Momentos álgidos

Frente a la Escalera 14 de acceso a la playa, Agapito Camembert y Florinda Ciccio se encuentran disputando el que muchos califican como el partido de palas más largo de la Historia (1). Cuenta mi padre que, cuando él todavía era un mocoso, ya su abuelo le refirió en cierta ocasión que aquellos, Florinda y Agapito, llevaban sobre la arena desde que él tenía uso de razón, e incluso antes, sudorosos y bronceados si en verano, sudorosos y pálidos si en invierno, sudorosos y floridos si en primavera, si en otoño melancólicos y sudorosos, golpeando la misma pelota una y otra vez. Una y otra vez.

En sus cuerpos esbeltos y atléticos no hallaréis una lorza, un michelín de más, una mísera onza de grasa. Su juventud se mantiene inmarcesible frente al goteo del tiempo o la acción erosiva de los elementos. Ellos son los elegidos para la gloria.

Su entusiasmo competitivo y su fairplay resultan dignos de elogio. En ocasiones, empero, y como queriendo poner a prueba la entereza de su oponente, Florinda tienta al destino y enseña una teta, tal vez porque en el eterno devenir de la disputa, y con la excitación propia de la refriega, la perennemente joven Florinda se olvida de que Agapito es ciego. Expuesta así su lechosa teta, ya sea la izquierda o la derecha, ante los ojos afiebrados de la concurrencia, que no ante los de Agapito, se sucederán las exclamaciones de asombro y arreciarán los aplausos de los entendidos, que al flamear de pañuelos blancos y calcetines sucios pedirán otra. La otra, que bien podría ser la derecha o la izquierda. Y ya puestos, incluirán en su pedido las dos orejas y el rabo de Agapito. Por pedir, que no quede. Y así, mientras el público hace la ola y las olas deshacen al público; mientras la pelota surca los aires y chillan desaforadas las gaviotas, sobreponiéndose al ensordecedor guirigay y dando otra muestra de esa imperturbabilidad que le caracteriza, Agapito aguzará el oído para escuchar los cascabeles de la Muerte, indicándole por dónde sopla la bola. Flexionará entonces el diestro ligeramente las piernas, impulsará el brazo y golpeará aquella con un giro elegante de muñeca. Florinda se guardará la teta, y continuará sin más la contienda.

Hasta cuándo, se preguntará alguno.

Hay preguntas que no tienen respuesta, pero esta no es una de ellas. Agapito y Florinda seguirán siendo Florinda y Agapito mientras la bola no toque la arena, momento en que se desharán como motas de polvo que esparce el viento sobre el osario. Entonces ellos habrán perdido la guerra, y los gusanos su merienda.

 

 

(1) Los playos tienden a exagerar las virtudes y defectos de todo cuanto existe y pulula dentro de los confines de su playa, que o bien es lo mejor o es lo peor, sin tonos grises de por medio. Aun así, justo es consignar que el partido entre Florinda y Agapito está resultando ser considerablemente más largo que el partido de palas típico, cuya duración estándar viene a situarse en torno a las doce horas, un minuto y quince segundos. Rebasado ese límite, las moiras se asoman y hacen muecas desde el umbral de la incertidumbre y la duda tiende a distraer fatalmente la atención de los competidores.

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15 pensamientos en “Momentos álgidos

  1. Nunca más podré ver un partido de palas sin acordarme de Agapito y Florinda, de Florinda y Agapito, una teta al aire, un ciego que persigue un cascabel…. Y eso es literatura, pura y dura, meterse de lleno en el imaginario del lector y permanecer ahí para siempre, por los siglos de los siglos, jamón. De tu testa a la mía. Gracias.

    Aplausos, de pie.

    Abrazos.

    Ps: Estás como una cabra, sin perdón.

  2. Me gustó el cuento, muy bueno. No es tan irreal como un telediario, pero tiene su puntito. La teta de Florinda, el público que lee y aplaude, el ciego de Agapito, y los playos, olas de gente capaces de seguir un partido eterno simplemente porque lo han pagado.

