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		<title>El búnker</title>
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		<pubDate>Sat, 25 Feb 2012 11:22:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>odys 2.0</dc:creator>
				<category><![CDATA[Microrrelatos]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Encontraba lentejas por todas partes. Todos los días. A todas horas. En los lugares más insospechados. Incluso aquella ocasión en que hubo de guardar cama durante cuarenta y ocho horas, ¿no es cierto que aparecieron siete entre los pliegues de las sábanas? Al principio las ignoraba. ¿Para qué querría él tanta lenteja? Ni siquiera estofadas le gustaban. Hasta que un día comenzó a recogerlas, entre divertido e intrigado. ¿Por qué él, de entre todos los hombres? Descubrir que tenía un don le llenó de orgullo. Comprender que debía explotarlo puso orden en su vida, y una luz sobre el camino. A medida que su colección iba creciendo, la búsqueda de la lenteja se convirtió en su gran pasión. Pero, al mismo tiempo, sus noches fueron poblándose de fantasmas y peligros.  Por eso sabe que un día vendrán a quitárselas. Todos esos mal nacidos sin lentejas que ahora dicen que las ha robado. Los inútiles, los vagos y los envidiosos, los mezquinos y cobardes. Todos ellos confabulados para arrebatarle el fruto de sus desvelos. Al caer el sol, encorvado sobre su tesoro, cuenta que te cuenta mientras sonríe y masculla amenazas que resuenan en la penumbra, bajo la bóveda de la cámara. Que lo intenten, si se atreven. Él está preparado.</p>
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		<title>Barro somos</title>
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		<pubDate>Fri, 17 Feb 2012 19:13:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>odys 2.0</dc:creator>
				<category><![CDATA[relatos breves]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[saliencia]]></category>
		<category><![CDATA[somiedo]]></category>
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		<description><![CDATA[Al principio el camino corría paralelo al río, las lluvias de los últimos días lo habían dejado muy embarrado, las profundas rodadas de los tractores se encontraban anegadas y había que sortearlas con cuidado para no terminar con el agua hasta las rodillas, pero aquella mañana brillaba el sol y una luz espléndida inundaba la [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=odys69.wordpress.com&amp;blog=15312429&amp;post=1519&amp;subd=odys69&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>A</strong>l principio el camino corría paralelo al río, las lluvias de los últimos días lo habían dejado muy embarrado, las profundas rodadas de los tractores se encontraban anegadas y había que sortearlas con cuidado para no terminar con el agua hasta las rodillas, pero aquella mañana brillaba el sol y una luz espléndida inundaba la vega, el calor apretaba lo suyo, y aunque la pendiente no era pronunciada, al menos no todavía, uno agradecía poder transitar a la sombra de las hayas que extendían su manto por aquella ladera del valle, de tanto en tanto un claro se abría como una ventana a la pradera y entonces podían verse las <em>roxas</em> que pastaban diseminadas por los prados de siega, las cabañas de teito, con sus característicos tejados de cubierta vegetal y, alzándose majestuosos al fondo, cada vez más cercanos, los magníficos crestones calcáreos del circo glacial.</p>
<p>Hacia el final de la ascensión el hayedo daba paso a una vegetación arbustiva de alta montaña, sin embargo el lago no se haría visible hasta que, tras haber remontado el último repecho entre sudores y fatigas, su silueta ovalada se me ofreció en todo su esplendor, como una gema pulida a mis pies, engastada en corona de piedra contra el azul lavado del firmamento.</p>
<p>Dejé la mochila en un pedrero, me despojé de la ropa y me adentré profiriendo grititos, lo confieso, en las aguas gélidas del lago; di unas brazadas enérgicas para entrar en calor y finalmente quedé flotando panza arriba. Aunque había más excursionistas paseando por los alrededores, y alguno vi refrescándose los pies en la orilla, me pareció que yo era el único bañista. Al rato divisé una figura que me resultó familiar, sobre un promontorio rocoso que se elevaba varios metros sobre el nivel del agua, no muy lejos de donde yo estaba haciendo el ganso. Era Sandra. No me había visto, o si me había visto no me había reconocido. Permanecía inmersa en la lectura de un libro, quizá mi libro, pensé, el que le había prestado la noche anterior, en el porche del bar del camping, después de que, tras haberse interesado ella por su contenido, me hubiese lanzado con entusiasmo a ponderar las virtudes del autor, Tomás Mujía, y de su obra, <em>Desierto y fuego</em>, cuyos últimos pasajes aún refulgían candentes en la memoria. Y aunque rehusó un par de veces mi ofrecimiento, terminó aceptándolo de buen grado. Dijo que le echaría un vistazo a ver si la enganchaba, antes de darme las buenas noches y encaminar sus pasos hacia la zona de los bungalows, media docena de cabañas construidas a imitación de los teitos, con su planta rectangular de piedra tallada y su tejado de escoba a dos aguas, aunque a diferencia de aquellos —construcciones rústicas y sencillas destinadas a cobijar el ganado durante la primavera y el otoño—, estos se hallaban revestidos de madera por dentro, estaban equipados como un moderno apartamento y parecían muy confortables, desde luego bastante más que la tienda de campaña que yo había levantado horas atrás en una esquina apartada del recinto, a la vera de aquel río cuyas aguas cantarinas mecían el sueño de los campistas, acompañadas por el rítmico croar de las ranas y el discreto murmullo de los avellanos.</p>
<p>La llamé por su nombre. Ella interrumpió la lectura y me dirigió una mirada que me resultó  inescrutable, más que nada porque sus ojos permanecían ocultos tras los espejos de unas gafas de sol. Me preguntaba de qué color serían, quizá castaños, como su alborotada melena, aunque no podría jurarlo, pues tampoco anoche, en la espesa penumbra del porche, me había sido posible dilucidarlo.</p>
<p>—¡Hola, qué sopresa! —exclamó al fin—. ¿Qué haces ahí?</p>
<p>—Nadar. ¿No te animas? Está buenísima —mentí.</p>
<p>—Me encantaría, pero no me he traído el bikini.</p>
<p>—A mí no me importa —dije, por tomarle el pelo, aunque bien es cierto que no me hubiese importado, sino todo lo contrario.</p>
<p>—A mí tampoco, pero no creo que a mi pareja le hiciese mucha gracia. —Se irguió sobre sus botas de montaña y señaló hacia algún punto a su espalda. Vestía pantalones vaqueros gastados y camiseta blanca sin mangas. Tenía una figura muy bonita—. Bueno —se despidió—, voy a ver si se ha cansado de sacar fotos y me hace un poco de caso. Un placer volver a verte, Andrés, que disfrutes del baño. Ah, por cierto, el libro —y lo blandió ante sí—: tenías razón, es muy bueno.</p>
<p>Me tendí al sol sobre la hierba, pensando en lo irrelevante que se había tornado el color de sus ojos ahora que ya sabía que ella era fruta prohibida.</p>
<p>Volvería a encontrármela una hora más tarde, el tiempo que tardé en recorrer dando un paseo el contorno del circo. No es que fuese muy extenso, pero el terreno que mediaba entre la orilla y las paredes rocosas era abrupto, en algún tramo impracticable, tanto es así que en un par de ocasiones tuve que descalzarme para salvar los escollos internándome en el agua.  Sandra estaba recostada contra el muro de una cabaña que se levantaba solitaria junto a la boca del lago. Mantenía el libro abierto sobre las piernas, mas no estaba leyendo, sino que tomaba el sol, me figuré que igual sesteaba, porque al saludarla con la mano —yo venía hacia ella de frente— no me correspondió, pero cuando estaba a punto de rebasarla su voz me detuvo:</p>
<p>—Te vi a lo lejos y decidí esperarte. Quería preguntarte si piensas subir a los otros lagos —inquirió. Asentí y me acuclillé a su vera. Barrí el paisaje con la mirada y respondí que, precisamente, subir hasta allí era lo que me disponía a hacer en aquellos momentos.</p>
