Pasajes

Llovía. Arrebujado en su capote, el anciano hizo tintinear el platillo. «Cuento historias de aparecidos», canturreó. El recién llegado declinó la oferta pero, risueño y confiado, dejó caer dos monedas antes de apretar el paso. Lanzó sus dados el tiempo sobre las hojas de un laberinto en blanco. Un día, mientras vagaba desorientado por tortuosas callejuelas sin fin, le vio surgir de la niebla envuelto en el resplandor tembloroso de un candil. Sus ojos inertes relumbraban como estrellas caídas en el piélago de sus arrugas. El hombre siguió el revuelo de su capote hasta los embarcaderos del puerto. Allí el anciano le enseñó dos monedas. «Compro historias de desaparecidos», canturreó, y con ellas cegó sus ojos.

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