Nuevo orden

Silenciosa, la silla de ruedas se desliza veloz por el firmamento. El viejo sátiro cubre con una manta escocesa sus rodillas de cristal. Una gorra verde de paño le protege de los vientos solares. Su risa cascada persigue la estela de su dentadura postiza, firmemente hincada en el joven trasero de la cariátide que ha pasado como una centella ante los ojos del observador, para quien resulta imperativo mantenerse al margen. Él no debe involucrarse. Su misión es otra: detallar el desarrollo de los acontecimientos en su bitácora de viaje. Aterriza, activa el escudo de invisibilidad y se adentra en la jungla pertrechado con sus instrumentos de medida. Avanza con cautela. Un hombre desnudo se acerca corriendo. Le sigue de cerca un retrete de patas cortas y robustas y  poderosa zancada. El hombre muestra signos de fatiga. El retrete -taza rosada de mármol y tapa de madera forrada con piel de leopardo, que se abre y se cierra de forma espasmódica- le está dando alcance. En tesituras como ésta, el observador ha de reprimir sus impulsos. Una zancadilla a tiempo precipitaría el desenlace; lo alteraría, según a quién se la aplicase. Pero interferir en la evolución natural de los hechos  no sólo traicionaría su código deontológico, también es peligroso.  El problema, cómo no, lo plantea la irrupción en escena de las moscas gigantes. La rebelión de los retretes trajo consigo el desbordamiento de  las corrientes subterráneas de mierda. Lagunas de mierda estancada afloran por doquier. Hay mierda por todas partes. El hedor es insoportable. Desde entonces las moscas no han dejado de crecer en tamaño, astucia y sabiduría. Algunas han cambiado sus hábitos alimenticios, y se están organizando. El observador no quiere atraer su atención.

Mientras tanto, un segundo retrete ha entrado en juego, cortando la huida del hombre, que en su desesperado avance se ha visto obligado a tirar por una callejuela adyacente. Es una trampa. El resto de la manada le ha cerrado el paso. El observador graba los pormenores de la carnicería y prosigue su camino. Avanza ahora con sigilo hacia una concentración repentina de moscas. Parecen circular cívicamente por la alameda. Aunque alguna se salte el semáforo, no hay que darle excesiva importancia. Impera la calma. El observador sabe que su presencia permanecerá indetectable mientras no se cague de miedo. Hay cosas que nunca cambian.

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5 pensamientos en “Nuevo orden

  1. He empezado a leer. Al llegar a la persecución y posterior planteamiento de zancadilla he empezado a reír y eso ha durado hasta un punto en que me he dado cuenta de la lección filosófica camuflada entre tanta materia deshechada. Muy bueno.

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