Principio de equivalencia

Por lo general le bastaba con una página para saber si una novela merecía o no la pena. Tras leer el primer párrafo (soporífero, previsible, plano como el encefalograma de un muerto), el editor tiró el manuscrito a la papelera y envió un correo al autor con la respuesta acostumbrada.

Llegó a casa tarde y cansado. Abrió su cuenta de correo y leyó el mensaje. Era de la editorial. Principio de equivalencia, su obra maestra, había sido rechazada. Pasó la noche en vela. Se levantó al alba, dio un beso a su esposa, desayunó frugalmente y comprobó el estado de su Smith & Wesson. Una bala en la recámara sería suficiente.

Tomó un taxi hasta la editorial. Dejó una propina más que generosa, entró en el vestíbulo y saludó al portero.

La recepcionista recibió sus cumplidos con una sonrisa coqueta.

Al pasar a su lado le pellizcó el trasero. Las manos quietas, rió ella, como hacía siempre.

Entró en el despacho del editor y cerró la puerta.

-Siempre fuiste un hijo de puta -masculló.

Rodeó la mesa, se arrellanó en la butaca y cruzó las piernas.

-Entiéndelo, no es nada personal -dijo al cabo. Descruzó las piernas, se inclinó hacia delante, abrió un cajón y guardó el retrato de su esposa al tiempo que extraía una Beretta.

Abajo, en la plaza, las palomas enloquecieron con el estallido simultáneo de dos disparos.

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10 pensamientos en “Principio de equivalencia

  1. Está claro que cierto problema de personalidad múltiple, no me extraña después de ver tantos manuscritos. Has dado una vuelta de tuerca a ese final que no tiene desperdicio, sorpresivo y original, saliéndose del standard. Vamos, que me ha gustado mucho!! 😉

  2. Sí, la grandeza de este texto tal y como apuntan mis predecesoras es esa nota lírica al final, un ejemplo de final por cierto, muy corujiana, corujinosa, de corujo vamos.

    Bravo.

    Abrazos,

  3. Odys, no era una mala novela, esas historias de agentes dobles paranoicos, con personalidad múltiple, trastorno bipolar, conducta obsesivo-compulsiva y delirios alucinógenos vende mucho. En el fondo creo que era un pusilánime, un indeciso, un “caga-dubtes” que decimos en catalán, que no sabía como matarse, un escritor de pena, una mierda de editor; pero un caballero, el mago Houdini del suicidio, que logró batirse en duelo consigo mismo y morir de dos tiros, equidistantes, en el centro del corazón. Descanse en paz tan insigne sujeto, ya no digo nada de esa foto retirada a tiempo, nunca hay que hacer sufrir innecesariamente a una mujer.
    Me ha gusto…mucho
    Un abrazo

  4. Este tipo tenía bien separadas su vida laboral y personal, no cabe duda.

    Me gusta mucho como has cosido dos historias sin que se vean las puntadas, o tal vez sólo sea una que, en definitiva, dos disparos simultáneos no son más que uno el doble de fuerte.

    Y me gustan las palomas.

    Abrazos, Alberto.

  5. Ese editor era un cabr… y tiene lo que se merecía. Cuando le dió le pellizco a la secretaria ya me mosqueó. ¿Y el escritor? Un escritor soporta muy mal ser mediocre. Pero batirse contra sí mismo no tiene precio, y esos disparos que te dejan pensando. Genial.

  6. Este es el relato que presenté en octubre al concurso de la microbiblioteca, y que ha ganado con todo merecimiento Mar Horno, con su relato “Los suicidas”.

    En noviembre más y -esperemos- mejor 🙂

    Abrazos, y disfrutad del fin de semana.

  7. Estoy en todo de acuerdo con Jesus y con Susana. En este micro el final es vital, es el que da otro dimensión al texto.

    A mí me gusta

    Kss

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