Ataraxia, después

             Lo peor de todo, ya te digo, es ese muro sin fisuras con que te topas donde hasta ayer tenías la boca. Los alfilerazos de luz en las cuencas desorbitadas de los ojos no hacen sino confirmar lo inenarrable de esa condena ominosa.

             Lo de menos, ya ves, es este filo en la mano que obrará la hendidura por la que saldrá el tropel de dientes, la lengua desatada, la orgía de glotis, amígdalas y epiglotis y, al fin, ¡al fin!, este delirio de cuerdas vocales disparadas entre colgajos de carne y burbujas sanguinolentas. Y  tú, corazón, ahí en el suelo, dando botes como si tal cosa. Un par de pisotones más y, hala, ya no lates, ya no dueles, ya no incordias con tu bordoneo de paloma rota.

             El resto es coser y contar, contar y coser.

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4 pensamientos en “Ataraxia, después

  1. Original e impresionante manera de narrar el desamor, o el dolor para que no duela, aunque parezca un contrasentido. ¿Usted me entiende?

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