Ataraxia, después

             Lo peor de todo, ya te digo, es ese muro sin fisuras con que te topas donde hasta ayer tenías la boca. Los alfilerazos de luz en las cuencas desorbitadas de los ojos no hacen sino confirmar lo inenarrable de esa condena ominosa.

             Lo de menos, ya ves, es este filo en la mano que obrará la hendidura por la que saldrá el tropel de dientes, la lengua desatada, la orgía de glotis, amígdalas y epiglotis y, al fin, ¡al fin!, este delirio de cuerdas vocales disparadas entre colgajos de carne y burbujas sanguinolentas. Y  tú, corazón, ahí en el suelo, dando botes como si tal cosa. Un par de pisotones más y, hala, ya no lates, ya no dueles, ya no incordias con tu bordoneo de paloma rota.

             El resto es coser y contar, contar y coser.

Viaje digital de ida y vuelta

De las cálidas ubres de la Lucera, en avión, al exotismo y el misterio de la Riviera Maya; del Waka Waka en la piscina del hotel, en una pickup y entre dos morenas complacientes, al ambiente cargado, el tequila y la excitación de una partida de póquer clandestina; de la negra inconsciencia, en saco y sobre los lomos entecos de una mula, a una maquila derelicta en lo profundo de la selva guatemalteca, y de su mano de toda la vida, en una cajita y por correo, a las de su esposa, quien antes que pagar prefirió echárselo de comer a los cerdos.

A veces la vespa no te hace un extraño

No me atreví a mirarte a los ojos y decir lo siento. No después de lo que había hecho. Preferí huir hacia delante. Sí, lo sé, eso me convierte en aqueo. O quizás en coleóptero. En escarabajo pelotero, con la pelotilla de mierda que rueda y rueda pendiente arriba y pendiente abajo. Pero, ¿hasta cuándo? Porque veo alzarse la suela de una zapatilla y ya no sé si quiero seguir corriendo.

Alucinaje

            Con los chuzos cayendo de punta y el partido en suspenso el tiempo muerto se extiende sobre el valle. Sobre tus ojos. Sobre los  míos. La vida se baila en cualquier otra parte. En cualquier otra orilla. Zap, zap.

             Una vez tuvimos un yate con helipuerto, ¿recuerdas? Y un Dachshund color canela que se llamaba… bueno, se llamara como se llamase, da igual; y un Rolls-Royce. Una vez que se te era. ¿Quién va a decirnos que no?

             Zap, zap. Y otra vez, en Cuenca, reinó el rinoceronte lanudo. Lo dice una voz en off.  O puede que fuera en Móstoles, querido, qué más da, si hoy su reino es un castillo de permafrost.

             Zap, zap. La tienda en casa. Zap, zap. Yo tuve una granja en África, al pie de las colinas de Ngong. Zap, zap. Francamente, querida, me importa un bledo.

             ¿Porridge o vodka en el desayuno? Francamente, querido, y mejor que o, y dos mejor que uno.

             ¿Sabes lo que te digo? Que la tele atonta. Sanseacabó.

             ¡Hagamos un sudoku! Mejor, un crucigrama. Yo leo, tú apuntas. Bajo seis pies horizontal, nueve letras: Un pequeño piso para el hombre, y un gran paso hacia la libertad. Plural.

             Hipotecas, escribes, mira que eres tonto. Anda, toma la goma y bórralo. Quizá podríamos hacer un cursillo de macramé. Irnos lejos. Empezar de nuevo. Tú y yo. En su lugar estrujas el crucigrama y blandes el mundo y hágase el ON exclamas y halehop zap zap, el mando es tuyo: Y ya estamos de vuelta en Roland Garros, donde vuelve a crujir el sol. Golpeas la goma de borrar y de un revés cruzado y elegante la envías al otro lado de la cancha. Se me ponen los pezones como escarpias: a Dios pongo por testigo que es un golpe ganador. ¡Chupa del frasco, Carrasco! Sientes renacer en ti la energía del último rinoceronte boludo, y subes a la red dispuesto a cargártelo de un fucilazo. Nadal te destroza con uno de sus banana shots. Nada que hacer. Goma, set y partido. Se acabó el pastel. Du bendabura bosdifa prueba el sabor rojo de la arcilla.

             ¡Befisdófeles!, gritas.

             Vámonos a la cama, anda.

             Y colorín zap zap over, game zapó.

Wisconsin

Siempre quise ir a Barcelona: la estatua de Neruda, los pezones enhiestos de Brigitte Bardot según bajas Ramblas arriba, felices al viento como gallardetes; las playas de Malibú. Una mano delante y otra en el bolsillo. Your bolsillo. My manduca.

Eros, antítesis, !penétrame!

Shh… ¿Oyes cómo llora esa mandolina?

Dicen que todos los camellos llevan a Albacete. Que solo tienes que encomendarlos a Alá.

Y claro, equiparlos con gepeese.

A Agustín Martínez Valderrama. Porque sí.

El mal menor

            Despertó chorreando, descarriado el pálpito, la respiración atorada en una angustia acezante, el fulgor en lo alto le deslumbraba y por un momento no atinó a explicarse cuál era su verdadera situación. A medida que sus ojos fueron habituándose la visión de un entorno reconocible vino a obrar como un lenitivo sobre su estado de ánimo. «Me estaba ahogando en un barreño», recordó. Por fortuna, sólo había sido una pesadilla. La mar seguía en calma y apenas se veían aletas poniendo cerco al colchón.

Pesadilla antes de merendar

             «Alguien va a tener que pagar por sus pecados», canturrearon juguetones los labios de la rubia mientras ésta procedía a anudar mis cuatro miembros articulados a los cuatro postes del tálamo. El gato se había encaramado al armario, desde cuyas alturas nos observaba y sonreía relamiéndose. «No he podido resistirme; como tardabas tanto en salir del baño…», dije, excitado por el mordisco salvaje de las ligaduras sobre mi carne, y feliz por no haber tenido que confesarle mi insuperable aversión al Strudel. Al deslizarse fuera del picardías sus formas de valkiria se desparramaron en una cascada de lorzas informes. «Y ahora, ¿qué voy a comer yo?», dijo aquello. Recuerdo que antes de desvanecerme tuve una visión fugaz de tres pezones cuadrados y unas tijeras hambrientas que relumbraban en la penumbra.

            «Los cojones», susurró cuando me desperté.

Pasajes

Llovía. Arrebujado en su capote, el anciano hizo tintinear el platillo. «Cuento historias de aparecidos», canturreó. El recién llegado declinó la oferta pero, risueño y confiado, dejó caer dos monedas antes de apretar el paso. Lanzó sus dados el tiempo sobre las hojas de un laberinto en blanco. Un día, mientras vagaba desorientado por tortuosas callejuelas sin fin, le vio surgir de la niebla envuelto en el resplandor tembloroso de un candil. Sus ojos inertes relumbraban como estrellas caídas en el piélago de sus arrugas. El hombre siguió el revuelo de su capote hasta los embarcaderos del puerto. Allí el anciano le enseñó dos monedas. «Compro historias de desaparecidos», canturreó, y con ellas cegó sus ojos.