importó enseñarle el culo. Por si acaso, y para recabar una tercera opinión, el abuelo mandó llamar a mi padre. Pero antes me dio una manta que me cubriera, quizá porque papá es un poco pusilánime.
Mientras el abuelo explicaba el caso, con esa voz pausada suya, llena de ricas vetas, papá escuchaba en silencio. Asentía de vez en cuando. En sus ojos, por lo general inescrutables, parpadeaba el resplandor mortecino del desconcierto. Cuando el abuelo terminó su exposición, papá se rascó la cabeza. Luego me pidió que le mostrara el portento. Y eso hice, por tercera vez.
-Papá, ¿quiere esto decir que soy Dios?
-Pues, en principio…
-Cuidadín con lo que le sueltas a tu hijo –terció mamá a mis espaldas. Se ve que Amanda ya le había puesto al corriente-, no vaya a subírsele la estrella a la cabeza.
-Pero, ¿entonces…? –insistí. Necesitaba respuestas.
-Como mucho un demiurgo, nene –atajó ella-, o un dios menor. Hala, échate ahí y pon el culo en pompa, verás cómo esto lo arreglo yo en un pispás.
-¡Pero mamá!
-Ni peros ni leches en vinagre.
Cuando a mamá se le mete algo entre ceja y ceja no hay quien la replique. Adopté la infame posición. Mamá esgrimió esas tijeras plateadas con las que poda sus geranios, sus rosas y sus hortensias, las mismas que utiliza, cada luna nueva, para cortar los testículos de papá, e hizo lo propio con el cordón umbilical. No sentí dolor. Tampoco placer. Si acaso algo de náusea, y un ligero cosquilleo en salvas sean las partes.
Libre al fin, mi enana blanca permaneció flotando en el cuarto hasta que, apenas un par de eones más tarde, emprendió un vuelo majestuoso que me hinchó de orgullo. Fue así como nació el amor.
Todos en la familia nos apresuramos a seguir su estela, que la llevaría a alcanzar el reposo sobre la vasta inmensidad del salón. Todos excepto Cástor, claro. Mi hermano gemelo, que había permanecido al margen de los acontecimientos, veía la tele, repantigado en el sofá. Ni siquiera echó un vistazo. El muy envidioso abrió la bocaza y expelió un agujero de gusano negro, denso, retorcido como su vil inconsciencia. Inmundo.
Y mi estrella desapareció. Mi enana blanca. Mi tesoro.
Me quedé alelado, mirando ora el vacío, ora a mi hermano, cómo se burlaba de mí, retorciéndose de risa sobre la alfombra, feo como un demonio. No dije nada. Antes de que pudiera reaccionar, Amanda me tomó de la mano y me sacó de allí.
Fue así como nació el odio.

Ahora papá está regañando a Cástor. Pero su voz es blanda, amorfa, caduca como su esperma. Mamá le recuerda que no debe tomar partido por ninguno de los dos, como si ella no lo hubiera tomado ya. Puedo escucharles desde la forja. El abuelo ha salido a comprar tabaco. Amanda susurra promesas de un futuro mejor para nosotros y nuestros hijos. Mi dulce Amanda. Yo templo espadas, afilo cuchillos, despliego navajas. Y siento cómo se me van inflando los huevos, mientras sus ojos se van inyectando de sangre.

Dedicado a Susana Camps, con todo mi cariño.