Ciempiés ni cabeza

He quedado con Agustín para tomar un café. O un chupito. O un café y un chupito. Le veo llegar y me levanto a recibirle.

-No sabía que usaras bombín.

-Y no lo uso, el bombín me usa a mí. Me usa y me abusa. Me babusa. ¿Para qué me has convocado, Albert?

-Para tomar un café. O un chupito. O un café y un chupito.

-Excelente, excelente. Camarero, ¡una de mero!

Nos sentamos en una mesa, espalda contra espalda. Trazamos garabatos en el aire mientras balanceamos las piernas.

-Oye Agus, ¿tú sabrías decirme en qué momento vivimos?

-Mañana ya se fue, pero pronto será ayer. ¿Por qué me lo preguntas?

-Es que se me ha parado el reloj. ¿Has oído hablar de Michiu Kaku?

-No, pero yo tenía un amigo que se llamaba así. Era gaditano, creo. Gaditano de Burkina Faso. Se le secó un cojón. Una tragedia… Aún lo conserva, en una urna de cristal. A veces toca el violín para él, y siempre le habla de usted.

Me reconforta saber que todavía hay gente en su sano juicio. De un triple salto mortal me llego hasta el techo, donde tomo impulso con los pies para, tras practicar un doble tirabuzón y medio, descender y aterrizar suavemente sobre la mesa que hay dispuesta frente a Agustín. El camarero nos trae los fettuccini que no hemos pedido. Los sirve en el espacio vacío que media entre nosotros. Cojo una gamba al vuelo y la mojo en una esfera temblorosa de salsa.

-Deliciosos -dice Agustín, a dos carrillos.

-El señor Kaku, el otro señor Kaku, es un físico teórico. Resulta que he estado leyendo un libro suyo, Universos paralelos, donde afirma que existe la posibilidad de que no seamos más que hologramas. El universo entero podría ser un holograma gigantesco. O un programa informático escrito en un cedé, lo que es igual de inquietante.

-¡Claro! -Agustín suelta el tenedor y la cuchara y se golpea la frente con la palma de una mano. De repente está muy excitado. El tenedor y la cuchara derivan hacia la maraña de tallarines flotantes. -Eso lo explicaría todo. Absolutamente todo. Puedo verlo. Recórcholis, ¡vaya si puedo verlo!

-Pues yo no. Ni lo veo, ni lo entiendo.

Agustín abre la boca, con la evidente intención de soltar algo.

-Alto ahí -le advierto. Agustín me mira perplejo. Se olvida de cerrar la boca-. Lo que estás a punto de proponerme es inverosímil -prosigo. De su boca abierta sale una luciérnaga que aletea describiendo una parábola, cambia de rumbo, regresa e inicia un movimiento giratorio en torno a su cabeza-. Tan inverosímil como que yo te haya adivinado el pensamiento… No sé cómo lo he hecho.

-Inverosímil, ¿dices? Hagámoslo entonces -insiste-, intercambiemos los ojos.

Y eso hacemos, asistidos por dos cucharas, un libro de instrucciones y un camarero obsequioso.

-¿Qué ves? -pregunto al cabo.

-Me veo a mí mismo -responde Agustín-. Pero ya no llevo barba. Atiza, ¡y tengo dos mejillones por orejas! ¿Y tú?

-Yo no veo nada.

-Es que se los ha puesto usted al revés -apunta solícito el camarero.

-Espera, no te los quites -dice Agustín-. Hagamos un experimento. ¿Qué tal si conectamos los nervios ópticos a la luciérnaga?

-No sé, yo sigo pensando que todo esto es muy poco verosímil. Nadie me va a creer cuando lo escriba.

-Tú déjame a mí. Lucy, bonita, ven aquí, ven con Papi. Lucy es una luciérnaga prodigiosa, una adelantada a su tiempo Tiene de todo, incluso tetas. Tetas luminosas, la tercera inclusive.

Y el caso es que, tras realizar Agus la conexión, el experimento funciona. De la nada surge la noche, noche fría y azulada que fluctúa bajo un campo de estrellas. Puedo verme en la lejanía. Acabo de descender de un autobús urbano y doy vueltas alrededor, visiblemente desorientado. Huele a huevos podridos y no reconozco el paisaje. O no lo reconocía. Ahora, sí.

-Ya he estado aquí antes -digo.

-¿Por qué susurras? -pregunta Agustín. Su voz suena ligeramente distorsionada, algo más lenta, grave y distante.

-Porque creo que fue entonces cuando sentí por primera vez a los escribas ciegos. Sentí su presencia como una ráfaga de viento podrido que corre a ocultarse. Después escuché aquellos gruñidos que hicieron callar al autillo, pero no supe interpretarlos. Pensé que serían perros de alguna granja cercana. Y no, eran ellos, ellos y sus engendros guardianes. Acabo de darme cuenta de que no le gruñían a aquel otro yo, sino a éste yo tardío, el que ahora observa desde afuera, con tus ojos volcados hacia dentro.

