Agibílibus

“Si la gente no viviera pendiente de su miserable ombligo el mundo podría admirar los tesoros que ofrece el mío.”
-Jacinto Ónfalos, escritor y poeta-

    Mientras que en el común de los mortales el ombligo es una mera cicatriz, un adorno más o menos profundo y peludo, el obsesivo objeto de un deseo carnal insatisfecho o un recuerdo tangible de nuestra repentina irrupción en el mundo, el de Jacinto Ónfalos era una fuente inagotable de talento creativo. Porque, por muy extraño que os parezca, Jacinto Ónfalos escribía por el ombligo. Aunque quizá deberíamos decir, para ser precisos, que mientras él dormía su ombligo excretaba por escrito los sueños que a su dueño poseían.
Lo primero que hacía, nada más abrir los ojos, era comprobar si su vientre proyectaba sobre el dosel de su tálamo ese haz dorado que, cual emisario de los dioses, le anunciaría que la actividad onírica de aquella noche había dado frutos. Si tal era el caso, Jacinto entraba en una suerte de trance extático que ya no le abandonaría hasta bien entrada la tarde.
Así, mientras él regresaba al etéreo mundo de los ronquidos, era su mujer, Leontina Palacios, quien se encargaba de recoger la radiante pelusilla dorada depositada en el fondo del ombligo de su amado esposo. Luego la trasladaba a una placa de Petri sobre la que, aplicado el ojo al microscopio, se le iban las horas desenredando las finas hebras de oro que componían el diminuto ovillo, a fin de poder transcribir al papel el sueño literario en ellas inscrito. Lo que leía entonces la dejaba obnubilada. ¡Cuánta belleza encerraban aquellas feas palabras! ¡Cuánta sabiduría, profundamente enterrada! De pronunciado carácter onírico, poco importaba que nadie, ni siquiera Leontina, entendiese el significado oculto en los textos umbilicales que su marido expelía envueltos en hermético velo. ¿Acaso no eran la obra de un genio? ¿Cómo iba a estar su comprensión al alcance de mentes obtusas como las suyas?
A Jacinto Ónfalos le hubiera gustado permanecer soltero para poder consagrarse por entero al ejercicio de su talento pero, generoso como ninguno, no dudó un instante en casarse con la única persona que amaba su producción literaria tanto o más que él mismo. Además, Leontina Palacios era una mujer asquerosamente rica. No queremos insinuar que Jacinto se ayuntase en sagrado matrimonio por interés, al contrario, su desprecio por los bienes materiales era harto conocido en el reducidísimo círculo de los verdaderamente íntimos. Pero, por más que le doliese reconocer su condición mortal, Jacinto necesitaba un techo bajo el que comer, ser vestido y desvestido, limpiado, arropado y mimado para que «ese animalesco metabolismo sobre cuya lastimosa naturaleza descansan resignados los pilares de mi obra siga funcionando», si atendemos a sus propias palabras.
Como el excepcional autor que se jactaba de ser, Jacinto tenía un carácter voluble que no era sino reflejo de la extrema sensibilidad que aquejaba a su delicado espíritu. Los bandazos emocionales que experimentaba venían determinados por el veleidoso albedrío de su despótico ombligo, el cual, cuando le daba por ahí, podía pasarse semanas sin dignarse a cumplir la excelsa misión que parecía haberle sido asignada por el mismísimo dedo índice divino.  En efecto, el día que aquel amanecía vacío, y por ende oscuro, Jacinto se levantaba temprano y, atenazado por el desasosiego, merodeaba por sus aposentos rebuznando como un canguro enjaulado mientras la tormenta iba fraguándose en el pecho, y aunque en contadas ocasiones luchara por contenerse recurriendo a ejercicios espirituales de diversa índole, tales como meditar haciendo el pino sobre el ápex de una peonza en movimiento, o liándose a tiros con las sucias palomas que osaban depositar sus excrementos en los jardines de su templo (y con la servidumbre, si tardaban más de la cuenta en acudir a recogerlos), Jacinto siempre terminaba dirigiendo su iracunda carga de rayos y truenos sobre su esposa y cualquiera de los críticos literarios que puntualmente acudían a disfrutar de los pantagruelianos almuerzos que solía organizar aquella como excusa para analizar, discutir y elogiar con orgiástico entusiasmo las últimas novedades incorporadas a la intrincada arquitectura literaria que llevaba la firma de Jacinto, antes de recoger el cheque que su anfitriona les entregaba en su condición de miembros vitalicios de la Academia de las feas letras, institución benéfica cuyas actividades también Leontina financiaba, pues su vena filantrópica no se ceñía en exclusiva a mantener viva la llama solar que irradiaba el ombligo de su consorte, también soportaba sobre sus hombros el peso de cuantos planetas y satélites habían ido acoplándose a sus dadivosas arcas cual agradecidas rémoras.
Relatos abominables, monstruosidades poéticas, hemorroides verbales de espeluznante aspecto cuyo simple avistamiento bastaba para atormentar la memoria de por vida con su infernal recuerdo: la obra umbilical de Jacinto Ónfalos constituía una galería de los horrores poblada de entelequias cuya esquiva naturaleza resultaba inaprensible a los mecanismos de raciocinio del común de los mortales. Como diría en cierta ocasión el presidente de la citada Academia de las feas letras al otorgar el premio que año tras año recaía sobre otra antología más del inefable universo onfalosiano, «sólo las miradas libres de toda impureza pueden llegar a atisbar la belleza que palpita serena bajo esa engañosa máscara de abyecta fealdad.»

