Al principio el camino corría paralelo al río, las lluvias de los últimos días lo habían dejado muy embarrado, las profundas rodadas de los tractores se encontraban anegadas y había que sortearlas con cuidado para no terminar con el agua hasta las rodillas, pero aquella mañana brillaba el sol y una luz espléndida inundaba la vega, el calor apretaba lo suyo, y aunque la pendiente no era pronunciada, al menos no todavía, uno agradecía poder transitar a la sombra de las hayas que extendían su manto por aquella ladera del valle, de tanto en tanto un claro se abría como una ventana a la pradera y entonces podían verse las roxas que pastaban diseminadas por los prados de siega, las cabañas de teito, con sus característicos tejados de cubierta vegetal y, alzándose majestuosos al fondo, cada vez más cercanos, los magníficos crestones calcáreos del circo glacial.
Hacia el final de la ascensión el hayedo daba paso a una vegetación arbustiva de alta montaña, sin embargo el lago no se haría visible hasta que, tras haber remontado el último repecho entre sudores y fatigas, su silueta ovalada se me ofreció en todo su esplendor, como una gema pulida a mis pies, engastada en corona de piedra contra el azul lavado del firmamento.
Dejé la mochila en un pedrero, me despojé de la ropa y me adentré profiriendo grititos, lo confieso, en las aguas gélidas del lago; di unas brazadas enérgicas para entrar en calor y finalmente quedé flotando panza arriba. Aunque había más excursionistas paseando por los alrededores, y alguno vi refrescándose los pies en la orilla, me pareció que yo era el único bañista. Al rato divisé una figura que me resultó familiar, sobre un promontorio rocoso que se elevaba varios metros sobre el nivel del agua, no muy lejos de donde yo estaba haciendo el ganso. Era Sandra. No me había visto, o si me había visto no me había reconocido. Permanecía inmersa en la lectura de un libro, quizá mi libro, pensé, el que le había prestado la noche anterior, en el porche del bar del camping, después de que, tras haberse interesado ella por su contenido, me hubiese lanzado con entusiasmo a ponderar las virtudes del autor, Tomás Mujía, y de su obra, Desierto y fuego, cuyos últimos pasajes aún refulgían candentes en la memoria. Y aunque rehusó un par de veces mi ofrecimiento, terminó aceptándolo de buen grado. Dijo que le echaría un vistazo a ver si la enganchaba, antes de darme las buenas noches y encaminar sus pasos hacia la zona de los bungalows, media docena de cabañas construidas a imitación de los teitos, con su planta rectangular de piedra tallada y su tejado de escoba a dos aguas, aunque a diferencia de aquellos —construcciones rústicas y sencillas destinadas a cobijar el ganado durante la primavera y el otoño—, estos se hallaban revestidos de madera por dentro, estaban equipados como un moderno apartamento y parecían muy confortables, desde luego bastante más que la tienda de campaña que yo había levantado horas atrás en una esquina apartada del recinto, a la vera de aquel río cuyas aguas cantarinas mecían el sueño de los campistas, acompañadas por el rítmico croar de las ranas y el discreto murmullo de los avellanos.
La llamé por su nombre. Ella interrumpió la lectura y me dirigió una mirada que me resultó inescrutable, más que nada porque sus ojos permanecían ocultos tras los espejos de unas gafas de sol. Me preguntaba de qué color serían, quizá castaños, como su alborotada melena, aunque no podría jurarlo, pues tampoco anoche, en la espesa penumbra del porche, me había sido posible dilucidarlo.
—¡Hola, qué sopresa! —exclamó al fin—. ¿Qué haces ahí?
—Nadar. ¿No te animas? Está buenísima —mentí.
—Me encantaría, pero no me he traído el bikini.
—A mí no me importa —dije, por tomarle el pelo, aunque bien es cierto que no me hubiese importado, sino todo lo contrario.
—A mí tampoco, pero no creo que a mi pareja le hiciese mucha gracia. —Se irguió sobre sus botas de montaña y señaló hacia algún punto a su espalda. Vestía pantalones vaqueros gastados y camiseta blanca sin mangas. Tenía una figura muy bonita—. Bueno —se despidió—, voy a ver si se ha cansado de sacar fotos y me hace un poco de caso. Un placer volver a verte, Andrés, que disfrutes del baño. Ah, por cierto, el libro —y lo blandió ante sí—: tenías razón, es muy bueno.