<p>—Es que me gustaría ir, pero no me apetece hacerlo sola. ¿Te importa si voy contigo?</p>
<p>—¿Y tu pareja?</p>
<p>—Ha regresado al pueblo. Esta mañana, antes de salir, le avisé de que quería visitarlos todos, los cuatro lagos, y no solo éste, y que sería mejor que no subiese cargando con el trípode. Ni puñetero caso, como siempre. Joder, ¡si hasta se trajo el portátil! Y claro, cuando aquella chica nos explicó por dónde teníamos que tirar —Sandra señaló vagamente hacia la escarpada ladera que se elevaba ante nosotros—, el muy cretino se echó para atrás. Pues yo no me voy sin haberlos visto, dije. Allá tú, respondió, yo no pienso ir, así que te esperaré en el camping. Y se fue, el muy mamarracho.</p>
<p>—Ya veo —dije. El apelativo, por gracioso, me hizo sonreír.</p>
<p>Entonces sus gafas resbalaron por el puente de la naricilla, ella me miró por encima y dijo: —Bueno, qué,  ¿nos vamos? —Y yo descubrí que sus ojos, además de risueños, eran de un verde glauco.</p>
<p>El sendero, un camino de cabras que trepaba zigzagueando por la falda de la montaña, nos hizo ganar altura rápidamente antes de enfilar hacia el valle. El sol había alcanzado su cénit, haciendo que la subida, ya de por sí difícil, nos resultase aún más trabajosa. Atravesamos un extenso talud hasta llegar a un collado, una depresión entre dos crestas que permitía adentrarse en la sierra y acceder a los pastizales de las tierras altas, al otro extremo  de los cuales encontraríamos el complejo lacustre de Saliencia.</p>
<p>Pero antes de proseguir hicimos un alto en el collado a recuperar fuerzas. Desde aquel punto la vista era espectacular, a un lado se abría el lago que habíamos dejado atrás y al otro la pradera y, apenas distinguibles en la distancia, las casitas en miniatura del pueblo, detrás de las cuales las paredes boscosas se angostaban en un desfiladero por el que descendía tortuosa la carretera que llevaba hasta Pola de Somiedo, la capital del concejo.</p>
<p>—Fíjate en esto, ¡son arándanos!</p>
<p>Giré sobre mis talones. Sandra sostenía unas bolitas azules en la palma de la mano. Cogí una y la probé. Estaba deliciosa. Ella indicó hacia unos arbustos que crecían en una amplia hendidura en la roca, al abrigo del viento y el sol. Pronto nos encontramos sentados a su sombra, charlando y comiendo arándanos a manos llenas. Al rato noté que a Sandra se le había puesto la boca negra, y así se lo hice saber. Ella abrió los ojos como platos y me sacó la lengua, tan teñida de negro como sus labios.</p>
<p>—Pues anda que tú&#8230; —dijo—. Tienes arándano hasta en la nariz. —Quiso limpiármela con la yema del pulgar, pero el efecto conseguido debió de ser contrario al deseado, porque, tras componer una cara de circunstancias y decir que lo sentía mucho, empezó a reírse con más ganas todavía, risa que devino en incontrolable carcajada cuando, a pesar de mis protestas, o quizá acicateada por las mismas, se le ocurrió restregar la palma contra mi cara. Y ahí estaba, muerta de risa, intentando zafarse del contraataque con el que ahora yo pretendía estrujar un buen puñado de bayas contra sus mejillas. De repente me entraron unas ganas locas de besarla, de probar el sabor del arándano en su lengua, de mezclarlo con esas lágrimas saladas que se le estaban saltando de tanto reírse, pero hubiese sido un error, un error fatal porque ella era fruta prohibida y, además, se estaba meando, ay que me meo, decía, ay para, por favor, que me meo, así que la solté, me incorporé y, tras asegurarle que ya me las terminaría de pagar todas juntas, me alejé lo suficiente como para que pudiera aliviarse tranquila.</p>
<p>El lago Cerveriz descansaba en el fondo de una extensa hondonada. En sus aguas aquietadas el cielo y la montaña se desdoblaban con la nitidez de un azogue, hasta que una ráfaga de viento cruzó barriendo la superficie y la  imagen se quebró en una miríada de ondas. Serían las cuatro de la tarde cuando descendimos por el declive y nos sentamos a compartir pan de leña, queso y embutido que traía yo en la mochila, y una tortilla de patatas que había hecho ella. Al terminar hicimos almohada de las mochilas y nos echamos al sol. Soplaba una brisa fresca y apacible. Me dormí acunado por el plácido hormigueo que en la boca del estómago me provocaba su cercanía.</p>
<p>Aquel árbol estaba cargado de melocotones dorados, melocotones gordos y jugosos, quería cogerlos y no podía, el hombre de la mirada aviesa me vigilaba y hacía restallar un látigo si mi mano osaba acercarse demasiado, si acaso los rozaba, si se los pedía, pero entonces comencé a soplar y a soplar y soplando levanté una tormenta de aire que se lo llevó por delante. Sacudidos por el huracán, los melocotones entrechocaban y se estremecían como cencerros y campanillas, <em>tolón tilón </em>sonaban, y <em>tolín tilín</em> respondían, pero no terminaban de caer, los muy jodidos, ni yo de alcanzarlos pese a que seguía soplando con toda la fuerza que me permitían pulmones y carrillos. En las temblorosas hojas del melocotonero pronto se abrieron mil boquitas que se pusieron a balar, y sus balidos se mezclaron con el jolgorio de los campaneos. Desperté rodeado de pezuñas, cuernos y barbas, creo que los dos nos levantamos al unísono, Sandra y yo, saltamos como resortes y, entre exclamaciones de sorpresa, nos encontramos en mitad de aquel mar de cabras que se desparramaban por la hondonada, avanzaban parsimoniosas y se paraban y retrocedían, mordisqueando aquí y allá, sin prestarnos la menor atención. Luego Sandra dijo ¡mira!, y alzó los brazos y los cruzó varias veces por encima de la cabeza. Y yo miraba, sí, pero miraba su ombligo, que ahora asomaba por debajo de la camiseta, lo miraba y suspiraba. Luego alcé la vista y pude ver al pastor que, sentado un trecho más arriba, devolvía el gesto balanceando el cayado contra el cielo. Así que yo también saludé.</p>
<p>Aún nos quedaban dos lagos por descubrir y explorar, pero decidimos dar la vuelta, ya que se estaba haciendo tarde y todavía teníamos dos horas de caminata por delante antes de llegar al pueblo, dos horas que se estirarían en cuatro porque descendimos muy despacio, cualquier novedad, por nimia que fuese, nos demoraba, que si un sapo agazapado, que si un gavilán trazando círculos en las alturas o una cabaña mejor conservada que otras, un ternero mamando, la estampa armoniosa de un segador en faena,  una explicación pormenorizada cuya comprensión requería de otra pausa en el camino, una falsa polémica entreverada de  risas y chanzas, aquella fuente donde el agua fresca se convertía en excusa para la guerra, una flor violácea con la que ornarse el cabello, una salamandra a la defensiva, negra, reluciente y amarilla.</p>
<p>Ya anochecía cuando, al filo de las nueve, nos despedimos frente a la cancela de su bungalow. Menos mal que se va mañana, pensé, camino de la tienda, de lo contrario podría meterme en un buen lío. De repente todo el cansancio que no había sentido hasta entonces se me vino encima. Decidí descansar un ratito antes de darme una ducha y subir al pueblo a cenar algo, así que me dejé caer en el saco como un fardo, y cuando volví a abrir los ojos ya era de día.</p>
<p>Tenía un hambre de lobo. Desayuné en el porche del bar, huevos fritos, patatas y chorizo, mientras hojeaba el periódico del día anterior, de cuya sucesión de malas noticias no tardarían en sacarme dos voces que discutían, cada vez más alteradas, en las inmediaciones de la explanada que se abría ante mí. Despegué la vista del periódico a tiempo de ver a aquel tío que salía echando humo de uno de los bungalows, el mismo ante cuyos setos me había despedido anoche de Sandra. Alto y bien parecido, el hombre se detuvo en el jardincillo frontero y, tras agacharse a recoger algo del suelo, pasó a expresar verbalmente su estado de ánimo, tal y como sigue:</p>
<p>—¡Me tienes hasta los cojones! ¿Me oyes? ¡Hasta los putos cojones!</p>
<p>A continuación, y procedente del interior del apartamento, pudo escucharse, cortante y precisa, la voz enfurecida de Sandra:</p>
<p>—¡Pues anda que tú a mí!</p>
