Aniceto y la furia

Cuando Aniceto Vargas se levanta del trono tiene la mirada girando en sus órbitas, el susto en el cuerpo y los calzones por los tobillos. Más tarde que pronto reacciona, recoge un pedrusco de entre los escombros recién esparcidos y lanza su desafío hacia el embudo succionador que se aleja aullante del terruño.

— ¡Vuelve, gabón, si yenes güevos, dodavía no he derbinado gondigo!

Si un gesto heroico y aparentemente inútil puede ayudarnos a sobrellevar la gran miseria sobrevenida, hay otras cuyo advenimiento no admite demora en la resistencia heroica, ni ésta se entendería, pues, aun siendo pequeñas y desagradables, son hijas del menester y siguen sus propias rutinas. Aniceto Vargas se sienta a aliviar la suya. Contrae el gesto, aprieta encías y empuja. No sé si llora o si es la lluvia.

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6 pensamientos en “Aniceto y la furia

  1. Je, je, je… Qué bueno el Aniceto y sus miserias rutinarias. ¿A quién no le gusta empujar?, y debe ser la leche si al final no sabes si lloras o es la lluvia, y los ojos te hcaen chiribitas.

    Abrazos

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