Naturaleza viva

Me levanto y tanteo el camino entre tinieblas. Asomo la cabeza y tropiezo con tu silueta: miccionas haciendo arabescos junto a los riscos mientras te rascas las nalgas y contemplas con arrobo el ocaso de la luna roja. Para qué vas a hacerlo detrás del zarzal (como habíamos convenido), si puedes aliviarte ahí mismo, ¿verdad? De repente, un cuesco. Terrorífico. Monstruoso. Demoníaco. Por Dios, exclamo sobrecogida. Tú me miras. Yo te miro. Tú me palpas. Yo te esquivo.  Gruñes algo parecido a un saludo y regresas al fondo de la cueva, donde no tardará en desatarse la primera gran traca del día. Reavivo las brasas, preparo el desayuno y me dispongo a esperar la salida de la luna azul, pero antes apunto el telescopio al tiempo que dejo escapar uno pequeñito que vuela hacia la constelación de la Tierra. Como un suspiro.

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8 pensamientos en “Naturaleza viva

  1. Buf, buf… Supongo que imaginas que estoy escribiendo el comentario sólo con una mano. Eso de bombardear la tierra a base de cuescos está bien, aunque al final te salió tu lado más romántico.

    Abrazos.

  2. Já, coincido con Agus, es un micro romántico. Claro que hay que tener el ánimo sensible para descubrirlo. Tus protagonistas no lo tienen, por eso no saben cuan románticos son.
    Seré una cualidad que otorga nuestra atmósfera?
    Quizá vivamos para saberlo

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