Me tendí al sol sobre la hierba, pensando en lo irrelevante que se había tornado el color de sus ojos ahora que ya sabía que ella era fruta prohibida.
Volvería a encontrármela una hora más tarde, el tiempo que tardé en recorrer dando un paseo el contorno del circo. No es que fuese muy extenso, pero el terreno que mediaba entre la orilla y las paredes rocosas era abrupto, en algún tramo impracticable, tanto es así que en un par de ocasiones tuve que descalzarme para salvar los escollos internándome en el agua. Sandra estaba recostada contra el muro de una cabaña que se levantaba solitaria junto a la boca del lago. Mantenía el libro abierto sobre las piernas, mas no estaba leyendo, sino que tomaba el sol, me figuré que igual sesteaba, porque al saludarla con la mano —yo venía hacia ella de frente— no me correspondió, pero cuando estaba a punto de rebasarla su voz me detuvo:
—Te vi a lo lejos y decidí esperarte. Quería preguntarte si piensas subir a los otros lagos —inquirió. Asentí y me acuclillé a su vera. Barrí el paisaje con la mirada y respondí que, precisamente, subir hasta allí era lo que me disponía a hacer en aquellos momentos.
—Es que me gustaría ir, pero no me apetece hacerlo sola. ¿Te importa si voy contigo?
—¿Y tu pareja?
—Ha regresado al pueblo. Esta mañana, antes de salir, le avisé de que quería visitarlos todos, los cuatro lagos, y no solo éste, y que sería mejor que no subiese cargando con el trípode. Ni puñetero caso, como siempre. Joder, ¡si hasta se trajo el portátil! Y claro, cuando aquella chica nos explicó por dónde teníamos que tirar —Sandra señaló vagamente hacia la escarpada ladera que se elevaba ante nosotros—, el muy cretino se echó para atrás. Pues yo no me voy sin haberlos visto, dije. Allá tú, respondió, yo no pienso ir, así que te esperaré en el camping. Y se fue, el muy mamarracho.
—Ya veo —dije. El apelativo, por gracioso, me hizo sonreír.
Entonces sus gafas resbalaron por el puente de la naricilla, ella me miró por encima y dijo: —Bueno, qué, ¿nos vamos? —Y yo descubrí que sus ojos, además de risueños, eran de un verde glauco.
El sendero, un camino de cabras que trepaba zigzagueando por la falda de la montaña, nos hizo ganar altura rápidamente antes de enfilar hacia el valle. El sol había alcanzado su cénit, haciendo que la subida, ya de por sí difícil, nos resultase aún más trabajosa. Atravesamos un extenso talud hasta llegar a un collado, una depresión entre dos crestas que permitía adentrarse en la sierra y acceder a los pastizales de las tierras altas, al otro extremo de los cuales encontraríamos el complejo lacustre de Saliencia.
Pero antes de proseguir hicimos un alto en el collado a recuperar fuerzas. Desde aquel punto la vista era espectacular, a un lado se abría el lago que habíamos dejado atrás y al otro la pradera y, apenas distinguibles en la distancia, las casitas en miniatura del pueblo, detrás de las cuales las paredes boscosas se angostaban en un desfiladero por el que descendía tortuosa la carretera que llevaba hasta Pola de Somiedo, la capital del concejo.
—Fíjate en esto, ¡son arándanos!
Giré sobre mis talones. Sandra sostenía unas bolitas azules en la palma de la mano. Cogí una y la probé. Estaba deliciosa. Ella indicó hacia unos arbustos que crecían en una amplia hendidura en la roca, al abrigo del viento y el sol. Pronto nos encontramos sentados a su sombra, charlando y comiendo arándanos a manos llenas. Al rato noté que a Sandra se le había puesto la boca negra, y así se lo hice saber. Ella abrió los ojos como platos y me sacó la lengua, tan teñida de negro como sus labios.
—Pues anda que tú… —dijo—. Tienes arándano hasta en la nariz. —Quiso limpiármela con la yema del pulgar, pero el efecto conseguido debió de ser contrario al deseado, porque, tras componer una cara de circunstancias y decir que lo sentía mucho, empezó a reírse con más ganas todavía, risa que devino en incontrolable carcajada cuando, a pesar de mis protestas, o quizá acicateada por las mismas, se le ocurrió restregar la palma contra mi cara. Y ahí estaba, muerta de risa, intentando zafarse del contraataque con el que ahora yo pretendía estrujar un buen puñado de bayas contra sus mejillas. De repente me entraron unas ganas locas de besarla, de probar el sabor del arándano en su lengua, de mezclarlo con esas lágrimas saladas que se le estaban saltando de tanto reírse, pero hubiese sido un error, un error fatal porque ella era fruta prohibida y, además, se estaba meando, ay que me meo, decía, ay para, por favor, que me meo, así que la solté, me incorporé y, tras asegurarle que ya me las terminaría de pagar todas juntas, me alejé lo suficiente como para que pudiera aliviarse tranquila.
