Mientras revientan las costuras

 

Me había dejado el alma alimentando a aquel camello y ahora que me había comprometido a hacerle pasar por el ojo de una aguja el muy desgraciado se negaba a dar la cara. ¿Dónde se habría metido? Registré hasta el último rincón de su guarida, despanzurré el colchón, astillé armarios, reventé tabiques. No había nada que hacer, había desaparecido.

—¿No te lo habrás zampado tú, eh, Lulú?

La Pomerania dejó de mover el rabito y me miró consternada.

—Está bien, perdona. No debería haber desconfiado de ti. Larguémonos de este antro inmundo y busquémosle fuera, necesito estirar las piernas y, quizá, administrarme una buena dosis de primeros auxilios.

Antes, al irrumpir allí por las bravas, nos habíamos topado en el rellano con un bulto en estado de descomposición que, sin embargo, me había parecido que se movía.  Pudiera ser por causa de los gusanos, pero por si acaso decidimos emigrar por la ventana. Ya en la calle, encogí las piernas hasta recobrar mi estatura habitual. El aire olía a miedo. Posé a Lulú en el suelo. La inflé un poco, monté y arrancamos al trote. Nos cruzamos con una manada de ficus que venían huyendo despavoridos de una lluvia indiscriminada de pelotas de goma. Estimamos conveniente dar un rodeo y arribar al hospital por otra parte.

Lo habían privatizado. En el vestíbulo de entrada tropecé con una montaña de miembros sueltos. Me interesé por su significado ante una señorita con cofia y sierra eléctrica, quien respondió que aguardara mi turno mientras ella terminaba de recortar pacientes. Le dije que la paciencia nunca había sido mi fuerte y pregunté si tendría un alma de sobra, por caridad.

Guardé mi acero de Toledo y salí a la calle envuelto en el aura de un ciudadano respetable recién fallecido en la sala de espera. Pobre como una rata, sí, pero respetable. Ahora era Lulú quien me cabalgaba a mí. Los semáforos humeaban al rojo vivo. Las principales vías de escape de la ciudad habían sido colapsadas por vehículos que tocaban el claxon sobre el asfalto hirviente, la gente se asomaba a las ventanillas y echaba espumarajos de rabia o lloraba a mandíbula batiente. En las aceras, colas interminables de hombres y mujeres taciturnos aguardaban aherrojados ante los morideros automáticos bajo un sol de justicia, vigilados de cerca por ejércitos de antidisturbios. Verles me provocó urticaria y un acceso de vómito en el que por poco no me ahogo. Me calcé las sandalias con alitas de pollo que reservo para este tipo de situaciones comprometidas y los dejamos atrás en volandas. Aterrizamos a abrevar en la plaza mayor. El consistorio ardía por los cuatro costados. Rogué a los niños allí congregados que se abstuvieran por un momento de atizar el incendio y se acercaran a mí, pero los muy tunantes pasaron de largo. Se habían encaprichado con Lulú.

—¿De qué raza es?

—Es un perro flauta.

Una cría con sus coletas, su vestidito y su canesú tomó a Lulú entre los dedos y comenzó a tocar el Himno de la alegría. Los demás se reían y bailaban en corro. «Un día todo esto será vuestro», prometí. Al instante estaban todos llorando. Les consolé como pude a base de mentiras piadosas y les rogué que cuidaran de Lulú mientras iba a hacer un recado. Confiaba en ellos y sabía que, pese a su apariencia menesterosa, no estarían tan desesperados como para atentar contra mi pequeña. Al menos no mientras siguiesen abundando palomas y mirlos que llevarse al puchero.

Entré en comisaría y ofrecí la descripción del camello. Omití las jorobas, no iba a darles todo el trabajo hecho. «Se gratificará», dije. El madero extendió la zarpa. Le mostré un fajo de bonos del Estado y guiñé un ojo cómplice. No se dejó engatusar, probablemente porque sabía que valían todavía menos que yo. Madero, sí, pero no tonto.

—¿Cree usted que la policía no tiene otra cosa que hacer que andar rastreando mascotas perdidas?

—Soy Baltasar —expliqué—, lo necesito para la cabalgata.

—¿Es usted negro?

—Como el betún.

Me pidió los papeles. Respondí que se los había comido el camello. Y él, a su vez, que era mi día de suerte porque los calabozos estaban repletos. Total, que me vi forzado a agredirle. Me dieron de hostias hasta en el carné de identidad que no tengo, pero conseguí que me metieran entre rejas, junto a un hombre que resultó ser camello. Ojo, no el mío: lo he comprobado y  solo tiene una joroba. No obstante, hemos hecho muy buenas migas. Aquí nos sentimos a salvo, aunque la celda es bastante reducida y a veces nos entra el mono de los espacios abiertos. Entonces nos ponemos pálidos y desencajados y, mientras nos enjugamos mutuamente el sudor que perla nuestras frentes, hablamos de hipotéticos planes de fuga. A veces sueño con Lulú. Me pregunto si también ella me echará de menos.

 

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9 pensamientos en “Mientras revientan las costuras

  1. Qué bien lo has hilado, al principio parece una ida de olla total, pero poco a poco me he dado cuenta que está todo muy bien atado, y que no dejas títere con cabeza. Lo de “resultó ser un camello. Ojo, no el mío” me ha encantado!!! (admiraciones especiales para ti)
    Abrazos

    • Basta con ver lo que necesita la gente y lo que suministran aquellos que han sido elegidos para atender a las necesidades de la gente para comprender que vivimos inmersos en una ida de olla total… Me quedo con esos signos de exclamación como un ramillete de flores 😉

  2. Ya perdí la cuenta de las veces que dije ¡Qué bueno! mientras lo leía. Tiene una apariencia totalmente onírica, pero la realidad se filtra entre las líneas y aparece a cada paso. Es genial. Me encanta

    • Perdona, Nieves, por alguna razón que no alcanzo a comprender, este correo fue a parar directamente a la bandeja del spam, donde acabo de encontrármelo hoy. Me alegro mucho de que te guste, paisana 😉

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