<p>Entonces aquel proyectil salió disparado a través del vano y, de no haberse apartado él en el último instante, a buen seguro hubiese terminado haciendo diana en su cabeza. Al cerrarse, la puerta se estremeció con violencia. El tío recogió el trípode, pues de eso se trataba, y enfiló hacia el aparcamiento sin dejar de proferir exabruptos. Un rato después salió ella, enfundada en un albornoz blanco, y se encaminó en dirección opuesta. Cruzó ante mi vista con cara de muy pocos amigos. Ni ella me vio, ni yo juzgué oportuno llamar su atención, no mientras las aguas no hubiesen vuelto a su cauce.</p>
<p>—Vaya genio, ¿eh? Pero está buenorra, eso hay que reconocerlo.</p>
<p>Alcé la cabeza, aunque por el soniquete de la voz ya sabía que se trataba de Elías. La noche en que conocí a Sandra aquel tío había interrumpido nuestra conversación en el porche, había sentado sus cuartos traseros en la mesa que ocupábamos y se había puesto a contar chistes verdes; luego, en vista del fracaso cosechado —Sandra había optado por seguir dándole la espalda, y yo me había limitado a mirarle, sin decir ni pío—, y tras quedarse un rato callado, se levantó y, empleando un tonillo cargado de sorna que a todas luces estaba fuera de lugar, se despidió con un «buenas noches, tortolitos».</p>
<p>—Que te jodan, imbécil —replicó ella. Y acto seguido, dirigiéndose a mí: —Perdona, pero es que no le soporto.</p>
<p>—¿Quién es?</p>
<p>—Un gilipollas. Se llama Elías, y trabaja en el camping. Se ocupa de los caballos, aunque no sé cómo se lo permiten, porque tengo la impresión de que siempre está borracho&#8230; Le huele el aliento que apesta, por no hablar de los sobacos. Cada vez que me ve no deja pasar la ocasión de darme la brasa con alguna grosería. Y no veas cómo me mira, joder, qué asco de hombre.</p>
<p>Ahora Elías se apoyaba en la jamba de la puerta del bar y la veía alejarse, envolviendo su figura en una mirada cargada de lascivia.</p>
<p>—Vaya polvazo que tiene, ¿eh? —insistió, guiñándome un ojo. Señalé su botellín de cerveza y le pregunté si no era un poco temprano para empinar el codo. La sonrisa se le congeló en un rictus desagradable. Me observó de arriba abajo, apuró el último trago, dejó el botellín sobre la mesa y lanzó un gargajo que cayó bastante cerca de mis pies, aunque sin llegar a tocarlos.</p>
<p>—Ojito conmigo —dijo—, mucho ojito conmigo.</p>
<p>Pero bastaba con verle la planta enteca y el talante bravucón para comprender que aquella velada amenaza no dejaba de ser la baladronada de un pobre diablo.</p>
<p>—Yo también te quiero a ti, colibrí —respondí. Me acerqué hasta la recepción y reservé una plaza de caravana para la semana siguiente, cuando llegarían Carlos, María y los pequeños. El camping estaba medio vacío, pero con el buen tiempo que estábamos disfrutando y teniendo en cuenta la previsión meteorológica para los próximos días, no sería de extrañar que aquel fin de semana el recinto se llenase hasta la bandera.</p>
<p>Divisé a Sandra no muy lejos de mi tienda. Sentada en la ribera, lanzaba guijarros contra la corriente. Me acerqué a saludarla.</p>
<p>—¿Qué vas a hacer hoy? —dijo al verme.</p>
<p>—No sé, tengo agujetas hasta en las orejas.</p>
<p>—¿Por el paseo de ayer? —se burló ella—. Venga ya, hombre&#8230; Me gustaría enseñarte un lugar. Un  lugar mágico. Si te apetece, claro.</p>
<p>—Por mí genial, pero, ¿no os ibais hoy?</p>
<p>—No hasta después de comer. Tenemos tiempo de sobra, y el lugar que quiero mostrarte solo está a hora y media de camino&#8230; ¿Sabes llegar hasta la iglesia que hay un poco más arriba, al otro lado del río?</p>
<p>—Afirmativo.</p>
<p>—Entonces voy a cambiarme. Nos vemos allí dentro de veinte minutos.</p>
<p align="center">**********</p>
<p>Sandra alzó los brazos y recogió el pelo en una coleta sobre la coronilla. Bajo el par de hoyuelos carnosos que anunciaban el final de su espalda, la exigua marca dejada por la braguita refulgía impúdica contra el tostado luminoso que exhibía el resto de su piel. Sin volver la vista atrás, y sin detenerse a esperarme, se internó entre los juncos que flanqueaban aquella orilla de la laguna. Paralizado sobre mi propia sombra, la vi nadar hacia el salto de agua que se precipitaba desde lo alto del roquedal. Incapaz de mover un músculo, contemplé cómo se erguía su silueta curvilínea, envuelta en una nube de espuma y rocío, hasta que, quebrado el sortilegio que me embargaba por la incitante llamada de su voz, dejé caer mis ropas junto a las suyas y me zambullí desnudo en el agua fría. Me acerqué braceando, e impregnado de deseo busqué su abrazo, mas ella posó dos dedos sobre mis labios y, apartándome con delicadeza, dijo, lo recuerdo muy bien, que primero teníamos que purificarnos. Purifiquémonos pues, exclamé yo, rebosante de entusiasmo, sin tener la más remota idea de lo que dicha purificación presuponía. Sandra se alejó nadando y salió del agua. Buscó la orilla más embarrada y allí se sentó, sí, se sentó sobre sus rodillas en el barro, y hundiendo las manos en el lecho las sacó chorreantes de légamo, légamo oscuro que comenzó a extender por los antebrazos. ¿Me ayudas?, dijo.</p>
<p>Sin saber muy bien por dónde empezar, me reuní con ella y me arrodillé a su lado. El sol arrancaba destellos de las gotas que caían formando arroyuelos sobre su espalda. Ella me dirigió una mirada de perfil y esbozó una sonrisa húmeda y tímida, repentina y extraordinariamente tímida. Entornó los párpados y, mientras yo hacía acopio de barro y lo extendía desde la nuca hasta el hombro, ella respiró profundamente y dejó caer los brazos con languidez. Superados los titubeos iniciales, aplicados los primeros y torpes brochazos, comencé a trabajar con mayor soltura, distribuyendo el barro a conciencia y deleitándome en lo que hacía. Como un Dalí enamorado de su lienzo, dibujé cisnes que eran elefantes, y elefantes que parecían cisnes; tracé signos y arabescos, imaginé tigres saltando desde su cintura y relojes de barro que se derretían al contacto de sus caderas. Poco a poco, centímetro a centímetro, fui descubriendo cada rincón secreto de su orografía, pequeñas imperfecciones que se me revelaban en los lugares más insospechados, los lunares que se me ofrecían, la mariposa tatuada que tiritaba en el vientre, las marcas de nacimiento, las cicatrices que la vida le había ido dejando, cada palmo de su piel se abría ante mí justo antes de ser recubierto con el barro que extendían los pinceles de los dedos, las brochas como palmas abiertas, los últimos retoques de una caricia impresa con el dorso. A veces ella abría los ojos y estudiaba mis movimientos, como cuando con aquel temblor reverente mis manos recubrieron el albor de sus pechos, o bien daba un respingo, alzaba la vista y me miraba directamente a los ojos, como si así quisiera calmar mi sed de arraigo en el pozo de sus pupilas, o como cuando, traspasada la frontera de aquel su ombligo al fin capturado, me descubrí diseñando volcanes sobre su vientre y jardines edénicos en la cara interior de sus muslos. Creo que he terminado, dije al cabo de una eternidad. Entonces tiéndete, amor, respondió. Sentí la frescura del lodo en el cuello, sentí que sus manos eran palomas de arcilla revoloteando sobre mi pecho, las sentí posándose en el abdomen, y sentí fuego en el vientre, sentí que la verga se tensaba entre sus dedos como una flecha en el arco, sentí su mirada traviesa y su sonrisa, sentí que no se detuviera allí más tiempo del necesario, y aun así asentí al sentirla depositando finas capas de cieno sobre los muslos, torneando rodillas y gemelos, emplastando tobillos y empeines, friccionando ahora las plantas de los pies, ahora introduciendo sus escurridizas yemas entre los dedos. Tras pedirme que me diese la vuelta, quedé postrado boca abajo. Sus dedos rehicieron el camino hacia arriba y tomaron posesión de los glúteos, donde sí, ahora sí que  se detuvieron golosos, bastante más tiempo del estrictamente necesario. Se despegaron luego y con renovados bríos recorrieron el contorno de la cintura, contaron vértebras y costillas, poseyeron omóplatos, reconocieron el territorio de los hombros y descansaron, al fin satisfechos, sobre las clavículas, mientras los pulgares se demoraban hormigueando sobre mi nuca. Sandra me cubrió con su cuerpo y permanecimos pegados durante no sabría decir cuánto tiempo, disfrutando del silencio, adormecidos en el cieno, el uno encima del otro, como lagartijas al sol. «Barro somos», me dijo al oído, «mas barro enamorado». Entonces nos levantamos y cogidos de la mano penetramos juntos en las aguas. Bajo el surtidor de la cascada comenzamos a lavarnos y de nuestros cuerpos hicimos esponjas con las que restregarnos, frotarnos y ungirnos mutuamente. En algún momento olvidamos las abluciones, nuestras lenguas se encontraron, y también nuestros sexos.</p>