El lago Cerveriz descansaba en el fondo de una extensa hondonada. En sus aguas aquietadas el cielo y la montaña se desdoblaban con la nitidez de un azogue, hasta que una ráfaga de viento cruzó barriendo la superficie y la imagen se quebró en una miríada de ondas. Serían las cuatro de la tarde cuando descendimos por el declive y nos sentamos a compartir pan de leña, queso y embutido que traía yo en la mochila, y una tortilla de patatas que había hecho ella. Al terminar hicimos almohada de las mochilas y nos echamos al sol. Soplaba una brisa fresca y apacible. Me dormí acunado por el plácido hormigueo que en la boca del estómago me provocaba su cercanía.
Aquel árbol estaba cargado de melocotones dorados, melocotones gordos y jugosos, quería cogerlos y no podía, el hombre de la mirada aviesa me vigilaba y hacía restallar un látigo si mi mano osaba acercarse demasiado, si acaso los rozaba, si se los pedía, pero entonces comencé a soplar y a soplar y soplando levanté una tormenta de aire que se lo llevó por delante. Sacudidos por el huracán, los melocotones entrechocaban y se estremecían como cencerros y campanillas, tolón tilón sonaban, y tolín tilín respondían, pero no terminaban de caer, los muy jodidos, ni yo de alcanzarlos pese a que seguía soplando con toda la fuerza que me permitían pulmones y carrillos. En las temblorosas hojas del melocotonero pronto se abrieron mil boquitas que se pusieron a balar, y sus balidos se mezclaron con el jolgorio de los campaneos. Desperté rodeado de pezuñas, cuernos y barbas, creo que los dos nos levantamos al unísono, Sandra y yo, saltamos como resortes y, entre exclamaciones de sorpresa, nos encontramos en mitad de aquel mar de cabras que se desparramaban por la hondonada, avanzaban parsimoniosas y se paraban y retrocedían, mordisqueando aquí y allá, sin prestarnos la menor atención. Luego Sandra dijo ¡mira!, y alzó los brazos y los cruzó varias veces por encima de la cabeza. Y yo miraba, sí, pero miraba su ombligo, que ahora asomaba por debajo de la camiseta, lo miraba y suspiraba. Luego alcé la vista y pude ver al pastor que, sentado un trecho más arriba, devolvía el gesto balanceando el cayado contra el cielo. Así que yo también saludé.
Aún nos quedaban dos lagos por descubrir y explorar, pero decidimos dar la vuelta, ya que se estaba haciendo tarde y todavía teníamos dos horas de caminata por delante antes de llegar al pueblo, dos horas que se estirarían en cuatro porque descendimos muy despacio, cualquier novedad, por nimia que fuese, nos demoraba, que si un sapo agazapado, que si un gavilán trazando círculos en las alturas o una cabaña mejor conservada que otras, un ternero mamando, la estampa armoniosa de un segador en faena, una explicación pormenorizada cuya comprensión requería de otra pausa en el camino, una falsa polémica entreverada de risas y chanzas, aquella fuente donde el agua fresca se convertía en excusa para la guerra, una flor violácea con la que ornarse el cabello, una salamandra a la defensiva, negra, reluciente y amarilla.
Ya anochecía cuando, al filo de las nueve, nos despedimos frente a la cancela de su bungalow. Menos mal que se va mañana, pensé, camino de la tienda, de lo contrario podría meterme en un buen lío. De repente todo el cansancio que no había sentido hasta entonces se me vino encima. Decidí descansar un ratito antes de darme una ducha y subir al pueblo a cenar algo, así que me dejé caer en el saco como un fardo, y cuando volví a abrir los ojos ya era de día.