    Abrazos

  3. Eres capaz de hacer que el lector tenga una visión tan surrealista que jamás hubiera pensado que la sentiría como suya propia, y lo logras. Yo tampoco podré ver un partido de palas en la playa sin recordar a Agapito y Florinda.

  4. Ya decía yo que me sonaban las caras de esos dos, armados con palas, que me encuentro a menudo en la playa, y que no son enterradores como imaginé, sino los no enterrados. Los hay que no tienen dónde caerse muertos y los que, teniendo, no cejan en su empeño de inmortalidad.

    Abrazos descansados.

  5. Tiene algo tan real, este partido, que, como dice Agus, permanecerá en la memoria y en la imagen de cada nuevo partido.
    La playa a la que yo suelo ir no tiene partidos de pala, allí los viejos juegan a ver quién clava la muleta más honda, quién hiere más gente con una sombrilla fugada… Una vez vi, apoyada en una tumbona, una pierna sin gente.
    Abrazo
    Gab

  6. Es curioso, lo que comentáis. Podría tratarse del efecto llamada del que ya hablara Fintágoras en su libro de los pensamientos tangenciales, efecto que, en este caso, vendría encarnado en el pecho descubierto de Florinda Ciccio.

    El problema de las muletas y las sombrillas lo tenemos aquí con los paraguas. Cuando llueve, la gente sale a la calle armada con esos adminículos, mortales de necesidad. A mí ya me han sacado ocho ojos, que yo recuerde, además de reventarme cuatro hígados y un par de corazones. Menos mal que tengo la ferretería a la vuelta de la esquina.

  7. Pues muchas gracias por el relato tan minucioso de este partido de palas entre Florinda y Agapito, a los que ya nunca olvidaré. Ha sido muy, muy instructivo.

    Hablando claro, que me lo he pasado muy bien.

    Besitos

  8. Sonrío muy seriamente. Pero que muy seriamente.

    En serio.

    Mayúscula partida de palas o lo que es lo mismo, magistral literatura de cuento. O al revés. Seriamente. Digo.

    Abrazos

  9. La seriedad y la sonrisa no están reñidas, sino todo lo contrario. Imagínate a De Guindos anunciando a carcajadas que se ha comprado unas podadoras nuevas, más grandes -carcajada-, más afiladas -carcajada redoblada-, más inmisericordes -carcajada por los suelos. Esta noche no duermo.

  10. Es curioso, pero siempre que escucho eso de “jugar a las palas en la playa” me imagino esta escena, pero más cortita, así que se puede decir que has metido una imagen que tenía en la cabeza en un potro de tortura y la has estirada a tope, y sin embargo, se sostiene, pese a tener las articulaciones desencajadas, como mi mandíbula, por cierto.

  11. Al hermano de una amiga se le desencajó una vez la mandíbula, aunque en su caso el causante fue un bostezo. Tuvieron que llevarle a urgencias. Cuenta mi amiga que, dolores aparte, lo más enojoso para su hermano fue la actitud del enfermero, el cual no dejaba de reír mientras empujaba su silla de ruedas. No podía evitarlo.

    Un abrazo.

  12. Desde luego la ambientación surrealista es genial, lo más tuyo y sugerente. Yo he visto a Florinda Chico hasta que has eliminado cualquier gramo de grasa; del pobre Agapito he visto una de esas canillas blancuzcas, fibrosas y peludas de señor rancio. En cualquier caso, qué bien escrito. Para disfrutar.

  13. He consultado los archivos mentales del Cuentacuentos y descubierto que, antes de comenzar su partida de palas, allá por el origen de los tiempos, Florinda Chiccio sobrepasaba generosamente los ciento cincuenta kilos de peso, mientras que Agapito era un hombrecillo enclenque de aspecto enfermizo. Está claro que en el aire balsámico de la costa y el ejercicio físico residen las claves que explicarían la remodelación escultural de sus cuerpos, y la férrea disciplina de sus espíritus.

    Besos

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