Plenitud

No creo en dios, pero a veces se me aparece. Yergue la cabeza una paloma que yace muerta en la yerba y ahí está dios. Hiato de átomo ahíto, dice.

¿Me lo repites?, digo, postrado de hinojos. Pero dios vuelve a ser materia inerte.

Me tumbo en el césped a rumiar las palabras hiato de átomo ahíto, con los dedos entrelazados sobre un estómago lleno que ronronea y ronronea. Mensaje abstruso donde los haya, cuanto más lo repito menos sentido tiene y mejor suena. Hiato de átomo ahíto que despliega los brazos y hace la cruz, los mueve como si estuviese volando, como un pez mantra ahíto de cielo y luz, átomo que levita en su hiato.

Tiemblan las hojas del árbol que me da cobijo, miles de hojas temblorosas que conforman un susurro inconsútil.

Qué haces, oigo decir. Yergo la cabeza y te veo, con tu vestido ligero de verano y esa intriga que bajo un aura dorada aflora en los labios. Tu perro salchicha olisquea mis pies descalzos. Hiato de átomo ahíto, suspiro, y retorno al reposo, a la dicha que asoma y declama en silencio.

Luego una mano en mi mano y mi mano en una mano, como dos cálidas palomas, y ese arrullo primordial de hojas y brisas que fluye e invita a cerrar los ojos.

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