<p align="center">**********</p>
<p>Acordamos que lo mejor sería regresar por separado. Sandra iría primero. Dijo que necesitaba tiempo para poner en orden sus ideas, pero también me aseguró que antes de partir me buscaría para que pudiésemos despedirnos con propiedad, y que entonces hablaríamos. Te esperaré dentro de la tienda, cuanto haga falta, prometí.</p>
<p>Quiso la mala suerte, o mi mala cabeza, que me extraviase en el camino de vuelta. Aquel paraje me resultaba desconocido, tomé el sendero equivocado y terminé dando vueltas como un idiota. Cuando por fin llegué al camping, la luz de un sol en declive era portadora de malos presagios.</p>
<p>—La chica nos dejó esto para ti. —La encargada de la recepción me entregó una bolsa de plástico. Dentro estaba la novela de Mujía. Busqué entre sus páginas una nota, un mensaje garabateado, un número de teléfono, una triste palabra de despedida. No hallé nada. Arrojé el libro al contenedor de la basura. Luego me arrepentí y tuve que saltar a su interior para recuperarlo.</p>
<p>Aquella noche hice las paces con Elías, le invité a un gintónic, y él a mí a un cubata. Vimos juntos el partido de fútbol de la Supercopa en uno de los restaurantes del pueblo. Rondaría la medianoche cuando conseguí llegar entre tumbo y tumbo hasta la tienda. Tropecé con una de las cuerdas de sujeción y me caí, me levanté, vomité, sumergí la cabeza en el río, desmonté mal que bien el toldillo de la entrada y, tras ímprobos esfuerzos, acerté a meterme en el saco, aún vestido y con las botas puestas. Eché la cremallera de la tienda, pero dejé un hueco por el que asomar la cabeza y perderme en la contemplación de aquel cielo cuajado de estrellas. Me dormí cagándome en las putas ranas y pensando que, al fin y al cabo, todos aquellos puntitos luminosos que apretujados aparecían en el firmamento no eran sino mentiras, enormes bolas de fuego, distantes y solitarias, consumiéndose en la vasta inmensidad de un desierto inhóspito y frío, hasta el final de los tiempos.</p>
<p align="center">**********</p>
<p>—¿Siempre duermes con la cabeza fuera? Pareces una tortuga.</p>
<p>Cegado por la claridad hiriente de la mañana, pensé que no podía tratarse de un sueño. Pestañeé varias veces, arrugué el entrecejo y me froté los ojos: Sandra seguía allí, sentada sobre aquella bolsa de viaje, inclinada hacia delante, con las manos entrelazadas sobre las rodillas.</p>
<p>—Me preguntaba —continuó, en vista de que yo no acertaba a articular palabra—, si querrías ayudarme a levantarla. Acabo de comprarla y no soy lo que se dice ducha en estas lides.</p>
<p>Dicho lo cual tomó del césped un bulto cilíndrico y alargado y lo lanzó en mi dirección. Era una tienda, una tienda de campaña. Las etiquetas con el precio y la marca aún colgaban de una de las asas de la funda.</p>
<p>—Faltaría más —farfullé, mientras, enredados los pies en el saco, me arrastraba fuera de la mía.</p>
<p>Y eso hicimos, desplegarla y levantarla, bajo el rumor envolvente de los avellanos, aunque he de decir que, al final, en la suya, solo durmieron una bolsa de viaje, una mochila y, al menos por una noche, una rana despistada y parlanchina.</p>
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		<title>¿LO QUÉ? Un relato de Agustín Martínez Valderrama</title>
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		<pubDate>Tue, 17 Jan 2012 09:54:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>odys 2.0</dc:creator>
				<category><![CDATA[Microrrelatos]]></category>

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		<description><![CDATA[No sé si será la maldición de año nuevo o qué, pero últimamente estoy algo infértil, así que aprovecho para dar algo de vida al blog con un relato que me ha dejado en el buzón don Agustín Martínez Valderrama, una conversación que no sé si está inspirada en la foto que la acompaña o [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=odys69.wordpress.com&amp;blog=15312429&amp;post=1509&amp;subd=odys69&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>No sé si será la maldición de año nuevo o qué, pero últimamente estoy algo infértil, así que aprovecho para dar algo de vida al blog con un relato que me ha dejado en el buzón don Agustín Martínez Valderrama, una conversación que no sé si está inspirada en la foto que la acompaña o en los efectos benéficos de alguna infusión, en cuyo caso rogaría al autor nos desvelase los secretos de su preparación, para así poder probarla&#8230;</p>
<p><a href="http://odys69.files.wordpress.com/2011/04/la-partida-tc3a1nger.jpg"><img class="aligncenter size-medium wp-image-1040" title="La partida, Tánger" src="http://odys69.files.wordpress.com/2011/04/la-partida-tc3a1nger.jpg?w=300&#038;h=204" alt="" width="300" height="204" /></a></p>
<p><strong><span style="color:#ff0000;">¿LO QUÉ?</span></strong></p>
<p>- No me jodas, hombre.<br />
- Te lo juro: Un avestruz. Detrás mío. Veinte años.<br />
- Pero eso es imposible, absurdo. ¿Seguro que no era un dodo?<br />
- No.<br />
- ¿Un Uyyyyyyyyyy?<br />
- Que no.<br />
- ¿Y un camionero con bigote de nombre Beatruz?<br />
- Tampoco.<br />
- ¿Un avestruz?<br />
- Un avestruz.<br />
- Increíble!<br />
- Increíble.<br />
- Alucinante!<br />
- Alucinante.<br />
- Hidraúlico!<br />
- ¿Lo qué?<br />
- …<br />
- …<br />
- Oye primo…<br />
- ¿Qué?<br />
- ¿Y qué es un avestruz?<br />
- ¿Un avestruz?<br />
- Un avestruz.<br />
- Y yo que sé, pero era un avestruz. Detrás mío. Veinte años.</p>
<p>&nbsp;</p>
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			<media:title type="html">La partida, Tánger</media:title>
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		<title>Agibílibus</title>
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		<pubDate>Mon, 09 Jan 2012 09:02:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>odys 2.0</dc:creator>
				<category><![CDATA[relatos breves]]></category>
		<category><![CDATA[chupópteros]]></category>
		<category><![CDATA[ególatras]]></category>
		<category><![CDATA[humor]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[“Si la gente no viviera pendiente de su miserable ombligo el mundo podría admirar los tesoros que ofrece el mío.” -Jacinto Ónfalos, escritor y poeta-     Mientras que en el común de los mortales el ombligo es una mera cicatriz, un adorno más o menos profundo y peludo, el obsesivo objeto de un deseo carnal [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=odys69.wordpress.com&amp;blog=15312429&amp;post=1503&amp;subd=odys69&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:center;">“Si la gente no viviera pendiente de su miserable ombligo el mundo podría admirar los tesoros que ofrece el mío.”<br />
-Jacinto Ónfalos, escritor y poeta-</p>
<p>    Mientras que en el común de los mortales el ombligo es una mera cicatriz, un adorno más o menos profundo y peludo, el obsesivo objeto de un deseo carnal insatisfecho o un recuerdo tangible de nuestra repentina irrupción en el mundo, el de Jacinto Ónfalos era una fuente inagotable de talento creativo. Porque, por muy extraño que os parezca, Jacinto Ónfalos escribía por el ombligo. Aunque quizá deberíamos decir, para ser precisos, que mientras él dormía su ombligo excretaba por escrito los sueños que a su dueño poseían.<br />
