Punto de inflexión

vuelo 1

Un hombre camina sobre las traviesas de la vía férrea. Una traviesa, un paso. Aunque haya perdido la noción del tiempo, lleva la cuenta al dedillo y nunca tropieza. Un día, al atravesar una vasta planicie, la vía le conduce hasta un pozo. El hombre se asoma al brocal y observa al hombre que le observa desde el fondo del agujero. ¿Se encuentra usted bien?, se preguntan. Bien, bien, responden. El hombre que caminaba contando traviesas -una traviesa, un paso- se ha quedado a hacer noche junto al brocal. Se duerme contando estrellas. A la mañana siguiente ha desaparecido la vía férrea.

vuelo 2

RETRATO CÁNDIDO CON BAÚL

 

—¿Qué clase de degenerado cuelga un Francis Bacon en el baño?

—Uno muy rico —observo, con un leve encogimiento de hombros.

Lily inspecciona su imagen en el espejo de molduras doradas. El ojo cárdeno, la nariz hinchada y tumefacta. Suspira. Al menos ya no sangra.

—Ese maldito ruido me está poniendo nerviosa —dice.

Me acerco y pateo el baúl hasta dejarlo reducido al silencio. Regreso al cuarto de baño. Ya solo se escucha un chorrito; el sonido cantarín de su chorrito.

Lily me ofrece una sonrisa tierna de muñeca rota.

Luego se la sacude un par de veces, reajusta la minifalda de cuero y tira de la cisterna.

—Lista. ¿Nos vamos?

CONFLICTOS

Sobre un discreto runrún de fondo entreverado de apagados lamentos fúnebres, tintineos de cadena contra piedra y aullidos de ultratumba, puede escucharse la voz cavernosa del barón Von Herring, ultimando ante sus huestes sus planes para aterrorizar al mundo.

—¿Alguna pregunta? —sugiere el barón a la conclusión de su arenga.

Tras un carraspeo lúgubre, el mayordomo decapitado se ase la agusanada cabeza por la pelambrera, la eleva sobre la multitud en un puño, da un paso al frente y toma la palabra:

—Aquí mis compañeros me han elegido su representante sindical. Antes que nada, nos gustaría discutir contigo aspectos tales como salarios, incentivos, pagas extra, vacaciones…

Un murmullo de aprobación recorre las catacumbas. El barón Von Herring recuerda las últimas palabras de su padre, pronunciadas en su lecho de muerte:

—Ectoplasmas chinos de importación, hijo mío: nunca fallan y te ahorrarás más de un disgusto.

Demasiado tarde comprende que debería haberle hecho caso.