Arbor arbŏris, amor amŏris

No sé lo que ocurrirá con los otros árboles, los que pastan libres en las vastas llanuras o hacen piña en bosques y laderas de montaña, pero últimamente he caído en la cuenta de que al llegar el otoño a muchos árboles urbanos les da por sacudirse las hojas de encima. Se desnudan y exponen sus ramas ante la mirada resbaladiza del ciudadano común, que por lo general reacciona, si es que reacciona, abriendo el paraguas y apretando el paso.

Para qué, me pregunto. ¿Por qué lo hacen? ¿Qué pretenden sus mentes leñosas? ¿A qué viene un exhibicionismo a todas luces dañino? Tiene que haber una razón de fondo, una causa que les impulse a soportar deshojados el mordisco salvaje del frío, intuyo.

Quizá (me digo) sea una forma de llamar la atención. Como aquellos hombres y mujeres de la manifestación ciclonudista (recuerdo) que serpenteaba paseo de San Lorenzo abajo, frente al mar, para mayor divertimento, pasmo o escándalo de unos viandantes poco acostumbrados a semejante exhibición de los repliegues epidérmicos más íntimos. Pero ellos, los ciclonudistas, sí alzaban la voz, no como los árboles, y sus carnes así expuestas disfrutaban de la caricia pulsante de un sol protector en aquel plácido atardecer de agosto.

Hagamos memoria.

Si, a la vista de la furgoneta policial que las autoridades han interpuesto en su trayecto, la comitiva ciclista se detiene y, pongamos por caso, el patriarca de tupidas barbas blancas se apea de su montura y comienza a repartir pasquines, una parte nada desdeñable de sus conciudadanos bien o mal vestidos, pero vestidos, interrumpirá a su vez el paseo vespertino y atenderá a su prédica. Cierto, puede que al principio la señora de la pamela y el chihuahua solo se fije, con cierta comezón ventral por su parte, en el crudo contraste que ofrecen, ante sus ojos abiertos como platos, la gravedad con que se viste el semblante patricio del barbón y el bamboleo juguetón con que se columpian verga y testículos. Puede que, pletóricos en su inmensidad como debieron de ser los de la diosa en el instante antes de ponerse a amamantar amorosamente los cielos nocturnos con el fluido que hoy conforma la Vía Láctea, los pechos rotundos de una matrona atraigan más miradas soñadoras, digo, que oídos su ecológico discurso. Podría ser que ese joven vestido a cuerpo gentil haya tenido que ausentarse con indudable premura por causa del proceso inflacionario (el efecto tienda de campaña le delata) repentinamente sobrevenido bajo sus bermudas. Y es posible también que algún padre pudibundo se proponga privar a sus retoños del que a su juicio es un espectáculo lamentable, alejarles a rastras si es preciso, renuentes los vástagos en su regocijo sin mácula. Pero el bien o el mal ya está hecho, el pelotón de despelotados se ha ganado las simpatías del respetable, el verdor de su mensaje cae como lluvia fina y templada que cala vestimentas, traspasa epitelios y se instala en mentes y corazones.

De tal manera que, cuando los agentes uniformados irrumpan quebrando la armonía de ruedas, pies, rodillas, sillines, nalgas, ombligos, manillares, silbatos y pancartas; cuando se esfuercen por restaurar el orden izando a pulso esas carnes revueltas, lozanas y vetustas que ahora se desparraman sobre el pavimento, piel contra piel, encadenadas en un revoltijo amoroso de adanes y evas rebeldes que han triturado las hojas de parra y no se irán tan fácilmente del Paraíso, no señor, no sin luchar, no sin haber hecho frente a los toletes flamígeros que enarbola el angélico destacamento de eyectores públicos, estos serán vituperados y confrontados y aquellos encorajinados y defendidos por un corro cada vez más nutrido y corajudo de hombres y mujeres formal e informalmente vestidos, pero vestidos.