Lo primero que hacía, nada más abrir los ojos, era comprobar si su vientre proyectaba sobre el dosel de su tálamo ese haz dorado que, cual emisario de los dioses, le anunciaría que la actividad onírica de aquella noche había dado frutos. Si tal era el caso, Jacinto entraba en una suerte de trance extático que ya no le abandonaría hasta bien entrada la tarde.<br />
Así, mientras él regresaba al etéreo mundo de los ronquidos, era su mujer, Leontina Palacios, quien se encargaba de recoger la radiante pelusilla dorada depositada en el fondo del ombligo de su amado esposo. Luego la trasladaba a una placa de Petri sobre la que, aplicado el ojo al microscopio, se le iban las horas desenredando las finas hebras de oro que componían el diminuto ovillo, a fin de poder transcribir al papel el sueño literario en ellas inscrito. Lo que leía entonces la dejaba obnubilada. ¡Cuánta belleza encerraban aquellas feas palabras! ¡Cuánta sabiduría, profundamente enterrada! De pronunciado carácter onírico, poco importaba que nadie, ni siquiera Leontina, entendiese el significado oculto en los textos umbilicales que su marido expelía envueltos en hermético velo. ¿Acaso no eran la obra de un genio? ¿Cómo iba a estar su comprensión al alcance de mentes obtusas como las suyas?<br />
A Jacinto Ónfalos le hubiera gustado permanecer soltero para poder consagrarse por entero al ejercicio de su talento pero, generoso como ninguno, no dudó un instante en casarse con la única persona que amaba su producción literaria tanto o más que él mismo. Además, Leontina Palacios era una mujer asquerosamente rica. No queremos insinuar que Jacinto se ayuntase en sagrado matrimonio por interés, al contrario, su desprecio por los bienes materiales era harto conocido en el reducidísimo círculo de los verdaderamente íntimos. Pero, por más que le doliese reconocer su condición mortal, Jacinto necesitaba un techo bajo el que comer, ser vestido y desvestido, limpiado, arropado y mimado para que «ese animalesco metabolismo sobre cuya lastimosa naturaleza descansan resignados los pilares de mi obra siga funcionando», si atendemos a sus propias palabras.<br />
Como el excepcional autor que se jactaba de ser, Jacinto tenía un carácter voluble que no era sino reflejo de la extrema sensibilidad que aquejaba a su delicado espíritu. Los bandazos emocionales que experimentaba venían determinados por el veleidoso albedrío de su despótico ombligo, el cual, cuando le daba por ahí, podía pasarse semanas sin dignarse a cumplir la excelsa misión que parecía haberle sido asignada por el mismísimo dedo índice divino.  En efecto, el día que aquel amanecía vacío, y por ende oscuro, Jacinto se levantaba temprano y, atenazado por el desasosiego, merodeaba por sus aposentos rebuznando como un canguro enjaulado mientras la tormenta iba fraguándose en el pecho, y aunque en contadas ocasiones luchara por contenerse recurriendo a ejercicios espirituales de diversa índole, tales como meditar haciendo el pino sobre el ápex de una peonza en movimiento, o liándose a tiros con las sucias palomas que osaban depositar sus excrementos en los jardines de su templo (y con la servidumbre, si tardaban más de la cuenta en acudir a recogerlos), Jacinto siempre terminaba dirigiendo su iracunda carga de rayos y truenos sobre su esposa y cualquiera de los críticos literarios que puntualmente acudían a disfrutar de los pantagruelianos almuerzos que solía organizar aquella como excusa para analizar, discutir y elogiar con orgiástico entusiasmo las últimas novedades incorporadas a la intrincada arquitectura literaria que llevaba la firma de Jacinto, antes de recoger el cheque que su anfitriona les entregaba en su condición de miembros vitalicios de la <em>Academia de las feas letras</em>, institución benéfica cuyas actividades también Leontina financiaba, pues su vena filantrópica no se ceñía en exclusiva a mantener viva la llama solar que irradiaba el ombligo de su consorte, también soportaba sobre sus hombros el peso de cuantos planetas y satélites habían ido acoplándose a sus dadivosas arcas cual agradecidas rémoras.<br />
Relatos abominables, monstruosidades poéticas, hemorroides verbales de espeluznante aspecto cuyo simple avistamiento bastaba para atormentar la memoria de por vida con su infernal recuerdo: la obra umbilical de Jacinto Ónfalos constituía una galería de los horrores poblada de entelequias cuya esquiva naturaleza resultaba inaprensible a los mecanismos de raciocinio del común de los mortales. Como diría en cierta ocasión el presidente de la citada <em>Academia de las feas letras</em> al otorgar el premio que año tras año recaía sobre otra antología más del inefable universo onfalosiano, «sólo las miradas libres de toda impureza pueden llegar a atisbar la belleza que palpita serena bajo esa engañosa máscara de abyecta fealdad.»</p>
<br />  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/odys69.wordpress.com/1503/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/odys69.wordpress.com/1503/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/odys69.wordpress.com/1503/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/odys69.wordpress.com/1503/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/odys69.wordpress.com/1503/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/odys69.wordpress.com/1503/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/odys69.wordpress.com/1503/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/odys69.wordpress.com/1503/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/odys69.wordpress.com/1503/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/odys69.wordpress.com/1503/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/odys69.wordpress.com/1503/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/odys69.wordpress.com/1503/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/odys69.wordpress.com/1503/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/odys69.wordpress.com/1503/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=odys69.wordpress.com&amp;blog=15312429&amp;post=1503&amp;subd=odys69&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<title>IN MEMORIAM</title>
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		<pubDate>Thu, 05 Jan 2012 11:02:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>odys 2.0</dc:creator>
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		<description><![CDATA[El otro día me pasó algo curioso. Estaba en el parque con mi mujer y los niños y había salido del área recreativa a fumar un pitillo. A María no le gusta que fume cerca de ellos. Había algo de humedad en el ambiente, y un penetrante olor a eucalipto. Subida al castillete del tobogán [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=odys69.wordpress.com&amp;blog=15312429&amp;post=1470&amp;subd=odys69&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El otro día me pasó algo curioso. Estaba en el parque con mi mujer y los niños y había salido del área recreativa a fumar un pitillo. A María no le gusta que fume cerca de ellos. Había algo de humedad en el ambiente, y un penetrante olor a eucalipto. Subida al castillete del tobogán Deva me estaba llamando a gritos. Saludé con la mano. Entonces alguien me tocó en el brazo por detrás.</p>
<p>-¡Ta´ luego, Méndez, feliz año!</p>
<p>Me volví a tiempo de ver la espalda de una figura a la carrera. Sudadera gris, pantalón corto de deporte. Calvo y grueso.</p>
<p>-¡Feliz año a ti! -Mi saludo, más bien un reflejo mecánico del suyo que otra cosa, hace que él levante un brazo mientras prosigue la marcha, pero instantes después se detiene y regresa sobre sus pasos. Respira trabajosamente. Manchas de sudor se extienden por axilas y pecho.</p>
<p>-Oye -dice-, ¿tú te acuerdas de Montalvo?</p>
<p>-¿Javier Montalvo? &#8211; Hice la pregunta de forma automática, más para confirmar que hablábamos del mismo hombre que por despejar dudas propias: Solo conocía a un Montalvo, fuimos juntos al colegio.</p>
<p>-Sí, claro -responde-. ¿Sabías que se ha muerto?</p>
<p>-Joder, ¿qué me estás diciendo? -La verdad es que me quedé de piedra. No me lo esperaba, ciertamente no es el tipo de noticia que esperas recibir de alguien que apenas tiene cuarenta años. O tenía&#8230;</p>