Tenía un hambre de lobo. Desayuné en el porche del bar, huevos fritos, patatas y chorizo, mientras hojeaba el periódico del día anterior, de cuya sucesión de malas noticias no tardarían en sacarme dos voces que discutían, cada vez más alteradas, en las inmediaciones de la explanada que se abría ante mí. Despegué la vista del periódico a tiempo de ver a aquel tío que salía echando humo de uno de los bungalows, el mismo ante cuyos setos me había despedido anoche de Sandra. Alto y bien parecido, el hombre se detuvo en el jardincillo frontero y, tras agacharse a recoger algo del suelo, pasó a expresar verbalmente su estado de ánimo, tal y como sigue:
—¡Me tienes hasta los cojones! ¿Me oyes? ¡Hasta los putos cojones!
A continuación, y procedente del interior del apartamento, pudo escucharse, cortante y precisa, la voz enfurecida de Sandra:
—¡Pues anda que tú a mí!
Entonces aquel proyectil salió disparado a través del vano y, de no haberse apartado él en el último instante, a buen seguro hubiese terminado haciendo diana en su cabeza. Al cerrarse, la puerta se estremeció con violencia. El tío recogió el trípode, pues de eso se trataba, y enfiló hacia el aparcamiento sin dejar de proferir exabruptos. Un rato después salió ella, enfundada en un albornoz blanco, y se encaminó en dirección opuesta. Cruzó ante mi vista con cara de muy pocos amigos. Ni ella me vio, ni yo juzgué oportuno llamar su atención, no mientras las aguas no hubiesen vuelto a su cauce.
—Vaya genio, ¿eh? Pero está buenorra, eso hay que reconocerlo.
Alcé la cabeza, aunque por el soniquete de la voz ya sabía que se trataba de Elías. La noche en que conocí a Sandra aquel tío había interrumpido nuestra conversación en el porche, había sentado sus cuartos traseros en la mesa que ocupábamos y se había puesto a contar chistes verdes; luego, en vista del fracaso cosechado —Sandra había optado por seguir dándole la espalda, y yo me había limitado a mirarle, sin decir ni pío—, y tras quedarse un rato callado, se levantó y, empleando un tonillo cargado de sorna que a todas luces estaba fuera de lugar, se despidió con un «buenas noches, tortolitos».
—Que te jodan, imbécil —replicó ella. Y acto seguido, dirigiéndose a mí: —Perdona, pero es que no le soporto.
—¿Quién es?
—Un gilipollas. Se llama Elías, y trabaja en el camping. Se ocupa de los caballos, aunque no sé cómo se lo permiten, porque tengo la impresión de que siempre está borracho… Le huele el aliento que apesta, por no hablar de los sobacos. Cada vez que me ve no deja pasar la ocasión de darme la brasa con alguna grosería. Y no veas cómo me mira, joder, qué asco de hombre.
Ahora Elías se apoyaba en la jamba de la puerta del bar y la veía alejarse, envolviendo su figura en una mirada cargada de lascivia.
—Vaya polvazo que tiene, ¿eh? —insistió, guiñándome un ojo. Señalé su botellín de cerveza y le pregunté si no era un poco temprano para empinar el codo. La sonrisa se le congeló en un rictus desagradable. Me observó de arriba abajo, apuró el último trago, dejó el botellín sobre la mesa y lanzó un gargajo que cayó bastante cerca de mis pies, aunque sin llegar a tocarlos.
—Ojito conmigo —dijo—, mucho ojito conmigo.
Pero bastaba con verle la planta enteca y el talante bravucón para comprender que aquella velada amenaza no dejaba de ser la baladronada de un pobre diablo.
—Yo también te quiero a ti, colibrí —respondí. Me acerqué hasta la recepción y reservé una plaza de caravana para la semana siguiente, cuando llegarían Carlos, María y los pequeños. El camping estaba medio vacío, pero con el buen tiempo que estábamos disfrutando y teniendo en cuenta la previsión meteorológica para los próximos días, no sería de extrañar que aquel fin de semana el recinto se llenase hasta la bandera.
Divisé a Sandra no muy lejos de mi tienda. Sentada en la ribera, lanzaba guijarros contra la corriente. Me acerqué a saludarla.
—¿Qué vas a hacer hoy? —dijo al verme.
—No sé, tengo agujetas hasta en las orejas.
—¿Por el paseo de ayer? —se burló ella—. Venga ya, hombre… Me gustaría enseñarte un lugar. Un lugar mágico. Si te apetece, claro.
—Por mí genial, pero, ¿no os ibais hoy?