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11 pensamientos en “Agibílibus

  1. Mi abuelo solía decir que quien no tiene padrinos, muere infiel. Tu (nuestro, ya) Jacinto es un fenómeno en todo el sentido del término.

    Me ha gustado esta historia, narrada con lucidez crítica, que presebta una excelente construcción de los personajes.

    Un abrazo.

  2. Bravo, todo un despliegue de filosofía. Qué gusto.

    Me permito dejar un poema que escribí no me acuerdo ya cuando:

    Si tuviera el ombligo, aquí, en mi frente
    Y rompiera del mundo los espejos
    No existirían aquellos reflejos
    Que le hicieran a mi ego omnipresente

    Miraría a los ojos de la gente
    Aceptando en buen grado sus consejos
    Haciendo de mis males, males viejos
    Siendo la humanidad aún más vigente

    Pero agacho la cabeza y me veo
    Aquel hondo agujero, mi epicentro
    Yo quiero que mi eje sea este mundo

    Tener un interior también profundo
    Sacar toda la magia de aquí adentro
    Vivir, y no dormir, como Morfeo

    • Volcarse hacia fuera para superar las propias miserias. Y mirar hacia dentro, para aprender a reconocerlas, y a convivir con ellas. Más fácil es decirlo que hacerlo, pero todo es ponerse a la tarea, y tener paciencia.

      Hermosos versos, y cargados de profundidad. Qué callado te lo tenías 🙂

      Besos.

  3. Y aquel ombligo volcanizado eructó sentencias y otras menudencias, para la dicha de su concubina y el éxtasis de sus acólitos, quienes, armados con cuchillo, tenedor y babero antibabas al cuello, se aprestaron a despedazar y deglutir los menudillos. Perdón, las menudencias.

    A la carta, ironía con todo el arte del Corujo.

    Abrazos sin ombliguismo.

  4. Joder que tío más curioso. Me has hecho reflexionar a través de esta fenomenal síntesis de D. Jacinto. A ver si eso que yo creía que eran pelotillas malolientes de mi ombligo resulta que podían haberme resuelto la vida en el mundo de las letras. De todas formas, de ahora en adelante me voy a fijar más no vaya a ser que…
    Entretenido y mordiente tu relato.
    Saludos Uyyyyyyyyyyyy.

  5. Eres un artista. Denle un ombligo a este hombre y moverá el mundo. Y además con gracia, salero y estilo. No hay mejor entrante para el vértigo existencial que el surrealismo. Bravo, Don Alberto.

    Abrazos.

  6. Hay mucho gilipollas egocéntrico soltando rebuznos, últimamente, y mucha soberbia disfrazada de sabiduría… Pero este mundillo en el que nos movemos es muy pequeño, y al final todos nos conocemos.

    Que la fuerza del pájaro Uyyyyyyyy os acompañe 🙂

  7. Hola Odys, interesante relato construido con materiales surrealistas a los que aplicas las técnicas de la realidad cotidiana y sabias lecciones de “marketing”, que desvelan – como comentas – mucho necio dando lecciones de sabio.
    Gracias. Un abrazo.

  8. Suerte que ninguno de mis amigos se ha parecido jamás, ni por un momento, a Jacinto. Mucho menos yo que trabajo todo el día como las hormigas de La Fontaine, tengo un carácter estable y amo las palomas que me despiertan a las 6 de la mañana, puntualmente, con sus zureos. 🙂

    Jacinto no es el que quiere sino el que puede. Querer, muchos quisieran. Crudo y desopilante análisis social.

    Bravo!!

  9. Gracias Patricia, por fortuna yo tampoco tengo que sufrir la presencia demasiado cercana de un elemento semejante 🙂

    No me he olvidado de lo que tenemos pendiente, de hoy no pasa sin que te lo mande.

    Besos.

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