<p>-Hará un par de meses. Me lo dijo mi madre. Llamó por teléfono y me preguntó si le conocía. Había visto la esquela en el periódico y por la edad y el colegio dedujo que habíamos sido compañeros.</p>
<p>-Qué putada&#8230; ¿De qué murió?</p>
<p>-No lo sé, la esquela no lo decía. Parece ser que vivía en Avilés. Hubiera ido al entierro, pero me encontraba en Madrid por negocios&#8230; ¿Sabes qué es lo que más me jode? -Se quedó un rato pensativo, con la mirada clavada en el estanque, donde un cisne negro se ha erguido y aletea sin moverse del sitio, majestuosamente. Apuro el cigarrillo y lo arrojo al suelo. Lo aplasto contra la gravilla. Hace frío. Meto las manos en los bolsillos y arqueo las cejas, animándole a seguir-: Pues que no me acuerdo de su cara.</p>
<p>-Sí hombre, era bajito y moreno. -apunté yo. «Y a veces volvíamos juntos a casa», rememoré para mis adentros. Le he visto de repente, a Montalvo, caminando a mi lado. No éramos lo que se dice amigos, pero solíamos aprovechar ese breve trayecto para intercambiar cromos.</p>
<p>-Sí, de eso sí que me acuerdo, y de que era muy simpático también. Usaba un zapato ortopédico; tenía una pierna más corta que otra, ¿no?</p>
<p>-¡Es verdad! La derecha. Al principio llevaba unos hierros muy aparatosos que subían por toda la pierna. Y aun así, durante el recreo se empeñaba en jugar al fútbol. Después ya no. Quiero decir que después ya no los llevaba. Pobre&#8230;</p>
<p>-Es la cara de lo que no me acuerdo. Sus rasgos, joder. Por más que me esfuerzo, permanecen en blanco. Le miro y solo veo una mancha borrosa. ¿No es terrible?</p>
<p>-No sé -digo-, ha pasado tanto tiempo&#8230; Se marchó del colegio en sexto de EGB, ¿no?</p>
<p>-Sí, un año antes que yo&#8230; Bueno, tío, te dejo que tengo prisa. Me alegro un montón de verte, a ver si un día de estos charlamos con más calma. No has cambiado nada, joder.</p>
<p>-Y tú tampoco. -Le aprieto el hombro y él sonríe.</p>
<p>-Sí ya, hombre, no lo dirás por la calva&#8230;</p>
<p>Nos echamos a reír. Primero él, y a continuación yo. Nos damos otro apretón de manos y nos despedimos.</p>
<p>Entonces se me ha acercado María, se me ha colgado del cuello y ha hecho un mohín con los labios, demandándome un beso. -¿Quién era? -pregunta luego. Desliza un brazo por mi cintura y apoya la cabeza en mi pecho. Nos quedamos entrelazados, mirando cómo se aleja.</p>
<p>-No tengo ni idea, no me atreví a preguntárselo&#8230;</p>
<p>Al llegar al estanque, el corredor gira hacia la derecha y desaparece tras los setos.</p>
<br />  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/odys69.wordpress.com/1470/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/odys69.wordpress.com/1470/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/odys69.wordpress.com/1470/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/odys69.wordpress.com/1470/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/odys69.wordpress.com/1470/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/odys69.wordpress.com/1470/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/odys69.wordpress.com/1470/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/odys69.wordpress.com/1470/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/odys69.wordpress.com/1470/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/odys69.wordpress.com/1470/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/odys69.wordpress.com/1470/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/odys69.wordpress.com/1470/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/odys69.wordpress.com/1470/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/odys69.wordpress.com/1470/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=odys69.wordpress.com&amp;blog=15312429&amp;post=1470&amp;subd=odys69&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<title>Año Nuevo</title>
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		<pubDate>Sun, 01 Jan 2012 19:45:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>odys 2.0</dc:creator>
				<category><![CDATA[Microrrelatos]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
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		<category><![CDATA[Mientras corro]]></category>

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		<description><![CDATA[Hoy la mar se mece tranquila. Las olas rompen sin fuerza en San Lorenzo. Algunos surferos prueban suerte, más bien pocos. Está bajando la marea. Cruzo la plaza mayor y tiro hacia la playa de Poniente. Hace casi un mes que no salía a correr. Trote suave, me siento pesado. Brilla el sol y la [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=odys69.wordpress.com&amp;blog=15312429&amp;post=1466&amp;subd=odys69&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hoy la mar se mece tranquila. Las olas rompen sin fuerza en San Lorenzo. Algunos surferos prueban suerte, más bien pocos. Está bajando la marea. Cruzo la plaza mayor y tiro hacia la playa de Poniente. Hace casi un mes que no salía a correr. Trote suave, me siento pesado.</p>
<p>Brilla el sol y la temperatura es agradable. «Estas cosas pasan, la vida es así.» Animada por el buen tiempo, la gente disfruta de la mañana; parejas con cochecito, críos de sonrisa perenne en los columpios, señoras en chándal, señores con perro. «En qué cabeza cabe.» Amigos y familias que deambulan en pequeños grupos. «Si es que antes de salir hay que comprobar el estado de&#8230;» Camino de la escollera occidental descubro que un conjunto de esculturas nuevas jalonan el paseo. Formas suaves y redondeadas, volúmenes ampulosos sobre los que al resbalar la luz clarea el óxido que los reviste. «Volcó.» Un volador ha estallado en la distancia, provocando una salva de ladridos en un <em>cocker spaniel</em> nervioso. He salido de casa con la camiseta del revés. Puedo ver la costura sobre el hombro. «Un golpe de mar.» Me la quito. Hace tan bueno que no siento frío. El sol besa mi piel. La brisa me provoca un cosquilleo agradable. «&#8230;tienen que estar destrozados.» Hoy todos parecen estar hablando de lo mismo. La falta de actividad empieza a pasarme factura. Me he detenido ante una figura que asemeja una taula: un dolmen ventrudo y encima una pieza transversal en equilibrio sobre la punta. <em>Mujer solar</em> -leo-. <em>Acero corten chorreado. Juan Méjica</em>. Supongo entonces que esa suerte de ojo vertical, esa lágrima con dos rabitos suspendida en el vientre ha de ser la vagina. Es la escultura de mayor abstracción, las otras son más dóciles de asociar a una idea, un barco, un árbol, un caballito de mar, un gato que, bueno, resulta ser una ballena. «Al patrón le encontraron en la cabina.» La superficie es rugosa; áspera y tibia. Al golpearla el sonido hueco se propaga lúgubre en pequeños retemblores que apenas hacen vibrar mi mano, pero qué duda cabe que los siento. Una Zodiac peina lentamente la ensenada. «Hace cuatro días ya, si no ha aparecido todavía&#8230;» Regreso andando hacia el puerto deportivo. Están bajando equipos de submarinismo a otra lancha neumática. Sorteo curiosos que se acercan a la barandilla. Un vehículo de la Guardia Civil permanece estacionado frente a la pasarela.</p>
<p>Adormecida el agua, de un verde tan oscuro que se diría negra, a media distancia es azogue tembloroso que recoge y devuelve los alegres colores de las fachadas, los mástiles invertidos de las embarcaciones, el azul sosegado del cielo, pero no los sueños que yacen perdidos. «Diez añinos tenía el probín.»</p>
<p>Pareciera como si al andar las palomas perforaran compulsivamente el vacío.</p>
