Pesadilla antes de merendar

             «Alguien va a tener que pagar por sus pecados», canturrearon juguetones los labios de la rubia mientras ésta procedía a anudar mis cuatro miembros articulados a los cuatro postes del tálamo. El gato se había encaramado al armario, desde cuyas alturas nos observaba y sonreía relamiéndose. «No he podido resistirme; como tardabas tanto en salir del baño…», dije, excitado por el mordisco salvaje de las ligaduras sobre mi carne, y feliz por no haber tenido que confesarle mi insuperable aversión al Strudel. Al deslizarse fuera del picardías sus formas de valkiria se desparramaron en una cascada de lorzas informes. «Y ahora, ¿qué voy a comer yo?», dijo aquello. Recuerdo que antes de desvanecerme tuve una visión fugaz de tres pezones cuadrados y unas tijeras hambrientas que relumbraban en la penumbra.

            «Los cojones», susurró cuando me desperté.

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2 pensamientos en “Pesadilla antes de merendar

  1. Tremendo, cómo conjugas lo evocativo, lo onírico y lo poético. O lo patético. Esas “lorzas” (qué bueno) que son el anverso del deseo realmente cortarían la digestión a cualquiera, después de merendar o de cenar.
    Besos admirados

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