Penélope Loscuatro

La adicción de Penélope Loscuatro a las pelucas tenía su origen en una necesidad imperiosa: un desgraciado accidente casero la había dejado calva.

Creo que rozaba los treinta cuando, con el lema “sin pelos en la lengua” y una conservadora peluca rubia por bandera, se presentó a las municipales en Villafranca de Gorrinos, su pueblo natal, y sin apenas despeinarse obtuvo una victoria histórica: cuatrocientos siete votos, el total del censo electoral, fueron a parar a su candidatura. Durante el trienio en que dirigió los destinos de sus paisanos, la cabeza de cabildo pasó del rubio platino al castaño moderado, inaugurando el último año con unos pelos de un rojo furioso que le costaron una moción de censura y la pérdida de la alcaldía, el carné del partido y el respeto de su gente.

Cuantos amigos y familiares la vieron poco después luciendo cresta rojiverde en los telediarios –Penélope fue una de los cientos de detenidos a raíz de los disturbios anticapitalistas que conmocionaron Ciudad del Mar a finales de los noventa-, aseguraron que, aun siendo ella, era otra muy distinta. Se ha desmelenado, dijeron, y de qué manera: Penélope fue encontrada culpable de destrozar los escaparates y la crisma del encargado de una peluquería y sentenciada, en consecuencia, a pasar tres años y un día entre rejas y, lo que es peor, sin una triste peluca que contuviera su rabia. En la cárcel dejó crecer los cuatro pelos que le quedaban, a la altura de la coronilla, con los que hizo una coleta. Una idea descabellada le impulsó a llenar el resto de su cráneo de tatuajes satánicos.

Al ser puesta en libertad viajó largo y tendido. En América apareció vistiendo largas trenzas azul cobalto; allí un jefe navajo determinó que su nombre totémico era Hairywacky Longa, que bien podríamos traducir como Cabello Loco al castellano. Los jamaicanos amaron sus greñas rastafaris, su tocado masai le ganó el cariño de muchos keniatas. Espoleada por el mordisco de una sombra monda y lironda, Penélope seguía huyendo hacia delante. Un día, en Katmandú, oyó hablar de Huan el Impasible, un anciano venerable que no tenía un pelo de tonto, vivía en algún valle de los Himalayas y, según decían, silenciaba demonios. Tras ajustarse una peluca china en la que previamente practicara un sobrio tonsurado, vestida de saco y con los pies descalzos partió a buscarle una tibia mañana de marzo. Le encontró dos primaveras más tarde, dormitando sobre la copa de un naranjo en flor.

Maestro, dame paz, suplicó, hincada de rodillas. Por toda respuesta, Huan dejó caer una calva postiza. Cuando se la puso, Penélope tenía lágrimas en los ojos. Su risa era dulce cuando dijo: -¡Qué día más hermoso!

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8 pensamientos en “Penélope Loscuatro

  1. Muy buenos juegos de palabras, lo que se puede hacer a partir de un pelo ¿verdad? 😉 Me encantan esos guiños, como el de “cabello loco” Muy divertido, irónico y a la vez, tierno. Buena conjunción de elementos. Besos.

  2. La tercera es la vencida: he intentado comentarte un rato largo.

    Dulce, simpático y, por momentos, ferozmente satírico. Extraña y muy bien lograda sumatoria de cualidades.
    Saber que así somos provoca una risa inquieta. Triste, quizá.

    Un abrazo

  3. Esta Penélope Loscuatro, peluda pero no tanto, desmelenada y a la búsqueda del sinpelo que le dé la paz, es otro logro de un tal Alberto que siempre tiene a punto, en la punta de los dedos, valga la rebuznancia, un relato de quitarse el sombrero y mostrar la calva.

    Besos desnudos.

  4. Gracias chicas, más vale calva en mano que melenuda volando, sobre todo si la segunda va subida en una escoba último modelo. Esperemos que Penélope haya sabido conservar la paz que tanto le ha costado encontrar.

    Besos.

  5. Me encanta este sostenido viaje al mundo de la peluficción, sobre todo porque el final, con la prota rindiendo su orgullo vital a la calva para encontrarle sentido a la vida, sea mucho más que un malabarismo literario.
    Por cierto que me encantan las frases que frenan el ritmo y deslumbra, a lo realismo mágico si se me permite (“silenciaba demonios”).
    Bueno, pa qué más. Abrazos.

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