<br />  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/odys69.wordpress.com/1466/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/odys69.wordpress.com/1466/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/odys69.wordpress.com/1466/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/odys69.wordpress.com/1466/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/odys69.wordpress.com/1466/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/odys69.wordpress.com/1466/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/odys69.wordpress.com/1466/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/odys69.wordpress.com/1466/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/odys69.wordpress.com/1466/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/odys69.wordpress.com/1466/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/odys69.wordpress.com/1466/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/odys69.wordpress.com/1466/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/odys69.wordpress.com/1466/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/odys69.wordpress.com/1466/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=odys69.wordpress.com&amp;blog=15312429&amp;post=1466&amp;subd=odys69&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<title>Feliz año a todos</title>
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		<pubDate>Thu, 29 Dec 2011 21:16:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>odys 2.0</dc:creator>
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		<category><![CDATA[roberto bolaño]]></category>

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		<description><![CDATA[LOS DESCUBRIMIENTOS El libro estaba en el depósito. Confinado en tierra de nadie. Tal es el destino que aguarda a las obras menos populares. «Es lo que dicta el protocolo: hay que hacer sitio a las novedades y, por desgracia, hace años que nadie nos pide esa novela.» La bibliotecaria parecía sorprendida; gratamente sorprendida de [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=odys69.wordpress.com&amp;blog=15312429&amp;post=1449&amp;subd=odys69&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align:center;"><strong><span style="color:#ff0000;">LOS DESCUBRIMIENTOS</span></strong></p>
<p>El libro estaba en el depósito. Confinado en tierra de nadie. Tal es el destino que aguarda a las obras menos populares. «Es lo que dicta el protocolo: hay que hacer sitio a las novedades y, por desgracia, hace años que nadie nos pide esa novela.» La bibliotecaria parecía sorprendida; gratamente sorprendida de que alguien, yo, se interesara por la misma. Sentí que se le humedecían los labios. Tenía unas tetas impresionantes, y un culo nacido para honrar las virtudes del mesmerismo. Seguía sus pasos por el depósito y me imaginaba cómo se la clavaba hasta el alma, pero ella me soñó cabalgándome contra los estantes, ella, que me arañaba la espalda bajo una luz tamizada y polvorienta mientras yo leía en voz alta -clamaba, qué carajo- que había sido cordialmente invitado a formar parte del realismo visceral.</p>
<p>Y sucedió lo que tenía que suceder, la estructura metálica cedió ante los envites y, una tras otra, todas las estanterías sucumbieron como fichas de dominó sobre un tablero diseñado por gigantes. Nuestro sino era la huida, la búsqueda incesante del más allá, sin volver la mirada, sin pasar nunca más por la casilla de salida, viajeros sin equipaje, sin rencores ni arrepentimientos, náufragos dichosos en la vorágine de aquella sopa de letras desatada nos reencontramos nadando en la corriente, yo aferrado a sus tetas, ella oteaba el horizonte desde el mástil y reordenaba el fluir de las mareas, las olas por fin rompían en la arena, y la espuma entre sus caderas.</p>
<p>Tiempo después, la diosa celebraría en la gruta el renacer del buen salvaje.</p>
<br />  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/odys69.wordpress.com/1449/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/odys69.wordpress.com/1449/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/odys69.wordpress.com/1449/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/odys69.wordpress.com/1449/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/odys69.wordpress.com/1449/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/odys69.wordpress.com/1449/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/odys69.wordpress.com/1449/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/odys69.wordpress.com/1449/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/odys69.wordpress.com/1449/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/odys69.wordpress.com/1449/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/odys69.wordpress.com/1449/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/odys69.wordpress.com/1449/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/odys69.wordpress.com/1449/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/odys69.wordpress.com/1449/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=odys69.wordpress.com&amp;blog=15312429&amp;post=1449&amp;subd=odys69&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<title>MENTIRAS</title>
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		<pubDate>Thu, 22 Dec 2011 08:44:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>odys 2.0</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Ni siquiera me acuerdo de qué me reía. Alguna declaración oficial más altisonante que otras. Algún insulto a la inteligencia pronunciado con gran dolor de corazón y sincero pesar de cargo público y responsable. Algún gesto dramático, ensayado en mitad de otra pantomima. «Todo es mentira», dice. Acababa de pasar junto a mí y estaba [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=odys69.wordpress.com&amp;blog=15312429&amp;post=1444&amp;subd=odys69&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Ni siquiera me acuerdo de qué me reía. Alguna declaración oficial más altisonante que otras. Algún insulto a la inteligencia pronunciado con gran dolor de corazón y sincero pesar de cargo público y responsable. Algún gesto dramático, ensayado en mitad de otra pantomima.</p>
<p>«Todo es mentira», dice. Acababa de pasar junto a mí y estaba a punto de sentarse al otro lado de la mesa de lectura cuando mi risa le detuvo. La suya se le escapa como una aceleración descarriada de su respiración trabajosa. «Todo mentiras», repite. A través de los ventanales a su espalda puedo ver a los niños jugando en el parque, bajo las ramas desnudas de los plátanos levantan un muñeco de nieve. «Todo menos esto». El viejo se inclina sobre la mesa y señala con dedo tembloroso el precio y la fecha del periódico. Luego se sienta a contemplarme. Le miro y sonrío. Sonríe y asiente. Doblo el periódico y lo deslizo en su dirección. «Pero recuerde que todo es mentira», digo. Asiente y sonríe: «Absolutamente todo». Lo abre y comienza a devorarlo con avidez. «Los hombres jugamos en bolsa», dice. Y se ríe.</p>
<p>Y los niños, en el parque. Le han arrancado la zanahoria al muñeco de nieve, le han sacado los ojos y la boca y le están tirando piedras. En la biblioteca solo se escucha el latiguillo constante de las historias que se deshacen con el pasar de las hojas, y la respiración del mundo, cada vez más trabajosa.</p>
<br />  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/odys69.wordpress.com/1444/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/odys69.wordpress.com/1444/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/odys69.wordpress.com/1444/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/odys69.wordpress.com/1444/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/odys69.wordpress.com/1444/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/odys69.wordpress.com/1444/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/odys69.wordpress.com/1444/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/odys69.wordpress.com/1444/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/odys69.wordpress.com/1444/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/odys69.wordpress.com/1444/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/odys69.wordpress.com/1444/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/odys69.wordpress.com/1444/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/odys69.wordpress.com/1444/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/odys69.wordpress.com/1444/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=odys69.wordpress.com&amp;blog=15312429&amp;post=1444&amp;subd=odys69&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<title>Ciempiés ni cabeza</title>