-Camarero, rápido, traiga usted una camisa de fuerza.

-¡No entres en la ciénaga! -grito, mientras forcejeo en vano por ponerme en pie-, ¡no entres…

Alguien me ha tapado la boca. Luego me han zarandeado y arrastrado de vuelta al lugar donde comenzaría otra historia, o la misma, al fin y al cabo, en un palacio que parecía un castillo, en los márgenes de un libro olvidado.

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24 pensamientos en “Ciempiés ni cabeza

  1. Genial Odys, sobre todo si ese Agus es el mismo Agus que conozco a través de su blog “Previsiones meteo….”
    Esta antología del disparate, que en vuestros personajes es de lo más elocuente, reflejan la seriedad y el gran sentido común que la vida llamada real no tiene. Agus y tú me estáis ayudando a filosofar en unos momentos en que la lucha por desinformarme se me hace
    tan esencial como el aire que respiro.
    Enhorabuena, me he divertido un huevo.
    ¡Ah! Y lo que hace falta es que llueva.
    Saludos cordiales.

  2. – Adiós.

    – Hombre, ya tardaba.

    – Lo sé, pero más nunca.

    – Vale.

    – Le he dicho que me gustó mucho.

    – ¿El relato?

    – El mismo.

    – ¿De veras?

    – Vamos, eso me dije yo a me mí mismo: estoy muy contento de tú.

    – Vaya, de nada.

    – Gracias.

    – No se merecen, siempre fue usted un autista.

    – Artista, querrá decir.

    – No, eso lo dijo usted. Yo dije lo que dije, si no, no lo hubiera dicho.

    – ¿El que?

    – Lo que no dije.

    – Ya.

    – A mí no me de usted razón como los listos.

    – Disculpe.

    – Por cierto, ¿Qué somos?

    – ?¿

    -¿Hombres? ¿Monicacos? ¿Carretillas de mano?

    – ¿Ha bebido, Don Agustín?

    – O somos lirios, somos rosas, somos lindas mariposas.

    – Sí, ha bebido.

    – Más bien me inclino.

    – Ya dije yo que bebió.

    – Ea

    – Ea.

  3. – oiga ¿ eso es una luciérnaga?
    – no es un caleidoscopio.
    – ¿y eso?
    – ¿el bicho que colea?
    – sí, claro.
    – claro, claro tampoco, mas bien es azulón.
    – vale, pero depende del cristal con el que se mire, digo yo, por decir algo, que está el ambiente muy serio.
    – pues eso, que si lo mira con el caleidoscopio es un luciérnaga de color azulón.
    – ¿y sin el caleidoscopio?
    – pues ya me dirá usted, pues lo mismo, ¿no conoce usted la propiedad conmutativa de la suma?
    – ¿de la suma de luciérnagas?
    – sí, pero también sirve para los caleidoscopios.
    – prefiero una de mejillones.
    – sobre gustos no hay nada escrito, y además de noche todos los gastos son negros.
    – que equivocado está usted.
    – lo dice por los gatos.
    – sí, pero me refería especialmente a las luciérnagas.
    – sabe que le digo.
    – mejor no me lo diga, que hoy no estoy para fruslerías.
    – usted se lo pierde.
    – anda, vaya con Dios,
    -pues eso

  4. – Oiga, oiga. ¿qué me está diciendo? Sepa usted que los ladrones somos gente honrada.
    – Ya, pero morirse es un error.
    – Tan cierto como que somos los habitantes de la casa deshabitada.
    – No me diga más. Tiene usted un amor secreto y …
    – Sí, como el amor del gato y del perro.
    – Recuerde, amor se escribe sin hache.
    – Sí, pero el amor sólo dura 2000 metros.
    -¿Para acabar siempre igual?
    – Todos. Siempre con un adulterio decente.
    – ¡Ah! Soy como un marido de ida y vuelta.
    – Pues sea fuerte y dígale usted, ¡Espérame en Siberia, vida mía!
    – ¡Por la tournée de Dios! Usted tiene los ojos de mujer fatal, ¿eh?
    – No me diga más que le creo. Pero… ¿hubo alguna vez once mil vírgenes?
    – ¿Virgen? ¿Habla usted de Eloisa?
    – ¿La que es blanca por fuera y rosa por dentro?
    – Sin más. Eloisa está debajo de un almendro.
    – Cierto. Es usted un mago, un adivino. Un profeta. Un vate.

  5. Menudo trenzado de temas… Y entre mejillones y tritetas, bombines de Coll y diálogos de Marx, una arquitectura muy ingeniosa a caballo de otros dos relatos recientes. Como si el diálogo entero no fuera ya un estupendo homenaje a las elipsis y planos temporales a los que nos tiene acostumbrados el homenajeado.
    Qué par de dos… un buen equipo.