Bajo el sol invernizo de la mañana, sacudidos por el relente nocturno o por una lluvia tardía de alfileres de granizo y aguanieve, los árboles despojados tiritan mudos. Sin pancartas, sin quejas, sin aspavientos. Sin colocarse en lugares estratégicos tales como las puertas de los supermercados o las entradas de los cajeros automáticos. Sin manos extendidas, sin cartones garabateados, sin platillo. Si acaso, con un discreto estornudo, tristes en su atonía porque nadie les hace caso. Alentados por una secreta ilusión, ellos, los árboles que quizá solo quieren tu abrazo y un minuto en compañía.

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14 pensamientos en “Arbor arbŏris, amor amŏris

  1. Imagino a miles de hombres desnudos abrazándose a miles de árboles desnudos. Hay un árbol para cada hombre; un hombre para cada árbol. La vida podría ser eso; un largo deambular por praderas infinitas donde la hierba crece salvaje e indómita, y donde la felicidad se cifra en su altura, en el roce y en la ausencia de ropajes. Tendría que hacer cuentas, pero creo que sería a partes iguales. Y así hasta llegar al árbol de la vida, principio y fin.

    Sí, es cierto; también vale una farola.

    Abrazos, bajo un fresno o un roble, no sabría decir.

    • Le animo encarecidamente a que salga usted a la calle y se abrace al primer árbol que le salga al encuentro. Ahora, no se lo piense dos veces, no vacile o no lo hará. Desnúdese, tire la ropa por la ventana y baje usted, busque un arbolillo aterido y ofrézcale su calor. Seguro que no tardará en cundir el ejemplo. Es la revolución silenciosa que viene.

      Un abrazo, y adelante.

  2. Este texto está lleno de aciertos, de frases originales y potentes que ya en sí mismas valen la pena, pero encima el texto es corajudo (de Corujo), reflexivo con toda la coña que se quiera y hasta otoñal (por lo melancólico9. Un texto escrito sin cortapisas, con libertad total, en pelotas vamos.

    Kss

    • De hecho lo escribí en pelotas, mentalmente, acurrucado en una esquina de la habitación acolchada, las palabras salían y se dirigían flotando hacia vuestros ordenadores. He descubierto que tengo una conexión güifi en la cabeza.

      Besos

    • Qué bonito, eso de las coliflores literarias. Recuerdo que hace unos meses, al comienzo del verano, había tres jóvenes en el paseo marítimo. Llevaban carteles que decían “damos un abrazo gratis”. Y era cierto, repartían sus abrazos entre la gente que se dejaba.

      Y no, no eran carteristas.

      Abrazos

  3. Rigor científico hasta que apareció el abrazo.
    Me suena haber oído algo de este estudio comparativo entre el pelotón ciclista en bolas y los árboles de hoja caduca, ¿es de la universidad de Berkeley?

    Hasta pronto

    • Ya les gustaría a los de Berkeley, qué va. En Wichita hicieron un estudio experimental conductista que analizaba las reacciones de la gente al abrazar un cactus, una serpiente y un político, ¿no sé si te refieres a ese?

      Hasta la vista

  4. Hola, probando probando… ¿conexión Güifi? Bueno, suscribo totalmente lo que dice Rosana, pero en particular lo de la libertad con que escribes y la ráfaga de novedad que eso supone. No se lee nada parecido en ninguna otra parte.
    Abrazos

    • Ya quisiera yo escribir en libertad, quia, escribo atormentado por mis demonios, la carne, las vocecillas de la güifi, papá pitufo, !la carne!. Creo que eso ya lo he dicho…

      Pero te agradezco tus palabras 🙂

      Besos

  5. Vengo desde el enlace en la página de Laura, me llamó la atención el título, (voy a tener que hacerme mirar esta atracción por los imparisílabos de la tercera declinación) y me ha sorprendido tu relato, casi bajo a abrazarme a un árbol, lástima de temperaturas, que no acompañan. Me apunto para quedarme. Me gusta muco lo que hay por aquí.
    Un abrazo

  6. Pues a los árboles de mi calle hace unos días que se dedicaron a desnudarlos, me sorprendió, no entiendo a que viene tanta prisa ¡pobres! con el frio que hace. Muy melancólico tu texto.
    Hace un momento que hemos subido mi amiga de cuatro patas y yo de dar una vuelta y hablar un poco con ellos.

    Besitos

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