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		<pubDate>Mon, 19 Dec 2011 10:41:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>odys 2.0</dc:creator>
				<category><![CDATA[Microenlaces]]></category>
		<category><![CDATA[Microrrelatos]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[microrrelatos]]></category>

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		<description><![CDATA[He quedado con Agustín para tomar un café. O un chupito. O un café y un chupito. Le veo llegar y me levanto a recibirle. -No sabía que usaras bombín. -Y no lo uso, el bombín me usa a mí. Me usa y me abusa. Me babusa. ¿Para qué me has convocado, Albert? -Para tomar [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=odys69.wordpress.com&amp;blog=15312429&amp;post=1440&amp;subd=odys69&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>He quedado con Agustín para tomar un café. O un chupito. O un café y un chupito. Le veo llegar y me levanto a recibirle.</p>
<p>-No sabía que usaras bombín.</p>
<p>-Y no lo uso, el bombín me usa a mí. Me usa y me abusa. Me babusa. ¿Para qué me has convocado, Albert?</p>
<p>-Para tomar un café. O un chupito. O un café y un chupito.</p>
<p>-Excelente, excelente. Camarero, ¡una de mero!</p>
<p>Nos sentamos en una mesa, espalda contra espalda. Trazamos garabatos en el aire mientras balanceamos las piernas.</p>
<p>-Oye Agus, ¿tú sabrías decirme en qué momento vivimos?</p>
<p>-Mañana ya se fue, pero pronto será ayer. ¿Por qué me lo preguntas?</p>
<p>-Es que se me ha parado el reloj. ¿Has oído hablar de Michiu Kaku?</p>
<p>-No, pero yo tenía un amigo que se llamaba así. Era gaditano, creo. Gaditano de Burkina Faso. Se le secó un cojón. Una tragedia&#8230; Aún lo conserva, en una urna de cristal. A veces toca el violín para él, y siempre le habla de usted.</p>
<p>Me reconforta saber que todavía hay gente en su sano juicio. De un triple salto mortal me llego hasta el techo, donde tomo impulso con los pies para, tras practicar un doble tirabuzón y medio, descender y aterrizar suavemente sobre la mesa que hay dispuesta frente a Agustín. El camarero nos trae los <em>fettuccini</em> que no hemos pedido. Los sirve en el espacio vacío que media entre nosotros. Cojo una gamba al vuelo y la mojo en una esfera temblorosa de salsa.</p>
<p>-Deliciosos -dice Agustín, a dos carrillos.</p>
<p>-El señor Kaku, el otro señor Kaku, es un físico teórico. Resulta que he estado leyendo un libro suyo, <em>Universos paralelos</em>, donde afirma que existe la posibilidad de que no seamos más que hologramas. El universo entero podría ser un holograma gigantesco. O un programa informático escrito en un cedé, lo que es igual de inquietante.</p>
<p>-¡Claro! -Agustín suelta el tenedor y la cuchara y se golpea la frente con la palma de una mano. De repente está muy excitado. El tenedor y la cuchara derivan hacia la maraña de tallarines flotantes. -Eso lo explicaría todo. Absolutamente todo. Puedo verlo. Recórcholis, ¡vaya si puedo verlo!</p>
<p>-Pues yo no. Ni lo veo, ni lo entiendo.</p>
<p>Agustín abre la boca, con la evidente intención de soltar algo.</p>
<p>-Alto ahí -le advierto. Agustín me mira perplejo. Se olvida de cerrar la boca-. Lo que estás a punto de proponerme es inverosímil -prosigo. De su boca abierta sale una luciérnaga que aletea describiendo una parábola, cambia de rumbo, regresa e inicia un movimiento giratorio en torno a su cabeza-. Tan inverosímil como que yo te haya adivinado el pensamiento&#8230; No sé cómo lo he hecho.</p>
<p>-Inverosímil, ¿dices? Hagámoslo entonces -insiste-, intercambiemos los ojos.</p>
<p>Y eso hacemos, asistidos por dos cucharas, un libro de instrucciones y un camarero obsequioso.</p>
<p>-¿Qué ves? -pregunto al cabo.</p>
<p>-Me veo a mí mismo -responde Agustín-. Pero ya no llevo barba. Atiza, ¡y tengo dos mejillones por orejas! ¿Y tú?</p>
<p>-Yo no veo nada.</p>
<p>-Es que se los ha puesto usted al revés -apunta solícito el camarero.</p>
<p>-Espera, no te los quites -dice Agustín-. Hagamos un experimento. ¿Qué tal si conectamos los nervios ópticos a la luciérnaga?</p>
<p>-No sé, yo sigo pensando que todo esto es muy poco verosímil. Nadie me va a creer cuando lo escriba.</p>
<p>-Tú déjame a mí. Lucy, bonita, ven aquí, ven con Papi. Lucy es una luciérnaga prodigiosa, una adelantada a su tiempo Tiene de todo, incluso tetas. Tetas luminosas, la tercera inclusive.</p>
<p>Y el caso es que, tras realizar Agus la conexión, el experimento funciona. De la nada surge la noche, noche fría y azulada que fluctúa bajo un campo de estrellas. Puedo verme en la lejanía. Acabo de descender de un <a href="http://odys69.wordpress.com/2011/12/15/sara/" target="_blank">autobús urbano</a> y doy vueltas alrededor, visiblemente desorientado. Huele a huevos podridos y no reconozco el paisaje. O no lo reconocía. Ahora, sí.</p>
<p>-Ya he estado aquí antes -digo.</p>
<p>-¿Por qué susurras? -pregunta Agustín. Su voz suena ligeramente distorsionada, algo más lenta, grave y distante.</p>
<p>-Porque creo que fue entonces cuando sentí por primera vez a los <a href="http://odys69.wordpress.com/2011/12/14/grietas/" target="_blank">escribas ciegos</a>. Sentí su presencia como una ráfaga de viento podrido que corre a ocultarse. Después escuché aquellos gruñidos que hicieron callar al autillo, pero no supe interpretarlos. Pensé que serían perros de alguna granja cercana. Y no, eran ellos, ellos y sus engendros guardianes. Acabo de darme cuenta de que no le gruñían a aquel otro yo, sino a éste yo tardío, el que ahora observa desde afuera, con tus ojos volcados hacia dentro.</p>
<p>-Camarero, rápido, traiga usted una camisa de fuerza.</p>
<p>-¡No entres en la ciénaga! -grito, mientras forcejeo en vano por ponerme en pie-, ¡no entres&#8230;</p>
<p>Alguien me ha tapado la boca. Luego me han zarandeado y arrastrado de vuelta al lugar donde comenzaría otra historia, o la misma, al fin y al cabo, en un palacio que parecía un castillo, en los márgenes de un libro olvidado.</p>
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		<title>Sara</title>
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		<pubDate>Thu, 15 Dec 2011 20:21:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>odys 2.0</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Apenas una cabezada, pero cuando abrí los ojos me encontraba en un paraje extraño. Era de noche, y el autobús estaba vacío. -Última parada: La ciénaga. El conductor recoge la recaudación de la jornada, apaga las luces y se va. Ha dejado las puertas abiertas. Pienso en Sara. Sara siempre tiene prisa, como el conejo [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=odys69.wordpress.com&amp;blog=15312429&amp;post=1434&amp;subd=odys69&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Apenas una cabezada, pero cuando abrí los ojos me encontraba en un paraje extraño. Era de noche, y el autobús estaba vacío.</p>
<p>-Última parada: La ciénaga.</p>
<p>El conductor recoge la recaudación de la jornada, apaga las luces y se va. Ha dejado las puertas abiertas. Pienso en Sara. Sara siempre tiene prisa, como el conejo de Alicia. Sara pertenece al fluir del tiempo, mientras que yo&#8230; yo me he quedado fuera. No es que me descolgara de forma voluntaria. No fue un acto de afirmación personal, ni siquiera un gesto de rebeldía. Ciertamente no sucedió así. Un día se rompió un eslabón y yo me encontré detrás. O me perdí delante. O me rehice a un lado. No estoy seguro. Hace tiempo que no puedo estar seguro de nada. Pero, ¿cuánto tiempo? Imposible saberlo.</p>
<p>Se han cerrado las puertas con un suspiro de fuelles rotos. El autobús calienta el motor. Sara ensaya su carita más blanca y preocupada. Hay cariño en esa mano que asoma y se detiene en el aire cuando dice adiós, a medida que se va haciendo más pequeña y el vaho empaña la ventanilla.</p>
<p>Hace frío en la ciénaga. En algún lugar canta el autillo.</p>
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