—No hasta después de comer. Tenemos tiempo de sobra, y el lugar que quiero mostrarte solo está a hora y media de camino… ¿Sabes llegar hasta la iglesia que hay un poco más arriba, al otro lado del río?
—Afirmativo.
—Entonces voy a cambiarme. Nos vemos allí dentro de veinte minutos.
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Sandra alzó los brazos y recogió el pelo en una coleta sobre la coronilla. Bajo el par de hoyuelos carnosos que anunciaban el final de su espalda, la exigua marca dejada por la braguita refulgía impúdica contra el tostado luminoso que exhibía el resto de su piel. Sin volver la vista atrás, y sin detenerse a esperarme, se internó entre los juncos que flanqueaban aquella orilla de la laguna. Paralizado sobre mi propia sombra, la vi nadar hacia el salto de agua que se precipitaba desde lo alto del roquedal. Incapaz de mover un músculo, contemplé cómo se erguía su silueta curvilínea, envuelta en una nube de espuma y rocío, hasta que, quebrado el sortilegio que me embargaba por la incitante llamada de su voz, dejé caer mis ropas junto a las suyas y me zambullí desnudo en el agua fría. Me acerqué braceando, e impregnado de deseo busqué su abrazo, mas ella posó dos dedos sobre mis labios y, apartándome con delicadeza, dijo, lo recuerdo muy bien, que primero teníamos que purificarnos. Purifiquémonos pues, exclamé yo, rebosante de entusiasmo, sin tener la más remota idea de lo que dicha purificación presuponía. Sandra se alejó nadando y salió del agua. Buscó la orilla más embarrada y allí se sentó, sí, se sentó sobre sus rodillas en el barro, y hundiendo las manos en el lecho las sacó chorreantes de légamo, légamo oscuro que comenzó a extender por los antebrazos. ¿Me ayudas?, dijo.
Sin saber muy bien por dónde empezar, me reuní con ella y me arrodillé a su lado. El sol arrancaba destellos de las gotas que caían formando arroyuelos sobre su espalda. Ella me dirigió una mirada de perfil y esbozó una sonrisa húmeda y tímida, repentina y extraordinariamente tímida. Entornó los párpados y, mientras yo hacía acopio de barro y lo extendía desde la nuca hasta el hombro, ella respiró profundamente y dejó caer los brazos con languidez. Superados los titubeos iniciales, aplicados los primeros y torpes brochazos, comencé a trabajar con mayor soltura, distribuyendo el barro a conciencia y deleitándome en lo que hacía. Como un Dalí enamorado de su lienzo, dibujé cisnes que eran elefantes, y elefantes que parecían cisnes; tracé signos y arabescos, imaginé tigres saltando desde su cintura y relojes de barro que se derretían al contacto de sus caderas. Poco a poco, centímetro a centímetro, fui descubriendo cada rincón secreto de su orografía, pequeñas imperfecciones que se me revelaban en los lugares más insospechados, los lunares que se me ofrecían, la mariposa tatuada que tiritaba en el vientre, las marcas de nacimiento, las cicatrices que la vida le había ido dejando, cada palmo de su piel se abría ante mí justo antes de ser recubierto con el barro que extendían los pinceles de los dedos, las brochas como palmas abiertas, los últimos retoques de una caricia impresa con el dorso. A veces ella abría los ojos y estudiaba mis movimientos, como cuando con aquel temblor reverente mis manos recubrieron el albor de sus pechos, o bien daba un respingo, alzaba la vista y me miraba directamente a los ojos, como si así quisiera calmar mi sed de arraigo en el pozo de sus pupilas, o como cuando, traspasada la frontera de aquel su ombligo al fin capturado, me descubrí diseñando volcanes sobre su vientre y jardines edénicos en la cara interior de sus muslos. Creo que he terminado, dije al cabo de una eternidad. Entonces tiéndete, amor, respondió. Sentí la frescura del lodo en el cuello, sentí que sus manos eran palomas de arcilla revoloteando sobre mi pecho, las sentí posándose en el abdomen, y sentí fuego en el vientre, sentí que la verga se tensaba entre sus dedos como una flecha en el arco, sentí su mirada traviesa y su sonrisa, sentí que no se detuviera allí más tiempo del necesario, y aun así asentí al sentirla depositando finas capas de cieno sobre los muslos, torneando rodillas y gemelos, emplastando tobillos y empeines, friccionando ahora las plantas de los pies, ahora introduciendo sus escurridizas yemas entre los dedos. Tras pedirme que me diese la vuelta, quedé postrado boca abajo. Sus dedos rehicieron el camino hacia arriba y tomaron posesión de los glúteos, donde sí, ahora sí que se detuvieron golosos, bastante más tiempo del estrictamente necesario. Se despegaron luego y con renovados bríos recorrieron el contorno de la cintura, contaron vértebras y costillas, poseyeron omóplatos, reconocieron el territorio de los hombros y descansaron, al fin satisfechos, sobre las clavículas, mientras los pulgares se demoraban hormigueando sobre mi nuca. Sandra me cubrió con su cuerpo y permanecimos pegados durante no sabría decir cuánto tiempo, disfrutando del silencio, adormecidos en el cieno, el uno encima del otro, como lagartijas al sol. «Barro somos», me dijo al oído, «mas barro enamorado». Entonces nos levantamos y cogidos de la mano penetramos juntos en las aguas. Bajo el surtidor de la cascada comenzamos a lavarnos y de nuestros cuerpos hicimos esponjas con las que restregarnos, frotarnos y ungirnos mutuamente. En algún momento olvidamos las abluciones, nuestras lenguas se encontraron, y también nuestros sexos.
