Materia prima

Dejó la cuchilla en el lavamanos. Una gota se desprendió y tiznó la loza con su estela rojiza. Aplastó una colilla en el cenicero rebosante y encendió otro. Aspiró el humo y contempló el estropicio en la deriva del espejo.

En un arranque de inspiración retomó la brocha y probó a mezclar los nuevos pigmentos en la blancura impenitente de la crema. El gris ceniza. El rojo crudo. Cubrió la nariz, atacó con brío las orejas, se ensañó con la frente, se internaba en el bosque de cabellos crespos mientras la espuma crecía, se hinchaba, adquiría volumen y voluntad, trituraba huellas y rehacía rasgos en su boca de magma hambriento, en su ansia feroz de nonato que se abre paso.

Los ojos flotaban como antifaros enrojecidos en una disformidad de estúpida violencia. Ahora sí, empezaba a reconocerse. Entonces se puso la corbata y le hizo un nudo a la camisa.

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