  6. ¡Toc, toc, toc…!

    —¡Quién va…?
    —La Ely y las otras tres que la habitan…
    —Pues lo siento, esto no es el camarote de los Hermanos Marx, no puedes pasar…
    —Mire señor Agus, señor Odys y compañía que yo solo vengo a desfacer entuertos y otras zarandajas…
    —Pues con más motivo no pasas, aquí o Janine o ninguna…
    —¡Jo, pues mis otras yoes protestan, están gritando cual sirenas plañideras!
    —¡Adiós, Ely y compañía! ¡Vuelvan ustedes otro día…
    —Miren que este ciempiés va a seguir sin cabeza…
    —Que así sea… ¡adiós!

  7. Desde que entré aquí, hara de ello un tiempo sin costuras, ando flotando en la noche más negra que un carbón de reyes. A no ser por esas dos estrellas que se guiñan y hacen manitas… (¿debería decir los?, no) … las muy guarras. Y no miro a nadie porque ya he dicho que estoy en un agujero oscuro de esos que te succionan las neuras.

    Besos tirados que la no locura se pega.

  8. Para los que hemos tenido la suerte de presenciar conversaciones virtuales entre el Mejillón de Gavá y el Percebe Occidental, lo que leo aquí no es sorprendente, porque nos has acostumbrado mal. El riesgo de la gamberrada, del resbalón premeditado de la razón, es ceder terreno a la risa recortándoselo al arte literario. Eso no sucede aquí. El diálogo atropellado y dirigido, el preciso dibujo de la escena, los rebotes entre la consciencia alterada y las comprensibles imágenes de la paranoica invención… son todo aciertos. Y además un homenaje al tío Agus.
    Qué gusto tiene que dar escribir lo que a uno le dé la gana y que salga tan bien.
    Eso.
    Abrazo
    Gab

  9. Perdonad, pero creí que esto iba en serio. Que el autor introduzca un par de hilaridades para hacer más llevadero el texto no significa que el objetivo del mismo quede desvirtuado. Estamos acostumbrados a la lectura fácil, sin complicaciones, vamos, de encefalograma plano. Bien, pues ahora tenemos la oportunidad de dar sentido a esta metamorfosis que nos ha dejado perplejos. No es tan difícil, lo he entendido todo claramente desde el principio. Tan solo me quedó una duda:
    ¿Es la luciérnaga la que tiene esas tres hermosas tetas luminosas o es el caleidoscopio el que nos hacer ver tetas donde no las hay?
    Agradeceré cualquier aclaración sobre este extremo y así penetrar directamente en el agujero negro.

  10. Buena pregunta… Por desgracia no puedo responderla pues, siendo rigurosamente cierto que he vivido cuanto he descrito, no puedo asegurarte nada acerca de su naturaleza. Quizá Agustín, más habituado a la cría y ordeño de luciérnagas en cautividad, pueda arrojar luz sobre el misterio. Tampoco mucha, no vaya a ser que nos quedemos todos ciegos.

    De todas formas, aquí lo importante es que llueva…

  11. Juan, se mua.

    Respecto al tema que nos ocupa le diré que el caledoiscopio hace, pero las tres tetas son mías. Tres tetas como tres carretas.

    Por cierto, ninguno de los susodichos las cató.

    Que una es luciérnaga, pero honrada.

  12. ¡Pardiez! Parecía tonto el Juan Leante ese. Tanto rodeo para no decir claramente que le quiere tocar las tetas a la luciérnaga. Toas.
    Saludos de Agus.
    ¡Hostias! Si yo soy Agus, entoces, ¿quién es Odys?
    Yo me largo de aquí, me esoty mereannndo.

    • Por cierto, se me olvidó comentar el relato. Después de leerlo, entré, me puse a leer los comentarios, y se me olvidó que lo eran. Me pareció un festival de… no sé.
      Del relato, me gusta mucho lo absurdo que es con fundamento. Creo que saber escribir algo absurdo es mucho más difícil que escribir algo en principio coherente. Y pienso tú que lo haces/has hecho genial. No te conocía, y si te he visto no me acuerdo. Vine a través de Mar y, ahora que me sé el camino, igual vendré más veces.

      Saludos

      PD. Ah, compartimos “cuarteto de deliberación” en La Microbiblioteca. Un honor para mí.

  13. Ah, los comentarios, sí, creo que ese día fuimos pasto de una infección vírica. Poco a poco nos vamos recuperando.

    Ya decía yo que tu nombre me sonaba mucho… Leí el relato en la microbiblioteca, el niño que atrapa una luz… Me gustó mucho, sí señor.

    Un abrazo, y felices fiestas.

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