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Acordamos que lo mejor sería regresar por separado. Sandra iría primero. Dijo que necesitaba tiempo para poner en orden sus ideas, pero también me aseguró que antes de partir me buscaría para que pudiésemos despedirnos con propiedad, y que entonces hablaríamos. Te esperaré dentro de la tienda, cuanto haga falta, prometí.
Quiso la mala suerte, o mi mala cabeza, que me extraviase en el camino de vuelta. Aquel paraje me resultaba desconocido, tomé el sendero equivocado y terminé dando vueltas como un idiota. Cuando por fin llegué al camping, la luz de un sol en declive era portadora de malos presagios.
—La chica nos dejó esto para ti. —La encargada de la recepción me entregó una bolsa de plástico. Dentro estaba la novela de Mujía. Busqué entre sus páginas una nota, un mensaje garabateado, un número de teléfono, una triste palabra de despedida. No hallé nada. Arrojé el libro al contenedor de la basura. Luego me arrepentí y tuve que saltar a su interior para recuperarlo.
Aquella noche hice las paces con Elías, le invité a un gintónic, y él a mí a un cubata. Vimos juntos el partido de fútbol de la Supercopa en uno de los restaurantes del pueblo. Rondaría la medianoche cuando conseguí llegar entre tumbo y tumbo hasta la tienda. Tropecé con una de las cuerdas de sujeción y me caí, me levanté, vomité, sumergí la cabeza en el río, desmonté mal que bien el toldillo de la entrada y, tras ímprobos esfuerzos, acerté a meterme en el saco, aún vestido y con las botas puestas. Eché la cremallera de la tienda, pero dejé un hueco por el que asomar la cabeza y perderme en la contemplación de aquel cielo cuajado de estrellas. Me dormí cagándome en las putas ranas y pensando que, al fin y al cabo, todos aquellos puntitos luminosos que apretujados aparecían en el firmamento no eran sino mentiras, enormes bolas de fuego, distantes y solitarias, consumiéndose en la vasta inmensidad de un desierto inhóspito y frío, hasta el final de los tiempos.
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—¿Siempre duermes con la cabeza fuera? Pareces una tortuga.
Cegado por la claridad hiriente de la mañana, pensé que no podía tratarse de un sueño. Pestañeé varias veces, arrugué el entrecejo y me froté los ojos: Sandra seguía allí, sentada sobre aquella bolsa de viaje, inclinada hacia delante, con las manos entrelazadas sobre las rodillas.
—Me preguntaba —continuó, en vista de que yo no acertaba a articular palabra—, si querrías ayudarme a levantarla. Acabo de comprarla y no soy lo que se dice ducha en estas lides.
Dicho lo cual tomó del césped un bulto cilíndrico y alargado y lo lanzó en mi dirección. Era una tienda, una tienda de campaña. Las etiquetas con el precio y la marca aún colgaban de una de las asas de la funda.
—Faltaría más —farfullé, mientras, enredados los pies en el saco, me arrastraba fuera de la mía.
Y eso hicimos, desplegarla y levantarla, bajo el rumor envolvente de los avellanos, aunque he de decir que, al final, en la suya, solo durmieron una bolsa de viaje, una mochila y, al menos por una noche, una rana despistada y parlanchina.





